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Almetec Tri Para Que Sirve en la Noche de Pasión

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Almetec Tri Para Que Sirve en la Noche de Pasión

La farmacia del barrio estaba casi vacía esa tarde calurosa de verano en la Ciudad de México. El aire olía a cloro y a esos dulces de tamarindo que vendían en la esquina. Yo, Karla, había entrado por una receta que mi doctor me dio para el estrés que me subía la presión como si fuera un volcán en erupción. Almetec Tri para qué sirve, pensé mientras leía la caja que el farmacéutico me pasó con una sonrisa pícara. "Para bajar la presión, mija, pero también para que disfrutes la vida sin preocupaciones", me dijo guiñándome el ojo.

Salí de ahí con el paquetito en la bolsa, el sol pegándome en la cara como un beso ardiente. Mi departamento en la colonia Roma no estaba lejos, y mientras caminaba, el calor me hacía sudar bajo la blusa ajustada. Sentía el roce de la tela contra mis pezones endurecidos por la brisa juguetona. Esa noche tenía planes. Javier, mi vecino de al lado, el galán con tatuajes que asomaban por su playera cuando cargaba sus cosas al gym. Habíamos coqueteado por semanas: miradas en el elevador, roces "accidentales" en el pasillo. Hoy le había mandado un mensaje: "Ven a las 8, traigo algo que te va a bajar la presión".

Me metí a la regadera, el agua tibia cayendo como lluvia tropical sobre mi piel morena. Cerré los ojos y me imaginé sus manos grandes, callosas de tanto trabajo en construcción, recorriéndome la espalda.

¿Y si el Almetec Tri para qué sirve en realidad? ¿Para aguantar la noche entera sin que el corazón se me salga?
Me reí sola, saliendo envuelta en una toalla que apenas cubría mis curvas. Me unté crema de coco, oliendo a playa caribeña, y me puse un vestido rojo corto que se pegaba a mis caderas como segunda piel.

El timbre sonó puntual. Javier estaba ahí, con jeans ajustados que marcaban todo y una camisa negra desabotonada lo justo para mostrar su pecho velludo. "¡Qué buena estás, carnala!", dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Lo jalé adentro, cerrando la puerta con el pie. El departamento olía a velas de vainilla y a mi perfume dulce. Nos sentamos en el sofá, cervezas frías en mano, charlando de la vida, del pinche tráfico, de cómo el calor nos ponía de malas.

Pero la tensión crecía como tormenta. Sus ojos cafés se clavaban en mis labios, en el escote donde mis tetas se asomaban invitadoras. "Almetec Tri para qué sirve", solté de repente, sacando la caja de mi bolsa como si fuera un juguete erótico. Él arqueó la ceja, riendo. "¿Eso qué pedo, pendeja? ¿Me vas a medicar?" Le expliqué bromeando que era para la presión, pero que esa noche la mía subía por él. Se acercó, su aliento a menta rozándome la oreja. "Pues déjame bajártela yo, mamacita".

Sus labios tocaron los míos, suaves al principio, probando como si fuera tequila añejo. El beso se profundizó, lenguas enredándose con sabor a cerveza y deseo. Sentí su mano en mi muslo, subiendo despacio, el calor de su palma quemándome la piel. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca. Me recargó en el sofá, su cuerpo pesado y duro sobre el mío. Olía a jabón macho y sudor fresco, ese aroma que me volvía loca.

Acto uno: la chispa. Nos fuimos quitando ropa entre besos. Su camisa voló, revelando abdominales marcados que lamí con la lengua, saboreando la sal de su piel. Él me bajó el vestido, exponiendo mis pechos llenos, los pezones duros como piedras. "Qué chingonas están", murmuró chupándolos, succionando con fuerza que me hacía arquear la espalda. El placer era eléctrico, rayos bajando directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad empapándome las panties.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, caminando al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de satén negro. Me tiró suave, gateando sobre mí como un tigre. Sus dedos expertas bajaron mi tanga, rozando mi clítoris hinchado.

¡Pinche Javier, sabe lo que hace! ¿Para qué sirve el Almetec Tri si él me regula el pulso así?
Jadeé cuando metió dos dedos dentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chido de mi excitación llenaba el cuarto, jugos calientes lubricando todo.

Pero no quería acabar aún. Lo empujé, poniéndome encima. Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la dureza como hierro caliente. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. "Sigue, putita rica", dijo juguetón, y yo lo chupé más profundo, garganta relajada por práctica, hasta que sus caderas se movieron instintivas.

Acto dos: la escalada. La tensión era insoportable. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. Su lengua exploró mi ano, un toque prohibido que me hizo temblar. Luego, se posicionó atrás, la cabeza de su pija rozando mi entrada. "Dime si quieres, cariño". "¡Sí, chingá ya!", supliqué. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer mezclado me arrancó un grito ahogado.

Empezó a bombear, lento al inicio, cada embestida profunda tocando mi cervix. Sentía sus bolas golpeando mi clítoris, el slap slap rítmico como tambores aztecas. Sudábamos juntos, piel resbalosa, olores de sexo crudo invadiendo el aire: almizcle, sudor, mi aroma dulce de excitada. Me volteó de nuevo, piernas en sus hombros, penetrándome más hondo. Nuestros ojos se clavaron, conexión más allá de lo físico.

Este cabrón no solo me folla, me entiende. La presión baja, el alma sube.

La intensidad creció. Aceleró, gruñendo mis nombre entre dientes. Yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos, el orgasmo construyéndose como ola gigante. "¡Me vengo!", grité, el mundo explotando en espasmos, paredes vaginales apretándolo como puño. Él resistió, prolongando mi éxtasis con estocadas precisas. Luego, rugió, llenándome de semen caliente, chorros que sentía pulsar dentro.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su peso sobre mí era reconfortante, corazón latiendo contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso sí que sirve más que cualquier pastilla", susurró riendo. Saqué la caja del Almetec Tri de la mesita, tirándola juguetona. "Para qué sirve esto cuando te tengo a ti, mi amor".

Nos quedamos así horas, hablando de sueños, de mudarnos juntos quizás. El amanecer pintó el cuarto de dorado, y su mano aún acariciaba mi vientre. Me sentía viva, presión perfecta, alma en paz. Javier se durmió primero, ronquido suave como arrullo. Yo sonreí, sabiendo que esto era solo el principio. Almetec Tri para qué sirve? Para recordarme que la verdadera medicina es el amor y el sexo que cura todo.

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