Probé la Definición del Placer
Estaba sentada en esa terraza chida de Polanco, con el sol de la tarde calentándome la piel y un café bien negro en la mano. El aire traía ese olor a pan recién horneado mezclado con el perfume de las flores de los puestos cercanos. Yo, Ana, treintañera neta, con mi falda floreada y blusa suelta que dejaba ver justo lo suficiente para voltear cabezas. Siempre había sido curiosa, wey, pero en el amor y el desee, había intentado definir qué chingados era el placer de verdad. Libros, pláticas con amigas, hasta videos por la noche sola en mi depa. Nada me cuadraba del todo. Hasta que lo vi a él.
Se llamaba Marco, un morro alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido y una sonrisa pícara que te hacía sentir que ya te conocía de toda la vida. Vestía jeans ajustados y una camisa blanca arremangada, mostrando unos brazos fuertes de quien trabaja con las manos. Se acercó a pedir un espresso, y nuestras miradas se cruzaron.
"¿Pos es libre esta silla?"me dijo con esa voz grave, ronca, como si fumara cigarros finos. Le hice señas para que se sentara, y de ahí fluyó todo. Charlamos de la ciudad, de lo caótico que es el tráfico en Insurgentes, de cómo el mole de mi abuela era lo mejor del mundo. Reíamos, y cada carcajada suya me hacía sentir un cosquilleo en el estómago, bajando despacito hasta mis muslos.
El deseo empezó chiquito, como una chispa. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, accidental nomás, pero se quedó ahí. Calor subiendo por mi piel. Olía a colonia fresca, jabón y un toque de sudor masculino que me ponía los nervios de punta. Intenté definir esa sensación en mi cabeza: ¿era atracción pura o algo más profundo? Le conté de mi trabajo en una galería de arte, él era diseñador gráfico freelance, viviendo en una colonia trendy de la Roma. La plática se puso personal rapidito.
"¿Y tú qué buscas en la vida, Ana? ¿Has probado todo lo que querías?"Su pregunta me dejó pensando, con la boca seca. Le sonreí coqueta:
"Todavía no, pero estoy dispuesta a probar definiciones nuevas."
Acto seguido, me invitó a su depa, que estaba a unas cuadras. Caminamos por las calles empedradas, el sol poniéndose y tiñendo todo de naranja. Mi corazón latía fuerte, como tamborazo en una fiesta. Entramos a su lugar: amplio, con ventanales enormes, muebles de madera oscura y plantas por todos lados. Olía a incienso de sándalo y café molido. Me sirvió un mezcal ahumado, el vaso frío en mi mano sudada. Nos sentamos en el sofá, cercanos, y el roce de su muslo contra el mío ya no era accidental.
La tensión crecía como tormenta en el DF. Sus dedos jugaban con un mechón de mi pelo, y yo sentía mi piel erizándose. Me miró fijo, esos ojos devorándome.
"Eres preciosa, Ana. Neta, desde que te vi quise besarte."No esperé más. Me incliné y nuestros labios se juntaron. Su boca era suave, cálida, con sabor a mezcal y menta. La lengua suya explorando la mía, lenta al principio, luego hambrienta. Gemí bajito contra su boca, y él me jaló más cerca, su mano en mi nuca, la otra bajando por mi espalda hasta mi cintura. Tocaba como si me conociera, firme pero tierno. Sentí su erección presionando contra mi pierna, dura, prometedora. Mi chichi se mojaba ya, un calor líquido entre las piernas que me hacía apretar los muslos.
Me levantó en brazos como si nada, riendo cuando chillé de sorpresa.
"Tranquila, güey, aquí te voy a mostrar lo que es placer de verdad."Me llevó a su recámara, luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas. La cama king size con sábanas blancas crujientes. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al aire. Olía mi perfume mezclado con mi arousal, ese olor almizclado que sale cuando estás lista. Había probado definiciones antes, con exnovios pendejos que iban al grano sin preámbulo, pero esto era otra cosa. Marco era paciente, explorador.
Me recostó y se arrodilló entre mis piernas, quitándome la falda y las panties con dientes. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo arquear la espalda.
"Mírate, tan mojada por mí."Lamio mis labios mayores, lento, saboreando. Su lengua plana lamiendo arriba abajo, círculos en mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, agarrando las sábanas, el sonido de mi voz rebotando en las paredes. Saboreaba mi jugo salado-dulce, gruñendo de placer. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. El squish húmedo de mi excitación llenaba el cuarto, mezclado con sus jadeos. Mi mente era un torbellino:
Esto es, carajo, la definición probada del cielo.Me corrí la primera vez gritando su nombre, olas de placer sacudiéndome, piernas temblando, vista nublada.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo, mordisqueando mis nalgas firmes. Su verga palpitaba contra mi piel, gruesa, venosa, goteando precum que olía a hombre puro. Me puse de rodillas, ansiosa por devolverle. La tomé en mi boca, salada, suave piel sobre acero duro. Chupé la cabeza, lamiendo la ranura, mientras mi mano subía y bajaba el tronco. Él gemía ronco:
"Órale, Ana, qué chingona eres."Lo miré desde abajo, sus abdominales contraídos, sudor brillando en su pecho. Me follaba la boca suave, respetuoso, hasta que no aguantó más.
Me puso a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el calor de él llenándome. Empezó a bombear, lento primero, luego más rápido, sus bolas chocando contra mi clítoris. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos sincronizados. Sudor goteando de su frente a mi espalda, resbaloso. Agarró mis caderas, jalándome contra él.
"¿Te gusta, mi reina? Dime."
"Sí, pendejo, más fuerte."Aumentó el ritmo, una mano bajando a frotar mi botón. La presión crecía, coiling en mi vientre como resorte. Internalmente luchaba:
¿Esto es amor o pura lujuria? No importa, solo siente.
El clímax nos golpeó juntos. Él gruñó profundo, hinchándose dentro de mí, chorros calientes llenándome mientras yo explotaba otra vez, paredes contrayéndose alrededor de su verga, milking cada gota. Colapsamos, enredados, piel pegajosa de sudor, respiraciones agitadas calmándose. Su semen goteando de mí, cálido en mis muslos. Me besó la sien, suave.
"¿Y ahora qué, Ana? ¿Ya definiste el placer?"Reí bajito, exhausta, feliz. Había probado la definición, y era él, nosotros, este momento.
Nos quedamos así horas, hablando en susurros, acariciándonos perezosos. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro era paz. Al día siguiente, desperté con su olor en las sábanas, un café listo en la cocina. No era solo sexo; era conexión, empoderamiento mutuo. Caminé a mi depa con una sonrisa tonta, piernas flojas. Por fin entendí: el placer no se define con palabras, se prueba en la piel. Y yo, neta, lo había probado de la mejor manera.