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Trios Mex Ardientes

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Trios Mex Ardientes

La noche en Playa del Carmen olía a sal marina y a coco tostado del chiringuito. El ritmo de la cumbia retumbaba en mis venas mientras bailaba pegadita a Luis, mi carnal de toda la vida. Sus manos en mi cintura me erizaban la piel, y el sudor nos unía como si fuéramos uno solo. Ahí estaba también Carla, la güera culona que Luis conoció en la uni, moviéndose como serpiente con sus tetas rebotando al son de la música. Neta, desde que la vi llegar con ese vestido rojo que se le pegaba al cuerpo, sentí un cosquilleo en el estómago. ¿Qué pedo con esto? pensé, pero el tequila ya me tenía bien prendida.

Luis me susurró al oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo:

—Mamacita, ¿has pensado en trios mex? Con Carla sería la neta.
Me quedé tiesa un segundo, pero el calor de su verga dura contra mi culo me hizo sonreír. Siempre hablábamos de fantasías locas, pero esta vez sonaba real. Carla se acercó, su perfume dulzón invadiendo mi nariz, y me plantó un beso juguetón en la mejilla. Su piel sabe a mango fresco, noté cuando lamió el borde de mi oreja. Órale, el deseo ya bullía como pozole en olla de barro.

Salimos de la fiesta caminando por la arena tibia, descalzos, riéndonos como pendejos. La luna plateaba las olas, y el viento jugaba con mi falda, dejando ver mis tangas negras. Luis nos cargó a las dos por turno, sus músculos tensos bajo mis dedos. Llegamos a la suite del hotel, un paraíso con cama king size y balcón al mar. Cerramos la puerta, y el mundo se achicó a nosotros tres. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

Empezó con besos suaves. Luis me devoró la boca, su lengua saboreando el tequila en la mía, mientras Carla me quitaba el top despacito. Sentí sus uñas rozando mis pezones, endureciéndolos al instante. ¡Qué chingón se siente esto! Mi concha ya chorreaba, empapando mis calzones. Me volteé y besé a Carla; sus labios carnosos eran miel caliente, y olía a vainilla y deseo. Luis nos miraba, pajeadose la verga por encima del pantalón, gruñendo bajito.

Nos tumbamos en la cama, la sábana fresca contra mi espalda ardiente. Carla se trepó sobre mí, restregando su coño contra mi muslo. Deslizaba su humedad como aceite caliente. Le arranqué el vestido, exponiendo sus chichis perfectas, tetas duras con pezones rosados. Los chupé como tamarindo, mordisqueando suave hasta que gimió:

—Ay, Ana, no pares, wey. Me vas a hacer venir ya.
Luis se unió, lamiéndome el cuello mientras metía mano entre mis piernas. Sus dedos gruesos separaron mis labios, frotando mi clítoris hinchado. El sonido de mi jugo era obsceno, chapoteando en la noche silenciosa.

El aire se llenó de nuestros jadeos y el olor almizclado del sexo. Bajé la mano y saqué la verga de Luis: gruesa, venosa, palpitando como corazón salvaje. La mamé con ganas, saboreando su piel salada, mientras Carla me comía el coño. Su lengua danzaba en mi entrada, lamiendo hasta el ano, haciendo que mis caderas se arquearan. Esto es mejor que cualquier trio mex de porno, pensé entre gemidos. Luis me follaba la boca despacio, sus bolas peludas rozando mi barbilla.

Cambié de posición, poniéndome a cuatro patas. Luis se hincó atrás y me penetró de un jalón, su verga estirándome hasta el fondo. ¡Pum pum pum! El choque de su pubis contra mi culo resonaba como olas rompiendo. Carla se acostó debajo de mí, chupándome las tetas y frotando su clítoris contra el mío. Nuestras conchas se besaban, resbalosas y calientes. Olía a sexo puro, a sudor mexicano y pasión desbocada. Luis aceleró, sus manos amasando mis nalgas:

—¡Qué rica tu panocha, Ana! Tan apretada y mojada.

Carla se levantó y montó la cara de Luis, restregándole su culo en la boca. Él la lamía como loco, sorbiendo sus jugos mientras me taladraba. Sentí el primer orgasmo venir, un tsunami en mi vientre. Mis paredes se contrajeron alrededor de su verga, ordeñándola. Grité, ahogada en placer, mordiendo la sábana. Carla se vino casi al mismo tiempo, temblando sobre Luis, su leche chorreando por su barbilla.

No paramos. Cambiamos: yo me subí a Luis, cabalgándolo como yegua salvaje. Su verga me llenaba, golpeando mi punto G con cada rebote. Carla se pegó a mi espalda, besándome el cuello y metiendo dedos en mi culo. Dos, tres, lubricados con mi propio flujo. El ardor dulce me volvía loca. El balcón dejaba entrar la brisa marina, enfriando nuestro sudor, pero el fuego interior no se apagaba. Luis gruñía:

—¡Vámonos juntos, putas calientes!
Jugamos con "trios mex" en la mente, recordando chismes de fiestas locas en la Condesa.

Carla se colocó encima de Luis también, en reversa, y nos frotamos clítoris mientras él nos alternaba embestidas. Mis tetas chocaban contra las suyas, piel con piel, resbalosas. El olor a concha excitada era embriagador, mezclado con el mar. Sentí sus dedos en mi ano otra vez, y Luis sacó su verga para meterla en Carla. La vi arquearse, sus ojos en blanco de puro gozo. Luego volvió a mí, más duro, más profundo.

El clímax final nos golpeó como huracán. Luis se vino primero, llenándome de leche caliente que salpicó cuando salí. Carla y yo nos corrimos frotándonos, un río de squirt empapando la cama. Gritos ahogados, temblores compartidos, pulsos latiendo al unísono. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, jadeando, riendo bajito.

La luna ya bajaba cuando nos despertamos abrazados. Luis nos besó a las dos, su barba raspando tierno. Carla me acarició el pelo:

—Neta, los trios mex son la buena vida.
Me sentía plena, empoderada, como si hubiéramos conquistado algo sagrado. El sol asomaba, tiñendo el cielo de rosa, y el mar susurraba promesas de más noches así. Mi cuerpo zumbaba aún, marcado por sus toques, y supe que esto solo era el principio.

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