Canciones del Tri Viejitas en Calor
Entré a la cantina de Don Chucho esa noche de viernes, con el calor de la ciudad pegándome en la cara como una cachetada de novia celosa. El aire estaba cargado de humo de cigarro y ese olor dulzón a tequila reposado que te hace agua la boca de inmediato. Afuera, el bullicio de las calles de la colonia Roma, pero adentro, puro rock mexicano viejo, canciones del Tri viejitas retumbando en los bocinas oxidadas. "Piedras contra el vidrio" sonaba fuerte, la voz rasposa de Alex Lora llenando el lugar como si estuviera ahí mismo, gritando verdades que duelen y excitan a la vez.
Yo, carnal, andaba solo después de una bronca en el jale, necesitando un trago y algo de diversión. Me senté en la barra, pedí un caballito de José Cuervo y eché un ojo al salón. Ahí estaban ellas, dos viejitas que no eran viejas para nada, wey. La primera, Lupe, con unos cincuenta bien puestos, curvas que desafiaban la gravedad, falda ajustada roja que subía y bajaba al ritmo de la música, y un escote que dejaba ver el valle perfecto de sus chichis firmes. La otra, Rosa, un poquito más rellena pero con esa carne suave que promete abrazos eternos, pelo negro suelto y labios pintados de rojo fuego. Bailaban pegaditas, riendo, con vasos en la mano, ignorando a los pendejos que las miraban babosos.
¿Qué chingados hago aquí? Pensé. Solo vine por un trago, pero estas morras me tienen la verga parada ya nomás de verlas mover el culo.Lupe me cachó la mirada y sonrió, esa sonrisa pícara de quien sabe lo que provoca. Me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo "ven, cabrón". El corazón me latió fuerte, el sudor me corría por la espalda bajo la chamarra de cuero.
Me acerqué, bailando torpe al ritmo de "Triste canción", que ahora sonaba. El piso pegajoso bajo mis botas, el calor de sus cuerpos acercándose. "¡Órale, guapo! ¿No bailas?", gritó Lupe por encima de la música, su aliento oliendo a mezcal y menta. Rosa se pegó por detrás, sus manos en mi cintura, suave como terciopelo. "Estas canciones del Tri viejitas siempre nos ponen cachondas", susurró Rosa en mi oreja, su voz ronca rozándome el lóbulo.
Baile con ellas un rato, el salón girando con luces tenues, cuerpos sudados chocando. Sus tetas rozaban mi pecho, el olor de sus perfumes mezclados con sudor fresco, ese aroma de mujer madura que te enloquece. Tocábamos sin vergüenza, manos en caderas, en nalgas, todo consensual, puro fuego mutuo. "Vamos a otro lado, mi rey", dijo Lupe al fin, mordiéndose el labio. Rosa asintió, ojos brillantes de deseo. Salimos a la noche, taxis zumbando, el aire fresco calmando un poco el ardor entre mis piernas.
Llegamos al depa de Lupe, un lugar chido en la Condesa, con terraza y luces suaves. Apenas cerramos la puerta, la tensión explotó. Lupe me jaló del cinturón, besándome con hambre, su lengua danzando en mi boca, sabor a tequila dulce y salado. Rosa se pegó atrás, desabrochándome la camisa, besando mi cuello, sus uñas arañando suave mi piel.
Pinche paraíso, pensé. Estas chavas saben lo que quieren y me lo van a sacar todo.
Las llevé al sillón, quitándoles la ropa despacio, saboreando cada centímetro. Lupe gemía bajito mientras le bajaba la falda, revelando unas panties de encaje negro empapadas. Su piel morena brillaba bajo la luz, pezones duros como piedras preciosas. Rosa se quitó la blusa, sus chichis grandes cayendo libres, pesadas y perfectas. Olía a vainilla y excitación, ese olor almizclado que te hace perder la cabeza.
Me arrodillé, besando los muslos de Lupe, subiendo lento hasta su concha húmeda. Ella jadeaba, manos en mi pelo: "¡Sí, así, cabrón, lame rico!". Mi lengua exploraba sus labios hinchados, sabor salado y dulce, clítoris palpitante. Rosa se masturbaba viéndonos, dedos hundiéndose en su propio calor, gimiendo al ritmo de la música que aún sonaba bajito en mi mente, como si las canciones del Tri viejitas marcaran el pulso de todo.
Cambié a Rosa, su coño más carnoso, jugos chorreando por sus piernas. La chupé con ganas, sintiendo sus temblores, el calor envolviéndome la cara. Lupe se unió, besando a Rosa, tetas frotándose, lenguas enredadas. Yo me paré, verga dura como fierro saliendo de los pants. Ellas se lanzaron, Lupe mamándola primero, labios suaves envolviéndome, succionando profundo hasta la garganta. Rosa lamía mis huevos, lengua juguetona, haciendo que las rodillas me temblaran.
No aguanto más, wey. Estas viejitas me van a hacer volar.Lupe se recostó en el sillón, piernas abiertas: "Cógeme, amor". Entré en ella despacio, su concha apretada y caliente, paredes pulsando alrededor de mi verga. Empujaba rítmico, piel contra piel chapoteando, sus gemidos altos como rock en vivo. Rosa se sentó en su cara, Lupe lamiéndola mientras yo la taladraba. El cuarto olía a sexo puro, sudor, jugos, todo mezclado.
Cambié posiciones, ahora Rosa a cuatro patas, culo en pompa invitándome. La penetré fuerte, manos en sus caderas anchas, nalgueándola suave, roja marcándose. "¡Más duro, pendejito!", gritaba ella, empujando contra mí. Lupe debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi verga y sus labios. El placer subía como ola, pulsos acelerados, aliento entrecortado. Sudor goteaba, músculos tensos, el clímax acercándose.
Las puse a las dos de rodillas, verga entre sus caras. Se turnaban mamándome, manos en mis bolas, miradas de puro vicio. No pude más: exploté, chorros calientes en sus bocas abiertas, lenguas recogiendo todo, gimiendo de placer compartido. Ellas se besaron luego, compartiendo mi leche, cuerpos temblando en afterglow.
Nos tumbamos enredados, respiraciones calmándose, piel pegajosa y tibia. La noche afuera susurraba, pero adentro paz. Lupe acarició mi pecho: "Estas canciones del Tri viejitas siempre traen buena suerte, ¿verdad?". Rosa rio bajito, cabeza en mi hombro.
Pinche noche épica, pensé. Viejitas como ellas son el verdadero rock and roll.
Nos quedamos así hasta el amanecer, prometiendo más noches de música y pasión. El deseo satisfecho, pero el fuego latente, listo para encenderse de nuevo con la próxima rola.