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Esperanza Gómez Trio Ardiente

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Esperanza Gómez Trio Ardiente

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces neón de los antros. Yo, Javier, había llegado a La Cúpula, el club más chido de la colonia, con unos cuates para celebrar el cumple de uno. La música reggaetón retumbaba en el pecho, vibrando como un pulso acelerado, y el aire olía a tequila reposado mezclado con perfumes caros y sudor fresco. Estaba en la barra pidiendo un cuba libre cuando la vi: Esperanza Gómez, la reina del cine para adultos, con ese cuerpo escultural que parecía tallado para el pecado. Vestía un vestido rojo ceñido que dejaba poco a la imaginación, sus curvas ondulando al ritmo de la pista.

¿Es ella de verdad? Neta, parece salida de uno de sus videos, pensé, mientras mis ojos se clavaban en el movimiento hipnótico de sus caderas. Ella giró la cabeza, me pilló mirando y sonrió con esa picardía que la hace famosa. Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor en quinceañera.

—Hola, guapo. ¿Me invitas un trago o nomás vas a mirarme toda la noche? —dijo con voz ronca, acento chilango puro, extendiendo la mano.

—Javier, a tus órdenes, preciosa. ¿Esperanza Gómez en carne y hueso? No mames, qué chido.

Reímos, platicamos de la vida nocturna en la CDMX, de cómo ella andaba de vacaciones después de unas grabaciones. Su perfume, una mezcla dulce de vainilla y jazmín, me envolvió como una caricia. Entonces llegó su amiga, Karla, una morra alta y atlética con pelo negro largo y ojos verdes que prometían travesuras. Las dos eran puro fuego, neta.

—Mi carnala Karla —presentó Esperanza—. Y este pendejo guapo es Javier. ¿Bailamos?

En la pista, sus cuerpos se pegaron al mío. Sentí el calor de sus pechos contra mi torso, las manos de Esperanza bajando por mi espalda, rozando mi culo juguetona. Karla se apretaba por detrás, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a chicle de menta y deseo. La tensión crecía con cada beat, mis jeans apretándose dolorosamente.

Esto no puede ser real. Dos diosas como ellas queriendo a un mero mortal como yo. ¿Y si es un sueño?
Pero no, el roce de sus muslos contra los míos era demasiado vívido, la humedad de sus lenguas lamiendo mi oreja demasiado real.

Después de unos tragos más, Esperanza me susurró al oído:

—Oye, Javier, ¿has visto mis videos de tríos? Neta que son lo máximo. ¿Te late probar uno en vivo conmigo y Karla?

Mi verga dio un salto. —¡Órale, sí! —contesté, la voz entrecortada.

Nos fuimos al hotel suite que Esperanza tenía rentada, un penthouse con vista al skyline de Reforma. El elevador subiendo fue tortura: Karla me besaba el cuello mientras Esperanza me manoseaba por encima de los pantalones, riendo bajito.

—Tranquilo, chulo. Vamos a hacerte volar —dijo Karla, mordiéndome la oreja.

Adentro, las luces tenues pintaban sus pieles de dorado. Se quitaron los vestidos despacio, como en un striptease privado. Esperanza tenía tetas perfectas, grandes y firmes, pezones oscuros endureciéndose al aire. Karla era más delgada, con un culo redondo que pedía ser azotado. Yo me desvestí rápido, mi polla parada como bandera, goteando ya de anticipación.

Se arrodillaron frente a mí, sus caras a centímetros. El olor de sus sexos húmedos ya flotaba en el aire, almizclado y adictivo. Esperanza lamió primero la punta, su lengua caliente y experta girando alrededor del glande, saboreando el precum salado.

—Mmm, qué rica verga, Javier. Dura como piedra —murmuró, mientras Karla chupaba mis bolas, succionando suave, enviando chispas por mi espina.

Esto es el paraíso, cabrón, pensé, las manos enredadas en sus cabelleras sedosas. Gemí cuando Esperanza se la tragó hasta la garganta, sus labios estirados, saliva chorreando. Karla se unió, lamiendo el lado, sus lenguas bailando juntas sobre mi carne palpitante. El sonido húmedo de chupadas y popos llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y mis gruñidos roncos.

Me tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Esperanza se montó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios, jugoso y caliente, sabor a miel salada. La lamí con hambre, lengua hundiéndose en sus pliegues hinchados, chupando su clítoris que latía como un corazoncito. Ella se mecía, tetas rebotando, gimiendo alto:

—¡Ay, sí, Javier! Come mi panocha, no pares, pendejo delicioso.

Karla se empaló en mi verga despacio, centímetro a centímetro, su interior apretado y resbaloso envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. El estiramiento era exquisito, sus paredes contrayéndose al sentirme lleno. Empezó a cabalgar, culo subiendo y bajando, piel chocando con palmadas sonoras. Olía a sexo puro, sudor perlado en sus espaldas, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Cambiaron posiciones fluidas, como en un baile coreografiado. Ahora Karla en mi cara, su coño más jugoso, casi ahogándome en jugos dulces mientras Esperanza rebotaba en mi polla, sus nalgas abofeteándome las bolas. Sentía sus pulsos internos, el calor subiendo, mis huevos apretándose.

No aguanto más, van a sacarme el alma
.

—Córrete adentro, amor. Lléname —suplicó Esperanza, clavándome las uñas en el pecho.

Pero quise darles placer primero. Las puse a las dos de rodillas, lengua alternando entre sus coños abiertos, dedos metiéndose en ellas, curvándose para tocar ese punto que las hacía arquearse y chillar. Esperanza se vino primero, un chorro caliente mojándome la barbilla, cuerpo temblando, gritando:

—¡Me vengo, carajo! ¡Qué rico!

Karla la siguió, apretándome la cabeza con muslos fuertes, su orgasmo un temblor violento que olía a éxtasis puro.

Entonces me voltearon, Esperanza montándome de reversa mientras Karla me besaba, lenguas enredadas con sabor a ellas mismas. La vista de ese culo perfecto subiendo y bajando, la polla desapareciendo en su profundidad rosada, fue demasiado. El clímax me golpeó como ola, chorros calientes llenándola, ella ordeñándome hasta la última gota, gimiendo con cada espasmo.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, pechos subiendo y bajando agitados. El aire pesado de sexo y risas suaves. Esperanza me besó la frente, Karla acurrucada al otro lado.

—El mejor Esperanza Gómez trio que hemos tenido, ¿verdad, Karla? —dijo riendo.

—Neta, Javier. Eres un semental. Vuelve cuando quieras.

Me quedé ahí, pieles pegajosas, corazones calmándose, el skyline brillando afuera. Esto no fue un sueño. Fue real, cabrón. Y cambió todo. La noche se fundió en afterglow, promesas de más noches locas en la ciudad que nunca duerme.

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