Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Que Elementos Conforman La Triada Ecologica Del Placer Prohibido Que Elementos Conforman La Triada Ecologica Del Placer Prohibido

Que Elementos Conforman La Triada Ecologica Del Placer Prohibido

7559 palabras

Que Elementos Conforman La Triada Ecologica Del Placer Prohibido

El sol se colaba entre las hojas anchas de la selva chiapaneca, pintando rayos dorados sobre tu piel morena. Tú, Ana, bióloga de veintiocho años, acababas de llegar al campamento de investigación en la Reserva de la Biosfera Montes Azules. El aire estaba cargado de humedad, con ese olor terroso a tierra mojada y flores silvestres que te hacía sentir viva, como si la jungla misma te respirara en el cuello. Habías venido por un proyecto sobre ecosistemas dinámicos, pero desde que viste a Marco, tu colega de la UNAM, algo más bullía en tu vientre.

Él estaba ahí, de pie junto a la mesa de trabajo improvisada bajo una lona, con su camisa caqui arremangada mostrando antebrazos fuertes y velludos. Alto, con esa barba incipiente que le daba un aire de aventurero salvaje, y ojos cafés que te escanearon de arriba abajo cuando te presentaste. "Qué onda, Ana. Neta que llegaste justo a tiempo pa' la plática de campo", dijo con esa voz grave, mexicana hasta los huesos, mientras te daba la mano. Su palma áspera rozó la tuya, y sentiste un cosquilleo que subió por tu brazo directo al pecho. Órale, carnal, este wey está cañón, pensaste, mordiéndote el labio sin darte cuenta.

El campamento era chido: cabañas de madera con hamacas, un río cristalino cerca donde el agua cantaba chocando contra las rocas, y el zumbido constante de insectos y monos aulladores de fondo. Nada de lujos, pero todo limpio y rodeado de verde infinito. Cenaron tacos de venado asado que Marco preparó en la fogata, con salsa macha picosa que te quemaba la lengua y te hacía jadear. Hablaron de trabajo, de la selva como un organismo vivo.

¿Qué elementos conforman la triada ecológica? Organismo, ambiente e interacción. Pero aquí, con él mirándome así, siento que somos el ejemplo perfecto.

Al día siguiente, salieron a la caminata. Tú vestías shorts ajustados que marcaban tus nalgas redondas y una blusa ligera que se pegaba a tus chichis por el sudor. Marco iba adelante, machete en mano, abriendo paso entre bejucos y helechos gigantes. El calor era asfixiante, gotas de sudor resbalaban por tu espalda, entre tus pechos, y el roce de tus muslos te recordaba lo húmeda que ya estabas, no solo por la jungla. "Mira, Ana, este es el corazón del ecosistema", señaló un claro con un cenote escondido, agua turquesa rodeada de musgo y enredaderas colgantes como cortinas sensuales.

Se sentaron en una roca plana junto al agua, bebiendo de sus cantimploras. Sus rodillas se tocaron, y ninguno se apartó. "Cuéntame más de eso que mencionaste anoche", pediste, tu voz ronca por el deseo contenido. Él sonrió, pícaro. "¿Qué elementos conforman la triada ecológica? Fácil: el organismo vivo, como nosotros; el ambiente, esta pinche selva que nos envuelve; y la interacción, que es lo que pasa cuando se juntan y todo explota en equilibrio". Sus palabras te erizaron la piel. Extendiste la mano y trazaste un dedo por su antebrazo, sintiendo los músculos tensos bajo el vello húmedo.

La interacción... neta que sí. Mi cuerpo es el organismo, esta humedad selvática el ambiente, y lo que quiero hacer contigo la puta interacción perfecta.

