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Inténtalo en Español

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Inténtalo en Español

El sol de Cancún caía como una caricia ardiente sobre la playa, el aire cargado con el olor salino del mar y el dulce aroma de las cocadas que vendían los ambulantes. Tú, un gringo aventurero de treinta y tantos, habías llegado esa mañana con la mochila llena de sueños y el corazón latiendo fuerte por la promesa de algo exótico. Te sentaste en la arena tibia, con una cerveza fría en la mano, observando cómo las olas lamían la orilla con un ritmo hipnótico.

Entonces la viste. Ella se acercaba caminando con ese sway mexicano que hace que las caderas se muevan como olas del Caribe. Morena, con el cabello negro suelto hasta la cintura, un bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas. Se llamaba Sofia, lo supiste después, pero en ese momento solo era la diosa de la playa. Sus ojos cafés te clavaron en el sitio, y su sonrisa, con esos labios carnosos pintados de rojo, te hizo tragar saliva.

Órale, guapo, ¿todo solo? —dijo con esa voz ronca, acento puro yucateco, sentándose a tu lado sin pedir permiso. Su piel olía a coco y vainilla, un perfume que te invadió las fosas nasales como una droga.

Tú balbuceaste algo en inglés, nervioso, y ella rio, un sonido como cascabeles en el viento.

«Este wey está bien rico, pero no sabe ni decir hola en español», pensaste ella, mordiéndose el labio inferior.
Te miró de arriba abajo, deteniéndose en tus hombros anchos y el bulto que empezaba a formarse en tu short.

Try in Spanish, honey —te dijo guiñando un ojo—. Inténtalo en español. Di quiero besarte.

Lo intentaste, torpe: «Kiero... besarte». Ella aplaudió, su risa vibrando en tu pecho.

¡Bien, pendejito! Ahora ven, te enseño más. Vamos a mi casa, está cerca.

El corazón te latía como tambor de mariachi. La seguiste por la playa, sus nalgas rebotando con cada paso, el sol calentando tu piel hasta que sudabas. Llegaron a una casita colorida frente al mar, con hamacas en el porche y el sonido de reggaetón lejano flotando en el aire.

Adentro, el fresco del ventilador te alivió, pero el calor entre ustedes ya era insoportable. Sofia te sirvió un tequila con limón y sal, sus dedos rozando los tuyos al pasarte el vaso. El líquido quemaba tu garganta, dulce y picante, como ella.

—Ahora, try in Spanish: me pones bien caliente —susurró, acercándose tanto que sentiste su aliento en tu oreja, cálido y húmedo.

«Me... pones bien... kaliente», repetiste, y ella gimió bajito, presionando su cuerpo contra el tuyo. Sus tetas suaves aplastadas contra tu pecho, pezones duros como piedritas bajo la tela fina.

La besaste entonces, torpe al principio, pero ella tomó el control, su lengua invadiendo tu boca con sabor a tequila y menta. Sus manos bajaron por tu espalda, arañando levemente, enviando chispas por tu espina dorsal. ¡Neta, este güero sabe besar!, pensó ella, mientras te empujaba al sofá.

Acto uno cerrado: la tensión era palpable, el deseo como una ola creciendo. Te quitó la camisa, lamiendo tu cuello, mordisqueando tu clavícula. Olías su excitación, ese musk femenino mezclado con coco, y tu verga palpitaba dura contra el short.

En el medio, todo escaló. Sofia se paró, quitándose el bikini con lentitud tortuosa. Primero la blusa, revelando tetas perfectas, grandes y firmes, con areolas oscuras. Las meciste en tus manos, pesadas y cálidas, chupando un pezón hasta que ella jadeó: ¡Ay, cabrón!

—Di tu concha es deliciosa, try in Spanish —ordenó, voz entrecortada.

«Tu... koncha es... delisiosa», lograste, y ella rio, empujándote de rodillas. Te bajó el short, tu polla saltando libre, venosa y tiesa. La miró con hambre: ¡Qué verga tan chula, wey!

Te guió a su cama, sábanas frescas oliendo a lavanda. Se recostó, abriendo las piernas, su coño depilado brillando húmedo. El aroma era embriagador, salado y dulce, invitándote. Lamiste despacio, lengua explorando pliegues suaves, saboreando su néctar. Ella gemía en español: ¡Sí, así, lame mi clítoris, pendejo rico!

Tú aprendías rápido.

«Cada palabra que digo en español me hace más mojada, este juego es la neta», pensó Sofia, arqueando la espalda.
Tus dedos entraron en ella, calientes y resbalosos, curvándose para tocar ese punto que la hacía gritar. El sonido de su placer, húmedo y gutural, llenaba la habitación, mezclado con el romper de olas afuera.

La tensión crecía. Te montó entonces, cabalgándote lento al principio. Su concha apretada te envolvió, caliente como fuego, paredes pulsando alrededor de tu verga. Sudor perlando su piel morena, goteando sobre tu pecho. Movía las caderas en círculos, frotando su clítoris contra ti, ojos cerrados en éxtasis.

Di: fóllame más duro, try in Spanish —jadeó.

«Follame... mas duro», repetiste, y ella aceleró, tetas botando, uñas clavadas en tus hombros. El slap de piel contra piel, su coño chorreando jugos por tus bolas, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Internamente luchabas: quiero durar, pero esta morra me va a matar de placer.

Cambiaron posiciones. La pusiste a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto. Entraste de nuevo, profundo, sintiendo cada centímetro apretarte. Golpeabas fuerte, manos en sus caderas, tirando de su cabello. Ella gritaba: ¡Sí, así, métemela toda, güerito! El clímax se acercaba, pulsos acelerados, respiraciones entrecortadas.

En el final, explotaron juntos. Tú la volteaste, mirándola a los ojos mientras la penetrabas misionero, piernas enredadas. Su concha se contrajo, ordeñándote, y gritó tu nombre inventado: ¡Córrete dentro, lléname! El orgasmo te golpeó como tsunami, semen caliente brotando en chorros, llenándola mientras ella temblaba, uñas en tu espalda, mordiendo tu hombro.

Colapsaron, sudorosos y jadeantes, el ventilador secando sus cuerpos entrelazados. Sofia te besó suave, lengua perezosa. Tequila en la mesita, lo bebieron directo de la botella, riendo.

Lo hiciste bien, honey. Try in Spanish next time, pero ya sabes... —susurró, acurrucándose en tu pecho, su corazón latiendo contra el tuyo.

El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja. Olías a ella, a mar, a sexo satisfecho.

«Volveré mañana, y practicaré más español con esta diosa», pensaste, mientras el sueño te vencía en sus brazos.
El deseo no había terminado; era solo el comienzo de una noche eterna en Cancún.

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