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Que Significa Triada En Mi Piel

6829 palabras

Que Significa Triada En Mi Piel

Estaba recostada en el sofá de mi depa en la Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino, tiñendo todo de un naranja cálido que me hacía sentir perezosa y cachonda a la vez. Raúl, mi carnal desde hace dos años, traía una cerveza en la mano, su piel morena brillando con el sudor del día caluroso de la Ciudad de México. Olía a él, a ese jabón de sándalo que usa y a algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Me recargué en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón, mientras jugaba con el botón de su camisa.

¿Por qué carajos me pongo así nomás de verlo? pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que me hacía apretar los muslos.

—Oye, wey, ¿qué significa tríada? —le pregunté de repente, recordando una plática que oí en una fiesta la noche anterior. Alguien mencionó eso de relaciones tríada, y desde entonces no me lo sacaba de la cabeza. Sonaba exótico, prohibido, como algo que podría encender el fuego que últimamente se sentía un poquito tibio entre nosotros.

Raúl se rió bajito, su voz ronca vibrando contra mi oreja. Me besó el cuello, lento, dejando un rastro húmedo que me erizó la piel.

—Una tríada, mi reina, es cuando tres personas se quieren y se cogen mutuamente. Como un triángulo perfecto de placer, sin celos, puro desmadre chido. ¿Por qué? ¿Quieres probar?

Su mano bajó por mi espalda, colándose bajo la blusa, tocando la curva de mi cintura. El calor de sus dedos me hizo jadear. Imaginé eso: tres cuerpos enredados, sudados, gimiendo juntos. Mi panocha se mojó al instante, un pulso caliente que me nubló la mente.

Al día siguiente, Raúl me presentó a Diego, su mejor carnal de la uni. Llegamos a un bar en Condesa, con luces tenues y música de cumbia rebajada sonando suave. Diego era alto, con ojos verdes que brillaban como jade, y una sonrisa pícara que prometía problemas buenos. Olía a colonia fresca, a limón y madera, y cuando me abrazó, su pecho duro contra mis tetas me dejó sin aliento.

¡Qué buena onda que viniste, Ana! —dijo, su voz grave como un ronroneo.

Brindamos con tequilas reposados, el líquido quemándonos la garganta, dulce y ahumado. Hablamos de todo: de la pinche vida en la CDMX, de viajes a la playa en Puerto Escondido, de fantasías que nos ponían calientes. Y ahí salió otra vez: qué significa tríada. Diego lo explicó con detalles, sus ojos clavados en los míos, mientras Raúl me apretaba la mano bajo la mesa.

—Es confianza total, nena. Tres almas conectadas, explorando cada rincón del otro.

El aire se cargó de electricidad. Sentí sus miradas sobre mí, hambrientas, y un calor líquido se extendió por mi vientre.

Neta, ¿estoy lista para esto? ¿Quiero que me toquen los dos, que me hagan volar?
Caminamos de regreso a mi depa, el viento nocturno fresco contra mi piel caliente, risas flotando en el aire cargado de jazmín de los jardines.

En el elevador, Raúl me besó primero, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y deseo. Diego se pegó por detrás, sus manos en mis caderas, labios rozando mi nuca. El ding del elevador sonó como una promesa.

Adentro, la luz baja de las velas que prendí antes parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes blancas. Me quitaron la blusa despacio, como si desempacaran un regalo. Las manos de Raúl en mis tetas, amasándolas suaves, pulgares rozando los pezones duros como piedras. Diego besaba mi ombligo, bajando, su aliento caliente contra mi piel. Olía a sus dos aromas mezclados: sándalo, limón, sudor fresco.

—Eres preciosa, Ana —murmuró Diego, desabrochando mis jeans.

Me tendieron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Raúl se quitó la ropa, su verga tiesa saltando libre, gruesa y venosa, goteando ya de anticipación. Diego igual, más larga, curva perfecta. Me miraron, esperando mi señal. Asentí, el corazón retumbando en mis oídos.

Empecé chupándolos, alternando. Primero Raúl, su sabor salado en mi lengua, el gemido ronco que soltó cuando lo tragué profundo. ¡Qué rico su calor en mi garganta! Luego Diego, más suave al principio, pero cogiendo mi pelo con fuerza juguetona. —¡Así, pinche diosa! —gruñó.

El cuarto se llenó de sonidos: chupadas húmedas, jadeos, el crujir de la cama. Mi piel ardía, cada roce enviando chispas. Raúl se hincó entre mis piernas, lamiendo mi clítoris hinchado, su lengua experta girando, saboreando mis jugos dulces y cremosos. Diego besaba mi boca, tragándose mis moans.

Esto es la tríada, carajo. Puro éxtasis multiplicado.

Me voltearon, poniéndome a cuatro patas. Diego entró primero por atrás, su verga abriéndome lenta, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso me hizo gritar, paredes internas apretándolo. Raúl debajo, chupando mis tetas colgantes, luego mi clítoris mientras Diego me taladraba.

¡Más fuerte, cabrón! —le pedí a Diego, arqueando la espalda.

Cambiaron. Raúl me cogió vaginal, sus embestidas profundas, bolas golpeando mi culo. Diego en mi boca, follándome la garganta. Sudor goteaba, mezclándose con saliva y fluidos. Olía a sexo puro: almizcle, sal, deseo animal. Mis nervios cantaban, el placer acumulándose como tormenta.

Me subieron encima de Raúl, su verga enterrada en mi panocha chorreante. Diego se lubricó con mi propia humedad y... ¡ay, wey! Empujó en mi culo, despacio, abriéndome con cuidado. El doble llenado fue explosivo: presión intensa, fricción divina. Me moví entre ellos, como en un ritmo ancestral, sus manos por todo mi cuerpo, pellizcando, acariciando.

¡Te sientes increíble, amor! —jadeó Raúl, mordiendo mi hombro.

Los orgasmos llegaron en cadena. Primero el mío, un tsunami que me sacudió, paredes convulsionando alrededor de sus vergas, gritando su nombre. Ellos siguieron, gruñendo, llenándome de semen caliente, chorros que se sentían como lava.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a nosotros, a clímax compartido. Besos suaves, caricias perezosas. Diego trazó círculos en mi vientre, Raúl besó mi frente.

—Entonces, ¿ya sabes qué significa tríada? —preguntó Raúl con picardía.

Reí, exhausta y plena. —Neta, significa hogar. Significa más.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol naciente filtrándose, prometiendo más noches así. Mi cuerpo zumbaba aún, piel sensible, corazón lleno. Esto no era solo sexo; era conexión, un triángulo que nos elevaba.

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