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Historias Eróticas de Tríos Ardientes

7270 palabras

Historias Eróticas de Tríos Ardientes

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que invitaba a quitarse la ropa. Yo, Ana, había llegado con mi novio Marco hacía dos días, escapándonos del ajetreo de la Ciudad de México para un fin de semana de puro relax. Pero el relax se convirtió en algo más cuando Luisa, nuestra amiga de la uni, nos sorprendió apareciendo en el resort con una sonrisa pícara y un bikini que dejaba poco a la imaginación. Neta, qué chulada, pensé mientras la veía caminar hacia nosotros, sus caderas moviéndose con ese ritmo que solo las morenas de Guadalajara tienen.

Nos abrazamos como si no nos viéramos en años, aunque solo habían pasado meses. Marco, con su torso bronceado y esa barba que me volvía loca, la cargó en volandas riendo. ¡Wey, qué onda! ¿Viniste a jodernos las vacaciones o a mejorarlas? le dijo, y ella contestó con un guiño: A mejorarlas, cabrón. Traje tequila y ganas de playa. La tensión empezó ahí, sutil, como el calor que subía por mi piel. Luisa siempre había sido coqueta, pero esa tarde, mientras compartíamos chelas frías bajo la palapa, sus ojos se quedaban fijos en Marco un segundo de más, y luego en mí, como midiendo si yo estaba en la misma sintonía.

La brisa marina traía olor a sal y coco, mezclándose con el aroma dulce de su perfume. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, no de celos, sino de curiosidad. ¿Y si...? Marco me tomó la mano bajo la mesa, su pulgar rozando mi palma de forma que me erizó la piel. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la CDMX, de lo chido que era el mar, y de pronto, Luisa soltó: Saben, leo unas historias eróticas de tríos que me prenden cañón. Neta, deberían probar algo así alguna vez. El aire se cargó de electricidad. Marco carraspeó, yo me mordí el labio, y ella rio bajito, como si supiera que había plantado la semilla.

Al atardecer, subimos a nuestra suite con vista al Pacífico. El sol se hundía en el horizonte pintando el cielo de rosas y naranjas. Abrimos el tequila, y las risas fluyeron con los shots. Luisa se recargó en mi hombro, su cabello negro rozando mi cuello, oliendo a vainilla y sol. Ana, siempre tan guapa, wey, murmuró, y su aliento cálido me hizo cerrar los ojos un instante. Marco nos miraba desde el sofá, sus ojos oscuros brillando con esa hambre que conozco tan bien.

La primera chispa saltó cuando jugamos truth or dare, un jueguito tonto que escaló rápido. Dare para ti, Marco: besa a Luisa como si yo no existiera, dije yo, mi voz ronca de anticipación. Él se acercó, la tomó por la nuca con firmeza, y sus labios se fundieron en un beso profundo, húmedo, con lenguas danzando. Yo observaba, el corazón latiéndome en la garganta, sintiendo un calor líquido entre las piernas. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, y el olor a deseo empezaba a impregnar el aire.

Luisa se separó jadeante, mirándome. ¿Y tú, Ana? ¿Te atreves? No respondí con palabras. Me lancé hacia ella, mis manos en su cintura, sintiendo la suavidad de su piel bajo el bikini. Nuestros labios se tocaron suaves al principio, explorando, y luego con urgencia. Sabía a tequila y a sal marina, su lengua juguetona enredándose con la mía. Marco gruñó desde atrás, su erección ya visible bajo los shorts. Esto es real, no una de esas historias eróticas de tríos que fantaseo, pensé, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando mi top.

Nos movimos al king size bed, la sábana blanca crujiendo bajo nuestros cuerpos. Marco se unió, besando mi cuello mientras yo lamía el lóbulo de Luisa. Sus pechos, firmes y morenos, se presionaban contra los míos, los pezones endurecidos rozando como chispas. Qué rica estás, pinche Ana, susurró ella, su voz temblorosa. Yo bajé la mano por su vientre plano, hasta encontrar su humedad a través del bikini. Ella gimió, arqueándose, y Marco aprovechó para quitarle la parte de abajo, exponiendo su concha depilada, reluciente de excitación.

El cuarto olía a sexo: almizcle, sudor fresco, y ese toque salado del mar que entraba por la ventana abierta. Marco se desnudó, su verga gruesa y venosa saltando libre, palpitante. Yo la tomé en la mano, sintiendo su calor, las venas latiendo bajo mi palma. Métela, amor, le pedí, guiándolo hacia Luisa. Él la penetró despacio, centímetro a centímetro, y ella gritó de placer: ¡Ay, cabrón, qué grande! Yo observaba embobada, mi clítoris hinchado pidiendo atención. Me quité el bottom y me senté en su cara, bajando hasta que su lengua encontró mi entrada.

Su boca era fuego: chupaba mi clítoris con succión perfecta, lamiendo mis labios hinchados, metiendo la lengua adentro como si quisiera devorarme. Gemía contra mí mientras Marco la follaba con ritmo creciente, sus caderas chocando con un plaf plaf húmedo. Yo me mecía sobre ella, mis tetas rebotando, agarrando el cabello de Marco para besarlo. Su lengua sabía a ella, a nosotras, un sabor salado y dulce que me volvía loca. Neta, esto es el paraíso, pensé, mientras el orgasmo empezaba a construirse en mi vientre, una ola apretando mis músculos.

Cambiaron posiciones como en un baile instintivo. Ahora Luisa estaba encima de Marco, cabalgándolo con furia, su culo redondo subiendo y bajando, tragándose su verga hasta la base. Yo me arrodillé detrás, lamiendo donde se unían: su concha estirada, sus jugos chorreando por los huevos de él. Sabían a mar y a lujuria pura. Marco gemía ronco: Chínguenme, qué rico, wey... no paren. Mis dedos entraron en ella junto a su polla, estirándola más, y ella se convulsionó, gritando mi nombre mientras corría, su cuerpo temblando, chorros calientes mojando las sábanas.

El clímax nos alcanzó en cadena. Marco se volteó, poniéndome a cuatro patas, embistiéndome desde atrás con fuerza animal. Cada estocada era profunda, golpeando mi punto G, sus bolas chocando contra mi clítoris. Luisa se acostó debajo, lamiendo mis tetas, mordisqueando los pezones hasta doler de placer. Vente, Ana, vente conmigo, me rogó, sus dedos frotando mi botón. No pude más: el mundo explotó en colores, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo mientras gritaba, el sudor goteando por mi espalda. Marco rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos, desbordando.

Caímos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El mar rugía afuera, como aplaudiendo. Luisa me besó suave, Marco nos abrazó a ambas. Esto fue... épico, murmuró él, su voz satisfecha. Yo sonreí, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo, un calor dulce extendiéndose por cada célula.

Más tarde, envueltos en las sábanas, con el tequila a medio terminar, hablamos bajito. Como esas historias eróticas de tríos, pero mejor porque fue nuestro, dijo Luisa, acurrucándose. No hubo arrepentimientos, solo promesas de más escapadas. El sol salió tiñendo la habitación de luz nueva, y supe que este trío había cambiado todo para bien. La playa nos esperaba, pero ahora con un secreto ardiente que nos unía más que nunca.

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