El sol filtraba motas de luz danzantes sobre el agua, y el aroma almizclado de la tierra fértil se mezclaba con el olor salado de su sudor. Marco giró hacia ti, su aliento cálido en tu oreja. "¿Sabes qué, Ana? Tú eres el organismo más chingón que he visto en esta triada". Sus labios rozaron los tuyos, suaves al principio, probando. Tú respondiste con hambre, abriendo la boca para saborear su lengua, que sabía a menta y a aventura. El beso se profundizó, manos explorando: las tuyas en su pecho firme, sintiendo el latido acelerado de su corazón como tambores selváticos; las suyas subiendo por tu muslo, apretando la carne suave hasta llegar al borde de tus shorts.

Te quitó la blusa con urgencia consentida, exponiendo tus senos plenos al aire cálido. "Qué chichis tan ricos, wey", murmuró, lamiendo un pezón endurecido. El placer te recorrió como corriente eléctrica, un gemido escapó de tu garganta mientras el sonido de las hojas crujiendo y el agua gorgoteando se volvía banda sonora de tu excitación. Tus dedos desabrocharon su pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en tu palma. La piel era aterciopelada, caliente, y el olor almizclado de su arousal te mareó de lujuria.

Se tumbaron sobre la roca tibia, cuerpos entrelazados en la penumbra verde. Tú encima, frotándote contra él, sintiendo cómo tu panocha mojada empapaba sus boxers. "Cógeme ya, Marco, no mames", suplicaste, voz entrecortada. Él te volteó con gentileza dominante, besando tu cuello, mordisqueando la clavícula mientras sus dedos hábiles separaban tus labios vaginales, encontrando el clítoris hinchado. Lo masajeó en círculos lentos, haciendo que tus caderas se arquearan, jugos resbalando por tus muslos. El tacto era fuego líquido, cada roce enviando ondas de placer que te hacían jadear, oler tu propio deseo mezclado con el de él.

Esto es la triada en acción: mi cuerpo temblando, la selva testigo, nuestra fricción creando vida nueva en cada embestida.

Marco se posicionó, la punta de su verga presionando tu entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena, cada pulso, llenándote hasta el fondo. "¡Qué apretada, Ana! Estás chingándome el alma", gruñó, empezando a moverse con ritmo creciente. Tú clavaste las uñas en su espalda, oliendo el sudor salado que chorreaba entre vuestros cuerpos pegajosos. Los sonidos eran obscenos: carne chocando contra carne, resoplidos jadeantes, el chapoteo húmedo de tu unión. La jungla respondía con un concierto de grillos y aves, amplificando la intensidad.

El clímax se construyó como tormenta: tus pezones rozando su pecho peludo, sus bolas golpeando tu culo con cada estocada profunda. Cambiaron posiciones, tú de rodillas en la roca musgosa, él detrás, una mano en tu cadera, la otra tirando de tu pelo suave. "Ven pa'cá, pinche diosa selvática", dijo, acelerando. El orgasmo te golpeó primero, un estallido que te hizo gritar, paredes internas contrayéndose alrededor de su verga como un puño de terciopelo. Olas de placer te recorrieron, visión borrosa con chispas de luz verde, gusto metálico en la boca. Él te siguió segundos después, gruñendo tu nombre mientras se vaciaba dentro de ti, chorros calientes inundándote, su cuerpo colapsando sobre el tuyo en temblores compartidos.

Se quedaron así, jadeando, pieles pegadas por sudor y fluidos. El sol bajaba, tiñendo el cenote de rosas y naranjas. Marco te besó la nuca, suave. "Neta que fuiste el mejor ejemplo de triada ecológica que he vivido". Tú reíste bajito, girando para mirarlo a los ojos. Organismo, ambiente, interacción. Y todo en perfecto equilibrio, chingón y eterno.

Regresaron al campamento al atardecer, manos entrelazadas, el río susurrando secretos. Esa noche, en la hamaca compartida, cuerpos aún sensibles, hablaron de más caminatas, más descubrimientos. La selva los había unido, y sabías que la triada seguiría vibrando en cada toque futuro. El deseo no se acababa; solo se transformaba, como todo en la naturaleza.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.