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Pasión Ardiente en el Concierto de Alex Lora El Tri

6859 palabras

Pasión Ardiente en el Concierto de Alex Lora El Tri

El auditorio vibraba con el rugido de la guitarra de Alex Lora y El Tri. Yo, Daniela, estaba ahí en medio de la multitud, sintiendo el pulso de la música retumbar en mi pecho como un corazón desbocado. El aire estaba cargado de humo de cigarro, sudor fresco y ese olor terroso a tierra mojada que siempre trae la lluvia de la tarde en el DF. Luces estroboscópicas barrían la escena, iluminando el rostro curtido de Alex Lora mientras gritaba "Triste canción de amor", y la gente enloquecía, saltando, coreando. Llevaba una falda corta negra que se pegaba a mis muslos por el calor, y una blusa escotada que dejaba ver el brillo de mi piel bronceada. Había ido sola, como siempre a los conciertos de El Tri, porque nada me prendía más que esa energía cruda, mexicana hasta los huesos.

De repente, en un mar de cuerpos apretados, choqué con él. Un tipo alto, moreno, con cabello revuelto y una playera raída de algún concierto viejo de Alex Lora El Tri. Sus manos me sujetaron la cintura para no caerme, y sentí sus palmas callosas, calientes, contra mi piel desnuda donde la falda subía un poco. Qué chingón, pensé, mientras levantaba la vista y me topaba con unos ojos cafés intensos, que me miraban como si ya supieran todos mis secretos. "¿Todo bien, reina?" me dijo al oído, su aliento con sabor a chela fría rozándome la oreja. Asentí, sonriendo, y el ritmo de la batería nos empujó más cerca. Bailamos así, pegados, sus caderas moviéndose al son de "Piedras contra el vidrio", y yo sentía su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como la noche misma.

¿Por qué carajos me excita tanto un desconocido en un pinche concierto? Su olor a hombre, a colonia barata mezclada con sudor, me mareaba. Quería lamerle el cuello, morder esa piel salada.

La canción terminó y el público aplaudió como locos, pero nosotros no nos soltamos. "Me llamo Marco", gritó sobre el ruido. "¡Daniela! ¿Vienes seguido a los conciertos de Alex Lora El Tri?" le respondí, y él rio, asintiendo. Hablamos a gritos de cómo Alex Lora siempre arma el desmadre en vivo, de esos conciertos legendarios donde la gente se siente viva de verdad. Pedimos chelas en el bar improvisado, frías y espumosas, y brindamos chocando botellas. Sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me erizó la piel. El calor subía, no solo por el ambiente, sino por esa mirada que me desnudaba poco a poco.

El segundo acto empezó con "Abuso de autoridad", y volvimos a la pista. Ahora bailábamos sin pudor, sus manos bajando por mi espalda, apretándome el culo con fuerza juguetona. Yo arqueaba la espalda, presionándome contra él, sintiendo el latido de su corazón contra mis tetas. El sudor nos unía, resbaloso, salado; lo probé en sus labios cuando nos besamos por primera vez, un beso hambriento, con lengua que sabía a cerveza y deseo puro. Chingado, qué rico, gemí en su boca mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando el encaje de mis calzones húmedos ya.

La tensión crecía con cada canción. Alex Lora aullaba sobre amores rotos y rebeldía, y nosotros nos frotábamos como animales en celo.

Quiero que me coja aquí mismo, pendejo, entre la multitud, que todos vean cómo me deshago en tus brazos.
Pero él me susurró al oído: "¿Salimos de aquí? Mi depa está a dos cuadras, carnala." Asentí, jadeando, y nos abrimos paso entre la gente, tomados de la mano, el eco de la música siguiéndonos como un latido compartido.

Afuera, la noche del DF nos recibió con brisa fresca que secaba nuestro sudor, pero no apagaba el fuego. Caminamos rápido, riendo, tropezando un poco por la chela y la excitación. Su departamento era chico pero chido, con posters de El Tri en las paredes y una cama deshecha que olía a sábanas limpias y hombre soltero. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Lo empujé contra la pared, mordiéndole el cuello mientras le quitaba la playera. Su pecho era firme, velludo justo lo necesario, y lamí sus pezones duros, saboreando la sal de su piel. "Eres una mamacita salvaje", gruñó, levantándome en brazos como si no pesara nada.

Me llevó a la cama, tirándome con cuidado pero con urgencia. Se arrodilló entre mis piernas, subiendo mi falda lenta, torturándome con su aliento caliente sobre mis muslos. Su aliento... ay, cabrón, me va a matar. Me quitó los calzones de un jalón, y sentí el aire fresco en mi panocha mojada, expuesta, palpitante. Su lengua llegó primero, lamiendo despacio, saboreándome como si fuera el mejor postre. Gemí fuerte, arqueándome, mis manos enredadas en su pelo. "¡Qué rica estás, Daniela! Tan dulce y caliente." Chupaba mi clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos que me llenaban, curvándose justo donde dolía de placer. El cuarto se llenaba de mis jadeos y el sonido húmedo de su boca devorándome.

No aguanté más. Lo jalé arriba, quitándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo su pulso acelerado. "Cógeme ya, Marco, no seas pendejo." Se puso condón rápido –qué responsable, el carnal– y se hundió en mí de un solo empujón. ¡Madre santa! Lleno, estirándome deliciosamente, sus caderas chocando contra las mías con ritmo de rock pesado. Sudábamos juntos, piel resbalando, tetas rebotando con cada embestida. Lo monté después, cabalgándolo como en un concierto salvaje, mis uñas clavadas en su pecho mientras él me apretaba las nalgas, guiándome más profundo.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones, él atrás, penetrándome fuerte mientras me mordía el hombro, sus bolas golpeando mi culo. Olía a sexo puro, a fluidos mezclados, a nosotros.

Esto es lo que necesitaba, un polvo épico inspirado en Alex Lora El Tri conciertos, pura rebeldía y placer sin frenos.
Grité su nombre cuando el orgasmo me partió en dos, contrayéndome alrededor de su verga, leche derramándose de mí. Él vino segundos después, gruñendo como bestia, temblando dentro de mí.

Nos quedamos tirados, jadeando, el ventilador zumbando sobre nosotros. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa aún. "Eso fue chingón, reina. Como un concierto de El Tri, inolvidable." Reí bajito, besándole el pecho. Afuera, lejano, se oía el tráfico de la ciudad, pero aquí dentro solo paz, satisfacción profunda. Me acurruqué contra él, sabiendo que mañana recordaría esta noche cada vez que pusiera un disco de Alex Lora. No era solo sexo; era conexión, fuego compartido en la locura de un concierto. Y mientras el sueño me vencía, pensé que valió cada gota de sudor.

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