Intenté Try en Past Simple
Era una tarde calurosa en la Condesa, con ese sol de México que te calienta hasta los huesos. Mi departamento olía a café recién molido y a las gardenias que mi vecina deja en el pasillo. Ahí estaba yo, Javier, profesor de inglés freelance, esperando a mi nueva alumna. Sofia llegó puntual, con un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas como si fueran un mapa del tesoro. Morena, ojos grandes y miel, labios carnosos que pedían a gritos ser besados. Órale, güey, pensé, esta chava va a complicarme la clase.
Nos sentamos en el sofá de cuero suave, que crujía un poco bajo nuestro peso. Le ofrecí un vaso de agua con limón, fresco y con hielitos que tintineaban. "Bienvenida, Sofia. Hoy vamos a repasar verbos irregulares. Mira, el verbo try, ¿sabes cómo es en past simple?" Le mostré la pizarra portátil que uso para clases privadas.
"Try en past simple... ¿Es tried?" dijo ella, con esa voz ronca que me erizó la piel. Se inclinó hacia mí, y olí su perfume, una mezcla de vainilla y jazmín que me mareó.
"¡Exacto! Intenté try en past simple explicártelo fácil, pero ya lo traes clavado." Le sonreí, y ella soltó una carcajada que llenó la habitación. Sus pechos subían y bajaban con el movimiento, y sentí un cosquilleo en el estómago. La clase fluyó, pero la tensión crecía como el calor afuera. Cada vez que se movía, su rodilla rozaba la mía, un toque eléctrico que me ponía la verga dura bajo los jeans.
Al final de la hora, no se levantó. "Javier, ¿me das otra clase privada? Quiero practicar más... try en past simple, por ejemplo." Sus ojos brillaban con picardía mexicana, de esas que te dicen simón, carnal, vamos a lo que vamos. El corazón me latía fuerte, como tamborazo en una fiesta. "¿Segura? Esto ya no es solo inglés." Ella se mordió el labio, y asintió lento.
El segundo acto empezó ahí, con un beso que sabía a chicle de fresa y deseo puro. Sus labios suaves, calientes, se pegaron a los míos como miel derretida. La tomé de la cintura, sintiendo la tela delgada de su vestido bajo mis dedos, y la atraje hacia mí. "Eres un pendejo tentador", murmuró contra mi boca, riendo bajito. La cargué hasta la cama, el colchón hundiéndose con nosotros. El cuarto olía ahora a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco.
Deslicé el vestido por sus hombros, revelando piel morena y tersa, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco del ventilador. Los lamí despacio, saboreando el salado de su sudor, mientras ella gemía suave: "Ay, Javier, qué rico." Sus manos exploraban mi pecho, bajando hasta mi cinturón. Lo desabroché con urgencia, y mi verga saltó libre, palpitante, rozando su muslo suave como terciopelo.
Esto es lo que intenté en past simple: resistirme, pero fallé estrepitosamente, pensé, mientras ella me miraba con hambre.
La tensión subía como el volcán que somos los mexicanos en la cama. La puse de rodillas, ella chupó mi verga con maestría, lengua girando alrededor del glande, succionando con un slurp húmedo que resonaba en mis oídos. Sentí su saliva tibia correr por mis bolas, el calor de su boca envolviéndome entero. "Try this", le dije juguetón, y ella rio con la boca llena: "Tried and loved it." Sus tetas rebotaban con cada movimiento, y yo enredé los dedos en su cabello negro, ondulado, oliendo a coco.
La volteé boca abajo, admirando su culo redondo, perfecto para agarrar. Le separé las nalgas, besando la piel sensible, lamiendo hasta su panocha empapada. Sabía a néctar dulce, jugos calientes que me embarraban la cara. Ella se arqueaba, gimiendo fuerte: "¡No mames, Javier, métemela ya!" Metí dos dedos primero, sintiendo sus paredes apretadas, húmedas, contrayéndose alrededor mío. El sonido era obsceno, chapoteo de excitación pura.
Pero no quería apresurar el clímax. La puse encima, cabalgándome como jinete en palenque. Sus caderas giraban expertas, verga enterrada hasta el fondo, chocando contra su cervix con cada bajada. Sudábamos juntos, piel resbalosa pegándose y despegándose. Olía a sexo crudo, a testosterona y estrógeno mezclados. Sus uñas me arañaban la espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso. "Harder, try en past simple...", jadeaba ella, y yo embestí más fuerte, sintiendo sus tetas aplastadas contra mi pecho.
La volteamos de lado, cucharita, para ir más profundo. Mi mano en su clítoris, frotando círculos rápidos, mientras la penetraba lento al principio, luego furioso. Sus gemidos se volvieron gritos: "¡Sí, cabrón, así! ¡Me vengo!" Su coño se apretó como puño, ordeñándome, oleadas de placer sacudiéndola. Yo resistí, queriendo alargar, pero su calor me quemaba. Cambiamos a misionero, piernas en mis hombros, follando con todo, camas crujiendo, cabezas chocando contra la pared.
El afterglow llegó como lluvia en desierto. Nos quedamos jadeando, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose en la piel. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. "Intenté try en past simple solo con inglés, pero contigo fue más", le susurré, besando su frente salada. Ella levantó la vista, ojos brillantes: "I tried too, and it was perfect."
Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo como cascada, jabón espumoso resbalando por sus curvas. Lavé su espalda, dedos masajeando nudos de placer residual. Ella me enjabonó la verga, juguetona, pero ya no había prisa. Salimos envueltos en toallas, comimos tacos de la taquería de la esquina –carne asada jugosa, cebolla crujiente, salsa picosa que quemaba la lengua como nuestro fuego.
En la puerta, al despedirnos, me abrazó fuerte. "Mañana otra clase, ¿va? Quiero practicar más verbos." Su sonrisa prometía rondas dos, tres, infinitas. Me quedé solo, oliendo aún a ella en las sábanas revueltas. Intenté try en past simple ser solo profe, pero la vida mexicana es puro desmadre chido. Y qué bueno, porque así valía la pena cada segundo.