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El Tri Todo Lo Que Hago Me Sale Mal Pero Contigo Sale Perfecto

6679 palabras

El Tri Todo Lo Que Hago Me Sale Mal Pero Contigo Sale Perfecto

Era uno de esos días en que todo lo que hago me sale mal, como dice la rola de El Tri. Me levanté tarde, el pinche tráfico en el DF me tenía hasta la madre, y para rematar, se me descompuso el coche en medio de Insurgentes. Sudando como pendejo bajo el solazo de la tarde, con la playera pegada al cuerpo y el olor a gasolina invadiendo mis fosas nasales, saqué el celular para pedir un Uber. Nada. Ni madres. La app se trabó y el internet se fue al carajo.

Ahí estaba yo, parado como idiota junto a mi vochito averiado, maldiciendo mi suerte.

¿Por qué chingados siempre me pasa esto? Todo lo que hago me sale mal, neta.
Pensé, recordando la letra de El Tri que tanto me gustaba en mis días de juventud rockera. El sudor me chorreaba por la frente, salado en los labios, y el claxon de los coches zumbaba como avispas en mi cabeza.

De repente, un taxi se detuvo a unos metros. De él bajó una morra que parecía salida de un sueño húmedo. Alta, con curvas que se marcaban bajo un vestido rojo ajustado, cabello negro largo ondeando con la brisa caliente, y unos ojos cafés que brillaban como el tequila en una cantina. Olía a perfume dulce, vainilla mezclada con algo floral que me llegó directo al alma. Se acercó con una sonrisa pícara, tacones repiqueteando en el asfalto.

Órale, güey, ¿todo chido? ¿Necesitas ayuda con tu carro? —dijo con voz ronca, juguetona, ese acento chilango que me eriza la piel.

Me quedé pasmado, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. —Neta, hoy todo lo que hago me sale mal, como en la rola de El Tri. El coche se jodió y ni Uber agarro.

Ella se rio, un sonido cristalino que cortó el caos de la avenida. —Pues conmigo te va a salir bien, pendejo. Soy Karla, mecánica de profesión. Déjame echarle un ojo.

En minutos, con sus manos expertas y manchadas de grasa —un aroma terroso y metálico que me excitó de la nada—, arregló el alternador flojo. Yo la veía trabajar, hipnotizado por cómo se movían sus caderas al agacharse, el sudor perlando su escote, dejando ver el borde de un brasier negro. Mi verga empezó a despertar, presionando contra los jeans.

—Listo, carnal. Arranca. Pero para agradecer, me invitas un café. ¿O prefieres algo más fuerte? —me guiñó el ojo, lamiéndose los labios carnosos.

No lo pensé dos veces. La llevé a un cafecito en la Roma, con mesas al aire libre y el aroma a café de olla flotando. Hablamos de todo: de El Tri, de cómo esas rolas nos marcaron en la prepa, de la vida que a veces te da con todo. Sus risas me calentaban por dentro, y cada roce accidental de su mano en la mía enviaba chispas eléctricas por mi espina.

El sol bajaba, tiñendo el cielo de naranja y rosa, cuando Karla se acercó más. —Sabes, hoy todo lo que hago me sale mal también. Mi ex me dejó plantada, pero verte ahí, todo sudado y frustrado, me prendió. ¿Vamos a mi depa? Vivo cerca.

Mi pulso se aceleró, el deseo subiendo como lava. —¡Simón! —contesté, la voz ronca.

Acto dos: su departamento en la Condesa era un oasis cool, con plantas colgantes, velas aromáticas a jazmín encendidas, y una cama king size visible desde la sala. La puerta se cerró con un clic suave, y Karla me empujó contra la pared, sus labios chocando con los míos. Sabían a café y menta, su lengua danzando con la mía en un beso hambriento. Sus manos bajaron por mi pecho, desabotonando la camisa, uñas rozando mi piel erizada.

Quítate todo, güey —susurró, mordisqueándome el lóbulo de la oreja, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna.

Me desnudé rápido, mi verga ya dura como piedra, palpitando al aire fresco. Ella se quitó el vestido de un tirón, revelando un cuerpo de diosa: senos firmes con pezones oscuros endurecidos, cintura estrecha, nalgas redondas que pedían ser apretadas. Olía a su excitación, ese musk femenino mezclado con su perfume, embriagador.

Nos tumbamos en la cama, sábanas de algodón suave rozando mi espalda. La besé por todo el cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus tetas. Chupé un pezón, succionando fuerte, mientras ella gemía bajito, "¡Ay, cabrón, sí!". Sus manos enredadas en mi pelo, tirando suave, guiándome más abajo.

Mi lengua exploró su ombligo, luego su monte de Venus, rasurado suave. La abrí con los dedos, húmeda ya, jugos calientes cubriendo mis labios al probarla. Sabía a miel salada, adictiva. Lamí su clítoris hinchado, círculos lentos, mientras ella arqueaba la espalda, jadeando, el sonido de su respiración entrecortada llenando la habitación.

Neta, esto no puede ser real. Todo lo que hago me sale mal, pero aquí estoy, comiéndome a esta chava divina.

Métemela ya, no aguanto —rogó, ojos vidriosos de lujuria.

Me posicioné, la punta de mi verga rozando su entrada resbaladiza. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes me apretaban, calientes y sedosas. Ella gritó de placer, uñas clavándose en mis hombros. Empecé a bombear, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel sincronizándose con nuestros gemidos. El aroma de sexo impregnaba el aire, sudor y fluidos mezclados.

Aceleré, profundo, tocando su fondo. Karla se movía conmigo, caderas girando, sus tetas rebotando hipnóticas. Me volteó encima de ella, cabalgándome como amazona, su coño tragándome entero. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando la besé. El clímax se acercaba, tensión enredándose en mi vientre, bolas apretadas.

¡Me vengo! —gritó ella primero, convulsionando, chorros calientes empapando mis muslos. Eso me llevó al borde. Empujé una última vez, explotando dentro, semen caliente llenándola mientras rugía como bestia.

Acto tres: colapsamos jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor enfriándose al viento del ventilador. Karla me acarició el pecho, trazando círculos perezosos. —Ves, güey, no todo sale mal. Contigo fue chingón.

Reí bajito, besándole la frente.

El Tri tenía razón en todo lo que hago me sale mal, pero esto... esto fue perfecto. Como si el universo me compensara.
Afuera, la ciudad zumbaba suave, luces de neón parpadeando por la ventana. Nos quedamos así, platicando susurros, planes para rockear juntos en un concierto de El Tri algún día. El afterglow era tibio, satisfactorio, dejando un hueco lleno de promesas. Por primera vez en mucho, sentí que la suerte giraba a mi favor.

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