Se Busca Chico Para Trío Inolvidable
Todo empezó una noche de esas en que el calor de la ciudad te pega como una cachetada húmeda. Vivíamos en un depa chido en Polanco, Marco y yo, con vistas al skyline que brillaba como si la neta fuera eterna. Llevábamos diez años casados, y aunque el amor seguía ahí, firme como tamal de olla, la rutina nos había chingado el fuego en la cama. ¿Y si probamos algo nuevo? me dijo él una vez, con esa mirada pícara que me derrite. Yo, Ana, de treinta y tantos, con curvas que todavía voltean cabezas, le contesté: Órale, carnal, ¿qué traes en mente?
Así que nos metimos a una app discreta, de esas para adultos que buscan lo prohibido sin rollos. Marco tecleó el anuncio: Se busca chico para trío. Puse mi foto de perfil, una en la que salgo en lencería negra, con el escote que deja poco a la imaginación, y listo. Las notificaciones empezaron a llover como lluvia de mayo. Chavos de todo tipo: morrillos ansiosos, maduritos con experiencia, pero ninguno nos prendía el ojo hasta que llegó el mensaje de Luis.
¡Hola! Vi su anuncio de se busca chico para trío y me late mucho. Tengo 28, atlético, discreto y con ganas de complacer. ¿Café para platicar?Adjuntó fotos: torso marcado, sonrisa de galán de telenovela, ojos cafés que prometían travesuras. Marco y yo nos miramos, el pulso acelerado. Neta, este chavo pinta bien, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mi entrepierna.
Quedamos en un café en la Roma, de esos hipsters con aroma a café de chiapas y pan dulce fresco. Llegó puntual, jeans ajustados que marcaban paquete generoso, camisa blanca que se le pegaba al pecho sudado por el bochorno. Nos dimos la mano, pero su mirada en mí era puro fuego. Hablamos de todo: fútbol, tacos al pastor, la pinche vida en la CDMX. Marco soltó chistes, yo reía coqueta, rozando mi pie en su pierna por debajo de la mesa. El aire se cargaba de electricidad, olía a su colonia amaderada mezclada con mi perfume floral. Este trío va a estar de poca madre, me dije, notando cómo mis pezones se endurecían contra el bra.
La plática fluyó como tequila suave. Luis nos contó que era diseñador gráfico, soltero, sin ataduras. ¿Y si nos vamos a un bar con música? propuso Marco, y aceptamos. En el antro, luces neón parpadeando, reggaetón retumbando en los oídos, bailamos pegaditos. Sentí su verga dura contra mi culo mientras Marco nos veía, excitado, bebiendo su chela. Sudor salado en la piel, aliento caliente en mi cuello. Ya quiero que me cojan los dos, gemí para mis adentros, el calor entre mis piernas convirtiéndose en humedad que empapaba mis panties.
Volvimos al depa en Uber, las manos inquietas en el backseat. Luis me besaba el cuello, Marco desde el frente nos guiñaba. Entramos riendo, el aire acondicionado fresco contrastando con nuestra piel ardiente. ¿Listos para el show? preguntó Marco, sirviendo mezcal en shots. El humo del incienso de copal que siempre prendo flotaba, dulce y terroso, mezclándose con el olor a deseo crudo.
Nos fuimos al sillón de cuero negro, suave contra mi piel. Empecé besando a Marco, lengua profunda, saboreando su boca con regusto a mezcal. Luis se acercó por detrás, manos fuertes desabrochando mi blusa, liberando mis tetas llenas. ¡Qué chingonas! murmuró, lamiendo un pezón mientras yo jadeaba. El sonido de mi respiración agitada llenaba la habitación, pulsos latiendo como tambores. Marco se bajó los pantalones, su verga tiesa saltando libre, venosa y lista. La tomé en la boca, chupando despacio, saliva resbalando, mientras Luis me quitaba la falda, dedos hurgando mi panocha ya chorreante.
Pinche delicia, pensé, el placer subiendo en oleadas. Luis se arrodilló, lengua experta en mi clítoris, lamiendo como si fuera el mejor elote del mercado. Grité bajito, ¡Sí, cabrón, así! Marco me follaba la boca, embestidas suaves al principio, luego más duras. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, jugos dulces. Cambiamos posiciones, yo a cuatro patas en la cama king size, sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo nosotros.
Luis se puso condón, verga gruesa empujando en mi entrada. Lento, mi amor, le pedí, y entró centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Marco se acostó frente a mí, yo mamándosela mientras Luis me taladraba, nalgas chocando con un plaf plaf rítmico. El cuarto olía a sexo puro, pieles resbalosas, gemidos ahogados. ¡Qué rico trío, neta! soltó Marco, pellizcando mis tetas. Sentía sus venas pulsando en mi lengua, el grosor de Luis llenándome hasta el fondo, rozando ese punto que me hace ver estrellas.
La tensión crecía, como tormenta en el desierto. Cambiamos: yo encima de Marco, cabalgándolo lento, su verga conocida hundiéndose en mi calor húmedo. Luis detrás, lubricante fresco chorreando, dedo en mi ano primero, preparándome. ¿Quieres que te meta por atrás? susurró. ¡Sí, pendejo, hazlo! respondí, excitada. Entró despacio, doble penetración que me partía en dos de placer. Gritaba, uñas clavadas en el pecho de Marco, sudando como en sauna. Suspiros, jadeos, ¡Ay, Dios! resonando. El roce de sus vergas separadas por una delgada pared, pulsando sincronizadas, me llevaba al borde.
Marco me besaba, lengua salvaje, mientras Luis me azotaba suave las nalgas, ¡Muévete, mamacita! El clímax se acercaba, coño contrayéndose, ano apretando. Me vengo, me vengo... Explosión: olas de éxtasis sacudiéndome, chorros calientes llenándome, ellos gruñendo al correrse casi juntos. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El aire pesado de post-sexo, dulce y salado.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos juguetonas en jabón espumoso. Luis se quedó a dormir, entre nosotros, como sándwich perfecto. Al amanecer, café negro humeante, tortas de la esquina, reímos recordando la noche. ¿Repetimos? preguntó él. Marco y yo nos miramos: Pinche chavo, claro que sí. Salimos a la terraza, sol calentando la piel, ciudad despertando. Ese se busca chico para trío había sido el mejor anuncio de nuestra vida. El deseo no se apagó; renació, más fuerte, con promesas de más noches locas.