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Videos XXX Trio con Esposa Cachonda

Era una noche calurosa en nuestro departamento de Polanco, con el aire cargado de ese olor a ciudad que se cuela por las ventanas abiertas. Yo, Juan, estaba recostado en la cama king size, con mi Maria a un lado, su piel morena brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Llevábamos casados cinco años, y aunque la rutina nos acechaba, neta que el fuego entre nosotros no se apagaba. Esa noche, como tantas otras, sacamos la laptop para ver algo que nos prendiera.

—Órale, wey, busca algo nuevo —me dijo Maria con esa voz ronca que me pone la piel chinita, mientras se acurrucaba contra mi pecho, su mano bajando juguetona por mi abdomen.

Abrí el navegador y tecleé videos xxx trio con esposa. Las miniaturas saltaron como chispas: esposas compartidas, tríos salvajes, gemidos que prometían éxtasis. Elegí uno donde una morra como Maria era el centro de dos vatos, sus curvas temblando bajo toques ávidos. El sonido de la pantalla llenó la habitación: jadeos, carne chocando, susurros sucios. Maria se mordió el labio, su respiración acelerándose contra mi cuello. Olía a su perfume de vainilla mezclado con ese aroma almizclado de excitación que tanto me volvía loco.

"¿Y si lo hacemos de verdad, amor? ¿Y si buscamos a alguien para un trío?"
soltó de repente, sus ojos negros clavados en los míos, desafiantes y llenos de lujuria.

Mi verga se endureció al instante. La idea me dio vueltas en la cabeza: ver a mi esposa gozando con otro, sintiendo su concha apretada alrededor de dos vergas. ¡Qué chingón! Pero había que pensarlo bien. Hablamos toda la noche, riéndonos nerviosos, tocándonos despacio. Al final, decidimos: Carlos, mi carnal de toda la vida, soltero y guapo, el wey perfecto. Le mandé un mensaje al día siguiente, y para mi sorpresa, dijo que sí sin pensarlo dos veces.

La espera fue eterna. Maria se preparó como diosa: se puso un vestido negro ceñido que marcaba sus chichis grandes y su culo redondo, sin calzones debajo. Yo olía su emoción en el aire, un perfume dulce y salado. Cuando Carlos llegó esa noche, con una botella de tequila en la mano, el ambiente se cargó de electricidad. Nos sentamos en el sofá de cuero, que crujió bajo nuestro peso, sirviéndonos shots que quemaban la garganta como fuego líquido.

—¿Neta que quieren un trio con esposa? —preguntó Carlos, sus ojos devorando a Maria, que se reía coqueta, cruzando las piernas para que el vestido subiera un poco.

—Puta madre, sí —le contesté, mi pulso latiendo fuerte en las sienes—. Pero todo chido, ¿eh? Consentimiento total.

Maria se levantó, contoneándose, y se sentó en medio de nosotros. Su mano rozó mi muslo y luego el de Carlos, un toque ligero que envió chispas por mi espina. Empezamos con besos suaves: yo en su boca, saboreando sus labios carnosos con gusto a tequila; Carlos en su cuello, lamiendo esa piel suave que olía a sudor fresco. Ella gemía bajito, "Ay, cabrones, me están poniendo caliente", su voz vibrando contra mi lengua.

La tensión crecía como una tormenta. Le quité el vestido despacio, revelando sus tetas perfectas, pezones duros como piedras. Carlos las chupó con hambre, succionando fuerte mientras yo bajaba mi mano entre sus piernas. Estaba empapada, su panocha resbalosa y caliente, oliendo a deseo puro.

Esto es lo que vi en esos videos, pero mil veces mejor, con mi esposa real, entregándose por gusto.
La metí un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hace arquearse. Carlos se desabrochó los pants, sacando su verga gruesa, venosa, y Maria la miró con ojos brillantes.

Chúpala, mi amor —le ordené, y ella obedeció, arrodillándose entre nosotros. Su boca se abrió, tragándosela hasta la garganta, salivando ruidosamente mientras me pajeaba a mí. El sonido era obsceno: slurp, slurp, mezclado con sus arcadas voluntarias. Yo la veía, mi reina, compartida pero mía, y la verga me latía dolorida.

La llevamos a la cama, el colchón hundiéndose bajo los tres cuerpos sudorosos. Maria se montó en mí primero, su concha envolviéndome como terciopelo mojado, apretándome mientras subía y bajaba, sus chichis rebotando. Carlos se puso detrás, untando lubricante en su ano —habíamos hablado de límites, y ella quería probarlo todo. Empujó despacio, centímetro a centímetro, y Maria gritó de placer, "¡Sí, pendejos, métanmela toda!" El cuarto se llenó de olores: sexo crudo, lubricante, sudor masculino. Sentía su calor compartido, su ano apretando contra mi verga a través de la delgada pared, un roce doble que nos volvía locos.

Nos movíamos en ritmo, como en esos videos xxx trio con esposa que nos inspiraron, pero con más alma. Maria jadeaba, sus uñas clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Carlos gruñía, sus bolas chocando contra su culo, "Estás bien rica, Maria, neta que eres una diosa". Yo la besaba, tragándome sus gemidos, probando el sudor salado de su piel. La tensión subía, mis huevos apretados, su concha contrayéndose en espasmos.

El clímax llegó como avalancha. Maria se corrió primero, temblando violentamente, chorros calientes mojando mis muslos, gritando "¡Me vengo, chingados!". Eso nos empujó: Carlos se vació en su culo con un rugido gutural, caliente y espeso; yo exploté dentro de su panocha, chorros interminables que la llenaban hasta rebosar. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones agitadas, piel pegajosa.

Después, en la quietud, con el olor a semen y placer flotando, nos reímos bajito. Maria en medio, besándonos a los dos, su mano acariciando nuestras vergas flojas.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, confianza, un puto sueño hecho realidad.
Carlos se quedó a dormir en el sofá, pero prometimos repetirlo. Mi esposa, mi musa, se acurrucó contra mí, susurrando "Gracias por hacerme sentir tan viva, amor". Cerré los ojos, saboreando el afterglow, el corazón latiendo en paz, sabiendo que habíamos cruzado un umbral chingón juntos.

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