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Bedoyecta Tri 50000 Inyectable Para Que Sirve En La Pasión

6708 palabras

Bedoyecta Tri 50000 Inyectable Para Que Sirve En La Pasión

Estás recostada en la cama king size de tu departamento en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las cortinas sheer, tiñendo todo de un naranja cálido que huele a jazmín del jardín abajo. Tus músculos gritan de cansancio después de un pinche día eterno en la oficina, papeleo hasta el cuello y juntas que no acaban. Marco, tu carnal del alma, ese moreno alto con ojos café que te derriten, entra al cuarto con una sonrisa pícara, sosteniendo una cajita plateada en la mano. ¿Qué traes ahí, wey? piensas, mientras él se acerca, su colonia terrosa invadiendo el aire como una promesa.

"Nena, mira esto", dice con esa voz ronca que te eriza la piel. Se sienta a tu lado, el colchón hundiéndose bajo su peso, y saca una ampolleta y una jeringa. "Bedoyecta Tri 50000 inyectable. ¿Sabes para qué sirve? Te da un chingón de vitaminas B, pura energía pa' que revivas como fénix. Nada de chelas ni porquerías, puro boost natural pa' que aguantemos toda la noche". Sus dedos rozan tu muslo desnudo bajo la playera holgada, un toque eléctrico que despierta algo profundo en tu vientre. Dudas un segundo, pero su mirada hambrienta, el calor de su cuerpo tan cerca, te convence. "Órale, hazlo, pero suave, ¿eh?", murmuras, mordiéndote el labio.

Te subes la manga, exponiendo el brazo suave, y él prepara la inyección con manos expertas —trabaja en una farmacia, sabe de esto. El pinchazo es rápido, un ardor fugaz que se expande como fuego líquido por tus venas. "Ya está, mi reina. En media hora vas a sentirte como diosa", promete, besando el punto donde entró la aguja. Te acuestas de nuevo, su mano ahora masajeando tu hombro, círculos lentos que bajan por tu cuello, oliendo a su sudor limpio mezclado con el antiséptico de la jeringa. El cuarto huele a sexo anticipado, a sábanas frescas y a tu arousal empezando a humedecer.

¿Y si esto es lo que necesitaba? No solo vitaminas, sino él, inyectándome vida, deseo puro.

Pasan los minutos, y ¡chingado! sientes el cambio. Un calor sube desde tu pecho, pulsando en tu corazón acelerado, haciendo que tu piel hormiguee como si mil plumas la rozaran. Tus pezones se endurecen contra la tela fina, y entre las piernas, un cosquilleo insistente te hace apretar los muslos. Marco lo nota, su sonrisa se ensancha. "Ya te pegó, ¿verdad? Ven pa'cá". Te jala hacia él, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y café de la mañana. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajando a tus nalgas, amasándolas con fuerza posesiva pero tierna.

Te quitas la playera, quedando en tanga de encaje negro, y él gime al verte. "Estás riquísima, nena". Sus besos bajan por tu cuello, mordisqueando la clavícula, chupando hasta dejar marcas rosadas que duelen rico. El sonido de su boca succionando, húmedo y obsceno, llena el cuarto junto con tus jadeos. Sientes su verga dura presionando contra tu muslo a través del bóxer, gruesa y caliente, latiendo como un corazón salvaje. "Sácamela", ordenas con voz ronca, y él obedece, liberando esa polla morena venosa que conoces de memoria, oliendo a macho puro.

Te arrodillas en la cama, el elástico crujiendo bajo tus rodillas, y la tomas en la mano, piel sedosa sobre acero. La lames desde la base, sabor salado de su piel, hasta la cabeza goteante de precum que sabe a deseo concentrado. Él gruñe, enredando dedos en tu pelo. "Así, mami, chúpala como sabes". La tragas profundo, garganta relajada por la energía nueva, sintiendo cómo palpita en tu boca, el sonido de succión y saliva resonando. Tus jugos corren por tus muslos, el aire cargado de olor almizclado a coño mojado.

Pero no quieres acabar ahí. Lo empujas sobre las almohadas, montándote a horcajadas. "Ahora yo mando, pendejo". Frotes tu tanga empapada contra su verga, tela áspera contra su glande sensible, torturándolo hasta que suplica. "Por favor, métetela". Te la quitas, exponiendo tu panocha hinchada, labios rosados brillando. Te bajas despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente alrededor de su grosor. ¡Madre santa, qué llena te sientes! El placer es un rayo, paredes internas apretándolo como guante.

Cabalgas lento al principio, sintiendo cada vena rozando tus pliegues, el slap slap de carne contra carne, sudor perlando vuestros cuerpos. Él agarra tus tetas, pellizcando pezones, tirando hasta que gritas de gozo. Aceleras, caderas girando en círculos, clítoris frotando su pubis peludo. El cuarto gira en un torbellino de gemidos, olores a sexo crudo —sudor, fluidos, Bedoyecta aún latiendo en tus venas como afrodisíaco natural—. "¡Más duro, cabrón!", exiges, y él embiste desde abajo, polla golpeando tu cervix con precisión brutal.

Esto es para qué sirve de verdad la Bedoyecta Tri 50000 inyectable: no solo energía, sino para follar como animales sin parar, para sentirte invencible en su cuerpo.

Cambian posiciones, él te pone a cuatro patas, el colchón hundiéndose. Entra de nuevo, profundo, bolas golpeando tu clítoris con cada estocada. Sus manos en tus caderas, jalándote contra él, piel chocando con palmadas resonantes. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola en tu bajo vientre, músculos tensándose. "¡Me vengo, Marco, no pares!". Él acelera, gruñendo como bestia, y explotas: coño convulsionando, chorros calientes empapando sábanas, grito ahogado en la almohada que huele a ti.

Pero la inyección te da más; no caes. Lo volteas, lo chupas limpio, sabor a ti y él mezclado, salado dulce. Ahora él te come el coño, lengua plana lamiendo pliegues, chupando clítoris hinchado. Dedos curvados dentro, tocando ese punto que te hace arquear. Otro orgasmo te sacude, piernas temblando, mientras él se masturba viéndote deshacerte.

Finalmente, te pone boca arriba, piernas sobre hombros, penetrando profundo. "Córrete conmigo, nena". Sus embestidas son pistones, verga hinchándose. Sientes su pulso, caliente semen inyectándose en ti como la Bedoyecta, chorros potentes llenándote hasta rebosar. Él ruge tu nombre, cuerpo colapsando sobre el tuyo, pesados jadeos sincronizados.

Se quedan así, enredados, piel pegajosa enfriándose, corazón latiendo al unísono. El sol ya se fue, luces de la ciudad parpadeando afuera. Él besa tu frente, suave. "Ves para qué sirve de verdad esa chingadera". Ríes bajito, mano en su pecho velludo. Sí, wey, para noches como esta: pura pasión recargada, nosotros dos contra el mundo. Duermes plácida, cuerpo saciado, sabiendo que mañana pedirás otra.

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