El Trío Jacques Loussier en Nuestra Piel Ardiente
La noche en mi depa de la Condesa caía como un manto suave, con ese olor a jazmín del jardín de abajo mezclándose con el humo ligero de las velas que acababa de prender. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, me sentía como una diosa lista para devorar el mundo. O al menos a Alejandro, mi carnal en el alma y en la cama, que llegaba en ese momento con su sonrisa pícara y esa playera ajustada que marcaba sus pectorales. Qué chingón se ve el wey, pensé mientras lo veía entrar, trayendo una botella de mezcal artesanal y un vinilo viejo que sacó de su mochila como si fuera un tesoro.
"Mira lo que encontré en la tiendita de discos de la Roma, nena", dijo él, besándome el cuello con esa barba incipiente que me erizaba la piel. "El Jacques Loussier Trio, interpretando a Bach como dioses del jazz. Vas a flipar". Saqué el disco de la funda, admirando la portada en blanco y negro, esos tres músicos concentrados en sus instrumentos. Algo en esa imagen me aceleró el pulso: la intimidad de un trío, la armonía perfecta que prometía vibrar en el aire.
Puse el vinilo en el tocadiscos, el brazo bajó con un clic suave y de pronto la aguja rozó el surco. Las notas de piano de Loussier flotaron como caricias invisibles, el bajo profundo y la batería sutil tejiendo un ritmo que se colaba por mis poros. Alejandro me jaló hacia él, sus manos grandes en mi cintura, y empezamos a movernos despacio, pegados como chicle. Olía a su colonia cítrica, a sudor fresco del tráfico de la ciudad, y yo me perdí en el calor de su pecho contra mis tetas.
Esto es lo que necesitaba, este ritmo que me hace sentir viva, deseada, como si el mundo entero se redujera a nosotros dos y esta música que nos envuelve.
Acto uno de nuestra noche: el deseo inicial bullendo bajo la piel. Sus labios rozaron los míos, un beso lento que sabía a menta y promesas. "Estás riquísima hoy, Ana", murmuró contra mi boca, mientras sus dedos se colaban por debajo de mi blusa de tirantes, rozando la curva de mis pechos. Yo gemí bajito, sintiendo cómo mis pezones se ponían duros como piedritas bajo su pulgar. El piano de Jacques Loussier subía y bajaba, imitando el latido de mi corazón, ese swing jazzero que nos mecía en un baile cada vez más íntimo.
Nos fuimos al sillón de terciopelo rojo, el mezcal sirviéndonos tragos en vasos bajos, el líquido ahumado quemando la garganta y avivando el fuego en mi vientre. Alejandro me quitó la blusa con delicadeza, sus ojos devorando mi piel morena, los lunares que salpican mis hombros. "Eres una pinche obra de arte", dijo, y yo reí, jalándolo por la nuca para besarlo con hambre. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su verga ya tiesa presionando contra la tela. Qué chulada, pensé, mordiéndome el labio.
La música seguía, el trío de Jacques Loussier ahora en un solo de bajo que vibraba en mis huesos, como si el contrabajista tocara directamente mi clítoris. Alejandro me recostó, besando mi cuello, bajando por el valle entre mis tetas hasta lamer un pezón con la lengua plana y caliente. El placer me arqueó la espalda, un jadeo escapando de mi garganta. "Más, wey, no pares", le supliqué, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Él obedeció, chupando y mordisqueando suave, mientras su mano se metía en mis shorts de mezclilla, encontrando mis calzones empapados.
Ahí empezó el acto dos, la escalada que me tenía temblando. Sus dedos me abrieron como pétalos, rozando mi hinchazón con círculos lentos, sincronizados con el piano fluido del disco. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado y dulce que llenaba la habitación, mezclado con el jazmín y el mezcal. "Estás chorreando, mi amor", gruñó él, metiendo un dedo y luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Yo me retorcía, mis caderas empujando contra su mano, el sonido de mis jugos chapoteando obsceno y delicioso bajo el jazz elegante.
¡Pinche cielo! Cada nota del Jacques Loussier Trio es como su lengua en mí, lamiendo, poseyendo, llevándome al borde sin piedad.
Le quité la playera, admirando su torso lampiño y fuerte, besando cada abdominal mientras bajaba. Su verga saltó libre cuando abrí su bragueta, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que lamí con deleite. Sabía a sal y hombre, puro vicio. La chupé despacio, mi lengua girando alrededor del glande, sintiendo cómo palpitaba en mi boca. Alejandro jadeaba, sus manos en mi pelo, "Qué chingona mamada, Ana". El ritmo de la batería me marcaba el tempo, succionando más hondo, hasta que casi se le salen los ojos.
Pero quería más, lo necesitaba dentro. Me puse de rodillas en el sillón, mi culo en pompa, y él se colocó atrás, frotando su pija contra mis labios vaginales, untándose de mis mieles. "Entra ya, pendejo, fóllame", le ordené juguetona, y él rio, embistiéndome de un solo golpe. Ay, cabrón, el estirón delicioso me llenó por completo, su pubis chocando contra mis nalgas con un plaf rítmico. Nos movíamos al compás del trío, el piano acelerando como mi pulso, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada profunda.
Sudor perlando su frente, goteando en mi espalda, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Yo me tocaba el botón mientras él me taladraba, sus manos amasando mis tetas colgantes, pellizcando pezones. "Te sientes tan chingón adentro", gemí, el placer subiendo en espiral. Él variaba el ritmo, lento y torturante como un adagio de Bach, luego fiero y salvaje como un solo de jazz. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, hasta que sentí el orgasmo acechando, un tsunami en mi bajo vientre.
El clímax del disco coincidió perfecto: un crescendo de piano y batería que nos catapultó. "¡Me vengo, wey!", grité, mi coño convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer escapando mientras temblaba entera. Alejandro rugió, hundiéndose hasta el fondo y llenándome con su leche caliente, pulso tras pulso. Nos quedamos pegados, jadeando, el vinilo terminando en un fade out suave.
Acto tres: el afterglow que sella todo. Nos desplomamos en el sillón, él aún dentro de mí, besándonos perezosos. El aroma a semen y sudor nos envolvía como una sábana tibia, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón galopante calmarse. "Ese Jacques Loussier Trio fue el pinche afrodisíaco perfecto", murmuró él, acariciando mi pelo revuelto. Yo sonreí, lamiendo una gota de sudor de su cuello.
En esta noche, la música nos unió más que nunca, un trío invisible que tocó nuestras almas y cuerpos hasta el éxtasis.
Luego nos fuimos a la cama, desnudos y satisfechos, con el vinilo girando de nuevo en loop bajo la luna de la Ciudad de México. Mañana sería otro día, pero esta conexión, este fuego, perduraría. Qué chido es amar así, sin frenos, al ritmo de lo que nos prende.