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Canciones de Trío para Serenata de Placeres Ocultos

7491 palabras

Canciones de Trío para Serenata de Placeres Ocultos

La noche en mi depa de Polanco estaba tranquilaza, con ese calorcito pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si pidiera caricias. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, acababa de salir de la regadera, envuelta en una bata de seda que rozaba mis pezones endurecidos por el aire fresco del ventilador. Me serví un caballito de tequila reposado, el aroma ahumado subiendo por mi nariz, y me asomé al balcón. Abajo, en la calle empedrada, iluminada por faroles dorados, vi sombras moviéndose. Guitarras rasgueando, voces graves y roncas entonando boleros que me erizaron la piel.

Canciones de trío para serenata, pensé, reconociendo al instante el estilo. Era un trío de músicos callejeros, con sombreros charros y camisas ajustadas que marcaban sus pechos anchos. El que parecía el líder, un moreno alto con ojos que brillaban como estrellas, miró hacia mi ventana y sonrió. Cantaban Perfidia, esa rola que habla de amores traicioneros pero que ahora me hacía mojarme entre las piernas. El sonido de las cuerdas vibraba en mi pecho, el bajo grave retumbando como un latido acelerado.

¿Quién carajos manda una serenata así de chida a esta hora? Neta, mi cuerpo ya está respondiendo como si fuera una invitación personal.

Me asomé más, dejando que la bata se abriera un poco, mostrando el valle de mis senos. Ellos no paraban, ahora con Sabor a Mí, las voces entrelazándose como lenguas húmedas. Bajé las escaleras casi corriendo, el corazón golpeteándome las costillas. Afuera, el aire olía a jazmines del jardín vecino y a sudor masculino fresco.

—¡Órale, güeyes! ¿Esto es pa' mí? —les grité, riendo, con la voz ronca de emoción.

El líder, que se presentó como Marco, con una sonrisa pícara que le arrugaba las comisuras, dijo:

—Señorita, su carnal nos contrató pa' alegrarle la noche. Pero si quiere, seguimos adentro, ¿no?

Mi carnal, mi hermano, el muy pendejo romántico. Lo mataba después, pero ahora... el deseo me picaba como hormigas en la piel. Los invité a pasar, sus botas resonando en el piso de madera. En la sala, pusieron las guitarras en un rincón y sacaron una botella de mezcal de sus mochilas. Brindamos, el líquido quemándome la garganta, despertando un calor que bajaba directo a mi entrepierna.

Acto uno: la chispa. Nos sentamos en el sofá mullido, yo en medio de Marco y Javier, el más delgado con dedos largos de guitarrista. Luis, el bajista robusto, se recargó en una silla, observándonos con ojos hambrientos. Empezaron a tocar de nuevo, canciones de trío para serenata que llenaban el cuarto de melancolía sensual. Sus voces me envolvían, graves y suaves, como caricias en la nuca. Sentía sus muslos rozando los míos, el calor de sus cuerpos filtrándose por la tela fina de mi bata.

Bebí más, el mezcal soltándome la lengua.

—Neta, qué padazo me están dando. Sigan tocando, pero acérquense más.

Marco dejó la guitarra y me tomó la mano, besándola con labios calientes y ásperos. Javier se inclinó, su aliento con olor a tabaco y menta rozando mi oreja.

—¿Quieres que te cantemos al oído, Ana?

El roce de sus dedos en mi muslo envió chispas por mi espina. Me abrí un poco, dejando que vieran el triángulo oscuro entre mis piernas. No había vuelta atrás.

La tensión crecía como una tormenta en el DF, lenta pero imparable. Marco me besó primero, su lengua explorando mi boca con sabor a mezcal y deseo puro. Javier lamía mi cuello, mordisqueando suave, mientras Luis se unió, arrodillándose para besar mis pies, subiendo por las pantorrillas con besos húmedos. El sonido de sus respiraciones agitadas se mezclaba con el rasgueo ocasional de una guitarra olvidada. Mi bata cayó al suelo, dejando mi cuerpo desnudo expuesto al aire cargado de feromonas.

Qué rico se siente esto, tres hombres mirándome como si fuera la diosa de la noche. Mi concha palpita, lista pa' lo que venga. No hay nada más empowering que esto.

Acto dos: la escalada. Me recostaron en el sofá, Marco chupando mis tetas, sus dientes rozando los pezones duros como piedras. Javier se desabrochó la camisa, revelando un torso tatuado con águilas y rosas, y metió la mano entre mis pliegues húmedos. ¡Ay, cabrón! Sus dedos expertitos, como si tocaran cuerdas, frotaban mi clítoris en círculos perfectos. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el sudor salado de ellos.

—Estás mojadísima, preciosa —murmuró Javier, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda.

Luis, el callado, sacó su verga gruesa del pantalón, ya tiesa y venosa, palpitando. La tomé en mi mano, sintiendo el calor vivo, la piel suave sobre el acero. La mamé despacio, saboreando el precum salado, mientras Marco se posicionaba detrás y lamía mi culo, su lengua caliente abriéndome como una flor.

Los gemidos llenaban el cuarto: mis ayyys agudos, sus gruñidos bajos como truenos. Cambiamos posiciones, yo cabalgando a Marco, su verga llenándome hasta el fondo, golpeando rítmicamente como un tambor. Javier en mi boca, Javier oliendo a hombre puro, y Luis masajeando mis nalgas, untando saliva para luego meterse por atrás. El doble llenado me volvió loca, el estiramiento delicioso, el roce de sus vergas separadas por una delgada pared de carne.

El sudor nos unía, piel resbaladiza chocando, slap-slap-slap contra el cuero del sofá. El aroma era embriagador: sexo crudo, mezcal, jazmín flotando desde el balcón. Mis uñas clavadas en sus espaldas, dejando marcas rojas. ¡Más fuerte, weyes! ¡No paren!

Esto es mejor que cualquier serenata. Sus canciones ahora son nuestros jadeos, su música el latido de mi orgasmo acercándose.

La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de Marco, ordeñándolo. Javier se corrió primero en mi boca, chorros calientes y espesos que tragué con gusto, el sabor amargo dulce en mi lengua. Luis aceleró, sus embestidas brutales pero consentidas, yo pidiendo más con la voz quebrada.

Acto tres: la liberación. Grité cuando el clímax me golpeó, olas de placer desde el clítoris hasta el cerebro, mi cuerpo temblando como hoja en tormenta. Marco se vació dentro de mí, su semen caliente inundándome, goteando por mis muslos. Luis salió y eyaculó en mi espalda, pintándome con su esencia pegajosa.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Marco me besó la frente, Javier acarició mi pelo, Luis trajo toallas húmedas con olor a limón. Nos reímos bajito, compartiendo el último trago de mezcal.

—La mejor serenata de mi vida — susurré, sintiendo el afterglow envolviéndome como una manta tibia.

Neta, las canciones de trío para serenata nunca serán iguales. Ahora sé que esconden promesas de noches como esta, llenas de placer puro y conexión real.

Se vistieron despacio, prometiendo volver sin guitarras pero con más fuego. Yo me quedé en la cama, el cuerpo dolorido pero satisfecho, el eco de sus voces y gemidos resonando en mi mente. Afuera, la ciudad dormía, pero yo... yo acababa de despertar a algo nuevo en mí.

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