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Triadas Epidemiológicas Ejemplos Calientes en la Consulta

5708 palabras

Triadas Epidemiológicas Ejemplos Calientes en la Consulta

Estaba en mi consulta en el centro de la Ciudad de México, rodeado de posters sobre salud pública y el olor a desinfectante mezclado con el café que acababa de preparar. Yo, el doctor Alejandro, epidemiólogo de pura cepa, con mi bata blanca que apenas disimulaba los músculos que había ganado en el gym. Ese día entró ella, la licenciada Valeria, mi colega en el Instituto de Epidemiología. Alta, con curvas que gritaban pinche tentación, cabello negro largo y ojos que brillaban como el tequila bajo la luna. Venía a discutir triadas epidemiológicas ejemplos, pero yo sabía que había algo más en el aire, un calor que no venía del ventilador viejo.

"Órale, carnal, ¿me explicas unas triadas epidemiológicas ejemplos pa' mi clase?", dijo con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina. Se acercó a mi escritorio, su perfume de jazmín invadiendo el espacio, dulce y embriagador. Sentí mi pulso acelerarse, como si el agente infeccioso ya estuviera en acción. La triada: agente, huésped, ambiente. Ella era el agente patógeno perfecto, yo el huésped vulnerable, y esta consulta el ambiente propicio para el contagio de deseo.

Me recargué en la silla, mirándola fijar esos ojos en mis labios. "Claro, mamacita, siéntate aquí", le dije, palmeando mi regazo. Ella rio, juguetona, y se sentó despacito, su culo firme presionando contra mí. Sentí su calor a través de la tela del pantalón, mi verga empezando a despertar como un volcán en Popocatépetl. "La primera triada es cólera: agente Vibrio cholerae, huésped humano, ambiente agua contaminada", expliqué, mi mano subiendo por su muslo suave, piel como seda bajo el vestido ajustado.

Valeria jadeó bajito, girando la cabeza para rozar mis labios con los suyos. "Qué chido, pero dame más triadas epidemiológicas ejemplos", murmuró, moviendo las caderas en círculos lentos. El roce era eléctrico, mi erección ahora dura como piedra contra ella. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco. Mis dedos exploraron más arriba, encontrando el encaje de su tanga húmeda. "Puta madre, ya estás chorreando", le susurré al oído, mordisqueando el lóbulo.

Acto uno: la tensión inicial. Nos besamos con hambre, lenguas danzando como en una salsa callejera. Sus manos desabotonaron mi bata, bajando a mi pecho, uñas arañando suave. Yo levanté su vestido, exponiendo esas tetas perfectas, pezones duros como chiles piquines. Los chupé, saboreando su sal, mientras ella gemía "¡Ay, wey!". El ambiente de la consulta se cargaba: el tic-tac del reloj, el zumbido del aire acondicionado, el tráfico lejano de Insurgentes.

La llevé a la camilla de exploración, esa cosa fría de metal que ahora iba a arder. La recosté, besando su cuello, bajando por el valle de sus senos. "Triada de la rabia: agente virus lyssavirus, huésped mamíferos, ambiente mordida", continué, mi voz entrecortada mientras lamía su ombligo. Ella arqueó la espalda, manos en mi pelo. "Sigue, doctor, no pares". Deslicé su tanga, exponiendo su coño depilado, labios hinchados y brillantes de jugos. El olor era puro sexo, dulce y salado. Metí un dedo, luego dos, sintiendo su calor apretado, contrayéndose.

¿Por qué carajos me excita tanto hablar de epidemiología mientras la como?

Acto dos: la escalada. Valeria se incorporó, me quitó el pantalón de un jalón. Mi verga saltó libre, venosa y palpitante. "¡Qué pinga tan choncha!", exclamó, lamiendo la punta, saboreando el pre-semen salado. Me la mamó profundo, garganta experta, slurp slurp resonando en la habitación. Yo gruñí, agarrando sus tetas, pellizcando pezones. El sudor nos cubría, piel resbalosa, corazones latiendo al unísono.

La puse a cuatro patas en la camilla, admirando su culo redondo. "Triada de la tuberculosis: agente Mycobacterium, huésped con inmunidad baja, ambiente hacinamiento", dije, frotando mi verga contra su entrada húmeda. Ella empujó hacia atrás, impaciente. "Métemela ya, pendejo". Empujé lento, centímetro a centímetro, sintiendo su coño tragándome, caliente y apretado como guante de terciopelo. Gemí fuerte, el slap de carne contra carne empezando el ritmo.

Follamos duro, la camilla crujiendo. Sus gemidos eran música: "¡Más fuerte, cabrón! ¡Sí, así!". Yo la azotaba suave el culo, rojo marcándose, mientras mis bolas chocaban contra su clítoris. Sudor goteaba, mezclándose con sus jugos que corrían por mis muslos. El olor a sexo impregnaba todo, intenso, animal. Sus paredes se contraían, ordeñándome, mi orgasmo construyéndose como tormenta.

Esto es la triada perfecta: deseo mutuo, cuerpos compatibles, momento ideal, pensé, acelerando. Ella gritó primero, orgasmo explotando, coño pulsando, chorros calientes. Yo la seguí, vaciando chorros espesos dentro, gruñendo como bestia.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos en la camilla, jadeantes, cuerpos entrelazados. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Besé su frente, oliendo su cabello. "Las triadas epidemiológicas ejemplos nunca fueron tan calientes", rio ella, trazando círculos en mi piel.

"Ni lo dudes, morra. Esto contagia", respondí, abrazándola. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en nuestra burbuja, todo era paz y promesas de más "clases". El sol se ponía, tiñendo la ventana de naranja, mientras planeábamos la próxima triada: agente placer, huésped adicto, ambiente eterno.

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