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Bedoyecta Tri en Similares Despertando el Fuego Interior

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Bedoyecta Tri en Similares Despertando el Fuego Interior

Estaba reventada después de un pinche día en la oficina, con el sol de México City pegándome en la cara mientras regresaba a casa. Mi carnal, Alex, me vio entrar al depa y de inmediato supo que necesitaba un empujón. "Órale, morra, te ves como si te hubiera pasado un camión", me dijo con esa sonrisa pícara que siempre me hace derretir. Yo solté una risa cansada y me tiré en el sofá, sintiendo cómo el aire cálido del ventilador rozaba mi piel sudorosa.

"¿Qué onda? Necesitas energía, neta. Mañana te echo una Bedoyecta Tri de las farmacias similares, esas chidas que venden baratas y pegan cañón", propuso él, pasándome un vaso de agua con limón. El olor fresco del cítrico me abrió el apetito, pero lo que de verdad quería era sentirme viva otra vez. Alex era así, siempre atento, siempre sabiendo cómo hacerme sentir chida. Asentí, imaginando ya cómo esa inyección de vitaminas B me iba a revivir como por arte de magia.

Al día siguiente, temprano, Alex regresó de la farmacia del barrio con la caja en la mano. "Mira, Bedoyecta Tri en similares, la neta de la neta, 100% original genérico", fanfarroneó, sacando la jeringa ya preparada. Nos sentamos en la cama, el cuarto iluminado por la luz tamizada de las cortinas, oliendo a sábanas frescas y a su colonia de madera. Me subí la blusa, exponiendo el brazo, y sentí un cosquilleo de anticipación. Su dedo rozó mi piel, fresco y firme, buscando la vena. "Relájate, mi reina", murmuró, y el pinchazo fue rápido, un ardor leve que se expandió como un río caliente por mis venas.

En minutos, lo sentí. Un calorcito subía desde mi brazo, invadiendo mi pecho, mis piernas, mi centro. Mi pulso se aceleró, el corazón latiendo fuerte contra las costillas, y de repente el mundo se volvió más nítido: el sonido de su respiración profunda, el roce áspero de su barba cuando se acercó a besarme el cuello, el sabor salado de su piel cuando lamí su clavícula. "¿Ya pegó?", preguntó con voz ronca, sus ojos oscuros brillando con deseo. Yo solo pude asentir, mi cuerpo despertando como si hubiera dormido un siglo.

¡Carajo, esta Bedoyecta Tri en similares es oro puro! Siento cada nervio encendido, lista para explotar.

Acto uno apenas empezaba. Alex me jaló hacia él, sus manos grandes explorando mi espalda bajo la blusa, desabrochando el bra con un movimiento experto. El aire fresco besó mis pechos liberados, los pezones endureciéndose al instante. Gemí bajito, el sonido vibrando en mi garganta, mientras sus labios capturaban uno, succionando con hambre. El placer era eléctrico, amplificado por la vitamina que corría por mi sangre. Mis uñas se clavaron en su nuca, oliendo su sudor limpio mezclado con el mío, un aroma primal que me volvía loca.

Lo empujé al colchón, montándome a horcajadas sobre sus caderas. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de los jeans, un pulso caliente que me hacía mojarme al instante. "Eres una diosa, pinche morra", gruñó él, sus manos amasando mis nalgas con fuerza juguetona. Me quité la blusa despacio, dejando que viera cómo mi piel bronceada brillaba bajo la luz, mis curvas moviéndose con cada respiración agitada. El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el crujido de la cama, el leve aroma a sexo que empezaba a flotar.

En el medio del asunto, la tensión subía como la marea. Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel, explorando con dedos ansiosos. Lamí su pecho, saboreando la sal de su esfuerzo, bajando hasta su abdomen marcado. Él me volteó, besando mi vientre, su lengua trazando círculos alrededor de mi ombligo antes de hundirse entre mis muslos. El primer toque de su boca en mi clítoris fue como un rayo: caliente, húmedo, succionando con maestría. Grité, arqueándome, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto. "¡Más, pendejo, no pares!", supliqué, el slang saliendo natural en mi voz jadeante.

Mi mente era un torbellino: esta energía de la Bedoyecta Tri me tiene como fiera, cada roce es fuego puro. Él lamía con devoción, su barba raspando mis muslos sensibles, el sonido húmedo de su lengua mezclándose con mis gemidos. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, masajeando ese punto que me hace ver estrellas. El orgasmo se acercaba, pero lo frené, queriendo más, queriendo fundirnos. Lo jalé arriba, guiando su verga gruesa a mi entrada resbaladiza. Entró de un solo empujón, llenándome por completo, estirándome deliciosamente.

Cabalgamos el ritmo juntos, él embistiendo desde abajo con fuerza controlada, yo moviendo las caderas en círculos sensuales. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor perlando nuestras pieles, goteando entre mis pechos. Sus manos en mi cintura, guiándome, sus ojos clavados en los míos. "Te amo, mi chula, neta que estás incendiando todo", jadeó, y esas palabras me apretaron más alrededor de él. El calor subía, mis paredes palpitando, su verga hinchándose dentro de mí.

La intensidad crecía, mis pechos rebotando con cada choque, el olor a nuestro arousal espeso y embriagador. Cambiamos posiciones: él atrás, penetrándome profundo mientras mordisqueaba mi hombro, una mano en mi clítoris frotando en círculos rápidos. Sentía cada vena de su miembro rozando mis paredes, el placer acumulándose como una tormenta. "¡Ven, córrete conmigo!", rugió, y no pude más. El orgasmo me golpeó como un tren, olas de éxtasis convulsionando mi cuerpo, chillidos escapando de mi boca mientras él se vaciaba dentro, caliente y abundante, gruñendo mi nombre.

Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba entre mis piernas, cálido y pegajoso, un recordatorio íntimo. Me besó la frente, suave ahora, el cuarto oliendo a sexo satisfecho y sábanas revueltas. "La Bedoyecta Tri en similares hizo su magia, ¿eh?", bromeó, y reí, acurrucándome en su pecho.

Neta, esto no fue solo vitaminas, fue como inyectarse deseo puro. Mañana repetimos.

Nos quedamos así, en afterglow, el sol del atardecer tiñendo la habitación de naranja. Mi cuerpo zumbaba aún con la energía residual, pero ahora era paz profunda, conexión total. Alex trazaba patrones perezosos en mi espalda, y yo sabía que esto era más que un polvo: era nosotros, revitalizados, listos para lo que viniera. El deseo no se apagó; solo se transformó en algo más fuerte, más nuestro.

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