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Bedoyecta Tri 25000 El Fuego que Despierta el Alma

5868 palabras

Bedoyecta Tri 25000 El Fuego que Despierta el Alma

Ana se sentía como un trapo viejo esa mañana. El trabajo en la oficina la había dejado hecha pedazos, con los ojos pesados y el cuerpo sin chispa. Neta, necesito algo que me levante el ánimo, pensó mientras caminaba hacia la farmacia de la esquina. Ahí, entre los anaqueles llenos de remedios, vio el paquete de Bedoyecta Tri 25000. Lo había oído de su amiga Lupe, que juraba que era como un rayo de energía pura, vitaminas que te ponían las pilas al cien.

—Dame una, carnal —le dijo al farmacéutico con una sonrisa pícara.

Volvió a su depa en Polanco, se preparó la jeringa con cuidado y se la aplicó en el glúteo. Un pinchazo rápido, y ya. Al rato, sintió el calor subiendo por sus venas, como si su sangre se hubiera encendido. Los músculos se le relajaron, pero con una vitalidad chida, como si pudiera correr un maratón o... algo más interesante. Sacó el celular y marcó a Marco, su amorío de hace meses.

Wey, ven pa'cá. Tengo una sorpresa que te va a volar la cabeza —le mandó voz, con la voz ronca de anticipación.

Marco llegó en menos de media hora, con esa sonrisa de pendejo encantador que la derretía. Alto, moreno, con el pecho marcado bajo la playera ajustada. Ana lo recibió en la puerta con un beso que sabía a menta y deseo contenido.

—¿Qué onda, ricura? ¿Qué te traes? —preguntó él, oliendo su perfume de vainilla mezclado con el aroma fresco de su piel.

—Ven, siéntate. Te cuento —dijo ella, jalándolo al sofá de la sala. La luz del atardecer entraba por las cortinas, tiñendo todo de naranja cálido. Ana se acurrucó contra él, sintiendo el calor de su cuerpo grande contra el suyo. Le platicó de la Bedoyecta Tri 25000, cómo le había dado esa energía que le corría por el cuerpo como fuego líquido.

—Mírame, pendejo. Tócame. Siente esto —susurró, guiando su mano a su muslo. La piel de Ana estaba suave, caliente, vibrante. Marco la miró con ojos hambrientos, su pulso acelerándose al sentir esa electricidad bajo sus dedos.

¡Dios, qué chingón se siente esto! Como si cada nervio estuviera despierto, gritando por más.

Él la besó entonces, lento al principio, saboreando sus labios carnosos. El beso se profundizó, lenguas danzando con un ritmo que hacía que el corazón de Ana latiera como tambor. Sus manos exploraban, él subiendo por su blusa, ella arañando su espalda con uñas pintadas de rojo. El aire se llenó del sonido de respiraciones jadeantes y tela rozando piel.

Se levantaron como poseídos, tropezando hacia el cuarto. Ana lo empujó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la blusa despacio, dejando que él viera sus tetas firmes, pezones duros como piedras preciosas. Marco gruñó, un sonido gutural que la hizo mojarse al instante.

—Quítate todo, guapo. Quiero verte entero —ordenó ella, con esa autoridad juguetona que lo volvía loco.

Él obedeció, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ana se lamió los labios, el sabor salado de su propia excitación en la boca. Se subió encima, frotándose contra él, sintiendo el calor húmedo de su panocha rozando esa carne dura. El roce era tortura deliciosa, cada movimiento enviando chispas por su espina.

Marco la agarró de las caderas, amasando esa carne suave y redonda. —Eres una diosa, Ana. Neta, con esa Bedoyecta estás poseída —dijo entre dientes, mientras ella se inclinaba para morderle el cuello, dejando marcas rojas.

El ritmo aumentó. Ana se hundió en él despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. ¡Ay, cabrón, qué rico! pensó, mientras sus paredes internas lo apretaban como guante de terciopelo. Empezaron a moverse, ella cabalgándolo con furia controlada, tetas rebotando, sudor perlando sus cuerpos. El cuarto olía a sexo crudo: almizcle, sudor, el leve dulzor de su excitación.

Sus gemidos se mezclaban con el crujir de la cama, golpes de piel contra piel como aplausos obscenos. Marco la volteó, poniéndola de rodillas, embistiéndola desde atrás con fuerza que la hacía gritar de placer. Sus bolas chocaban contra su clítoris hinchado, enviando ondas de éxtasis. Ana metió la mano entre las piernas, frotándose mientras él la cogía sin piedad, pero siempre atento a sus susurros.

—Más duro, amor. No pares —jadeaba ella, el orgasmo construyéndose como tormenta en su vientre.

Él la complació, sus dedos clavándose en sus caderas, el sonido de sus cuerpos unísono como música prohibida. Ana sintió el clímax llegar, un tsunami que la rompió en mil pedazos. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, jugos calientes corriendo por sus muslos. Marco la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con su leche caliente, pulsos que sentía hasta el alma.

Colapsaron juntos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire estaba cargado de su aroma compartido, piel pegajosa y satisfecha. Marco la besó en la frente, suave ahora, tierno.

—Gracias por la Bedoyecta Tri 25000, mi reina. Esto fue épico —murmuró él, riendo bajito.

Ana sonrió, acurrucándose en su pecho ancho, escuchando el latido constante de su corazón. Esto es vida, wey. Energía pura y amor chingón, pensó, mientras el sol se ponía afuera, dejando el cuarto en penumbras íntimas. Sabía que al día siguiente buscaría otra dosis, no solo por la vitalidad, sino por noches como esta, donde el deseo se convertía en fuego eterno.

Se durmieron así, exhaustos pero plenos, con promesas mudas de más placeres por venir. El mundo afuera podía esperar; aquí, en su nido, todo era perfecto.

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