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El Tri Enciende la Amarga Navidad

6789 palabras

El Tri Enciende la Amarga Navidad

La noche de Nochebuena se sentía como un puño en el pecho. Estaba sola en mi depa en la Condesa, con las luces del árbol parpadeando como burlas y el eco de las risas familiares que no quería oír por teléfono. ¿Por qué carajos todo tiene que ser tan amargo? pensé, mientras me servía un ron con cola. Mi ex, ese pendejo, me había dejado por otra justo antes de las fiestas. Ni madres, no iba a pasar la Navidad hecha mierda. Agarré las llaves, me puse un vestido rojo ajustado que me hacía ver como diosa, y salí rumbo a la cantina de la esquina, esa que siempre pone rola chida para ahogar penas.

El lugar estaba a reventar de cuates celebrando, olor a cochinita y ponche caliente flotando en el aire, luces navideñas colgadas del techo como guirnaldas locas. Me abrí paso entre la gente, el sudor y el humo de cigarros mezclándose con risas roncas. Pedí un tequila reposado y me recargué en la barra, sintiendo el frío del vidrio contra mi palma caliente. Ahí fue cuando sonó: El Tri Amarga Navidad. La voz rasposa de Alex Lora llenó el antro, contando de soledades y navidades jodidas.

«Amarga Navidad, sin ti no es Navidad...»
Neta, me pegó directo al alma. Bailé sola un rato, moviendo las caderas al ritmo punkero, dejando que la música me quitara el peso del corazón.

De repente, sentí una presencia a mi lado. Alto, moreno, con barba de tres días y ojos que brillaban como luces de neón. Vestía una chamarra de cuero gastada, tipo rockero viejo lobo. Chingón, pensé. Se acercó con una chela en la mano y sonrió, mostrando dientes perfectos. «Órale, güerita, ¿bailas sola con El Tri? Esa rola es pa' los que sabemos de navidades amargas.» Su voz era grave, como un ronroneo que me erizó la piel. Me llamó la atención su acento chilango puro, de esos que suenan a barrio pero con clase.

«Sí, wey, esta Amarga Navidad de El Tri me representa ahorita», le contesté, guiñándole el ojo. Se presentó como Marco, 32 años, fan de El Tri desde morrillo. Hablamos de rolas, de conciertos en el TIJUANA, de cómo la música salva navidades rotas. Su mano rozó mi brazo al pasarme la chela, y juro que un chispazo me recorrió la espalda. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que te hace agua la boca. La tensión creció mientras bailábamos pegaditos, su pecho duro contra mis tetas, el ritmo de la banda acelerando nuestros pulsos.

Acto primero del desmadre: nos fuimos a la terraza de la cantina, lejos del ruido, con vista a las luces de la ciudad. El frío de diciembre nos pegó, pero su chamarra sobre mis hombros me calentó más que nada. «Neta, esta noche no quiero pensar en lo amargo», murmuré, mirándolo fijo. Él se acercó, su aliento tibio en mi cuello. «Yo tampoco, preciosa. Hagamos que El Tri nos cambie la noche.» Nuestros labios se juntaron suaves al principio, explorando, saboreando tequila y deseo. Su lengua jugaba con la mía, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna. Mis manos se colaron bajo su playera, tocando abdominales firmes, piel suave como terciopelo caliente.

El beso se volvió feroz, manos ansiosas. Me levantó contra la pared, mis piernas envolviéndolo, sintiendo su verga dura presionando mi panocha a través de la tela. ¡Qué chingón se siente esto! gemí en mi mente mientras mordisqueaba su oreja. «Vamos a mi depa, está cerca», jadeó él, y no lo pensé dos veces. Caminamos rápido por las calles navideñas, risas y villancicos de fondo, pero nosotros en nuestro mundo de fuego interno.

En mi recámara, con el árbol de Navidad iluminando tenue, la cosa escaló. Acto dos: despojo lento, torturante. Me quitó el vestido con dedos temblorosos de ganas, besando cada centímetro de piel expuesta. «Eres una mamacita de infarto», gruñó, lamiendo mis pezones que se pusieron duros como piedras. Yo le arranqué la playera, arañando su espalda, oliendo su esencia pura, ese musk que me volvía loca. Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra nuestra piel ardiente. Sus manos masajearon mis muslos, subiendo hasta mi tanga empapada. «Estás chorreando, nena», dijo con voz ronca, metiendo un dedo juguetón que me hizo arquear la espalda.

Lo volteé, dominando el juego. Besé su pecho, bajando por el vientre hasta su bóxer. Saqué su verga gruesa, palpitante, venosa, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen. Él gimió fuerte, "¡Órale, qué rica boca!" Agarré sus bolas pesadas, masajeándolas mientras chupaba con hambre, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta. El sonido de su respiración agitada, el slap de mi saliva, el crujir de la cama... todo sensorial, envolvente. Pero no lo dejé acabar; quería más.

Me trepé encima, frotando mi concha mojada contra su pija dura. «Cójeme ya, cabrón», le ordené, y él obedeció, embistiéndome de un solo empujón. ¡Ay, Diosito! Llenó mi interior, estirándome delicioso. Cabalgamos al ritmo de El Tri que aún retumbaba en mi cabeza, Amarga Navidad transformada en éxtasis. Sudor perlando nuestros cuerpos, tetas rebotando, sus manos apretando mi culazo. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, dándome nalgadas suaves que ardían placenteras. Cada estocada profunda tocaba mi punto G, olas de placer subiendo por mi espina. Gemidos nuestros mezclándose con el zumbido de la ciudad, olor a sexo crudo, pieles chocando con palmadas húmedas.

La tensión creció, interna y externa. En mi mente, flashes de la soledad navideña disolviéndose en este hombre que me hacía sentir viva, poderosa. «Más fuerte, Marco, hazme tuya», jadeaba. Él aceleró, gruñendo mi nombre, "¡Laura, qué chingona estás!" Sentí el orgasmo construyéndose, músculos apretándose, pulso latiendo en mis oídos. Él también al borde, pidiéndome permiso con la mirada. «Adentro, amor, lléname», consentí, y explotamos juntos. Mi coño convulsionó alrededor de su verga, chorros de placer inundándome, su semen caliente eyaculando en pulsos potentes. Gritos ahogados, temblores compartidos, el mundo deteniéndose en ese pico.

Acto tres: el afterglow perfecto. Colapsamos enredados, respiraciones calmándose, piel pegajosa de sudor y fluidos. Besos suaves ahora, caricias perezosas. «Gracias por endulzar mi Amarga Navidad, wey», susurré, oliendo su cabello húmedo. Él rio bajito,

«El Tri siempre salva la noche, pero tú... tú eres la rola perfecta.»
Nos quedamos así, con el árbol brillando y villancicos lejanos, reflexionando en silencio. No era amor eterno, pero esa Navidad dejó de ser amarga. Se volvió nuestra, caliente, inolvidable. Mañana quién sabe, pero esa noche, éramos reyes del desmadre consensual.

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