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Trío Con Mi Vecina Y Su Hermana

7455 palabras

Trío Con Mi Vecina Y Su Hermana

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Alex, acababa de llegar a mi depa después de un pinche día eterno en la oficina, y lo primero que vi al asomarme al balcón fue a ellas. Mariana, mi vecina de al lado, esa morra de curvas que me volvía loco cada vez que la veía en short y crop top, regando las plantas con su hermana Carla. Ambas güeyes, con el pelo suelto ondeando por la brisa, riendo como si el mundo fuera solo suyo. Mariana, de unos 28, con tetas firmes que se marcaban bajo la blusa ligera, y Carla, un año menor, más delgada pero con un culo que gritaba peligro.

¡Órale, carnal! ¿Ya llegaste? —gritó Mariana, volteando con esa sonrisa pícara que me ponía la verga dura al instante.

Les contesté con un saludo casual, pero por dentro ya estaba imaginando cosas. Habíamos coqueteado antes, en el elevador, en la alberca del edificio. Neta, Mariana me había dicho una vez, medio en broma, que le gustaba verme sin camisa. Y ahora con su hermana ahí, el ambiente se sentía eléctrico. Me invitaron a unas chelas en su depa, y ¿quién era yo pa' decir que no? Entré y el olor a incienso y tequila reposado me golpeó como una ola. La sala era chida, con luces tenues, música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, que se pegaba a mis jeans por el calor. Mariana se acercó primero, rozando su muslo contra el mío, mientras Carla preparaba los tequilas con limón y sal.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto huele a problema, pero qué rico problema
, pensé, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Hablamos de todo y nada: del tráfico en Insurgentes, de las fiestas en la Roma, pero sus miradas se cruzaban conmigo, cargadas de promesas. Mariana se inclinó pa' servirme más trago, y su escote dejó ver el borde de un brasier negro de encaje. El aroma de su perfume, vainilla y algo más dulce, me invadió las fosas nasales.

La tensión crecía como el calor en el pecho. Carla se sentó al otro lado, su mano rozando mi brazo "accidentalmente". —Sabes, Alex, mi hermana dice que eres bien cabroncito en la cama —soltó de repente, riendo con picardía. Mariana le dio un codazo juguetón, pero no lo negó. Mi corazón latía como tambor en desfile, y bajito les confesé que las dos me traían de cabeza desde hace meses. Ahí fue cuando Mariana se acercó más, su aliento cálido en mi oreja:

—¿Y si hacemos algo pa' que dejes de soñar despierto?

El beso llegó como un relámpago. Sus labios suaves, con sabor a tequila y menta, se pegaron a los míos mientras Carla observaba, mordiéndose el labio inferior. Sus manos, calientes y ansiosas, subieron por mi pecho, desabotonando mi camisa con dedos temblorosos de excitación. Yo respondí, acariciando la cintura de Mariana, sintiendo la piel tersa bajo la blusa. Carla no se quedó atrás; se unió, besando mi cuello, su lengua trazando líneas húmedas que me erizaron la piel. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el roce de la tela al caer.

Nos movimos al cuarto, un espacio con cama king size cubierta de sábanas de satén rojo que olían a lavanda fresca. Mariana me empujó suave contra el colchón, quitándome los jeans con una lentitud tortuosa.

Neta, esto es un sueño. Dos morras así, queriendo lo mismo que yo
. Su boca bajó por mi torso, lamiendo el sudor salado de mi abdomen, mientras Carla se desvestía, revelando un cuerpo esbelto con pezones oscuros ya duros como piedritas. Se subió a horcajadas sobre mis piernas, frotando su panocha húmeda contra mi verga erecta a través del bóxer. El calor de su coño me quemaba, y gemí bajito cuando Mariana la besó a ella primero, sus lenguas danzando en un beso profundo que me puso al borde.

Es tu trío con nosotras, carnal. Disfrútalo —susurró Carla, mientras Mariana bajaba mi bóxer y tomaba mi verga en su mano suave, masturbándome lento, sintiendo cada vena pulsar bajo sus dedos. El olor a excitación femenina, ese almizcle dulce y pegajoso, flotaba en el aire. Mariana se la metió a la boca primero, chupando con hambre, su saliva caliente resbalando por el tronco. El sonido húmedo de su mamada, succiones rítmicas, me volvía loco. Carla se posicionó sobre mi cara, bajando su coño depilado y jugoso hasta mis labios. Lo lamí con ganas, saboreando su néctar salado y ácido, mientras ella gemía alto, clavando las uñas en mis hombros.

La intensidad subía como fiebre. Intercambiaron posiciones; Carla ahora mamándome la verga, su garganta profunda tragándosela entera, mientras yo metía dos dedos en la panocha de Mariana, sintiendo sus paredes calientes contraerse alrededor de ellos. Ella se arqueaba, sus tetas rebotando con cada embestida de mis dedos, gimiendo en mexicano puro: —¡Ay, wey, no pares, qué rico! El sudor nos cubría a todos, pieles resbalosas chocando, el slap-slap de carne contra carne cuando Mariana se montó en mi verga. La sentí abrirse, envolviéndome en su calor apretado, húmedo como terciopelo. Cabalgaba lento al principio, sus caderas girando en círculos que me rozaban el glande contra su punto G, hasta que aceleró, botando con fuerza, sus nalgas cacheteándome los muslos.

Carla no se quedaba quieta; se sentó en mi cara otra vez, pero ahora besaba a su hermana, manoseando sus tetas, pellizcando pezones. Yo las veía desde abajo, un espectáculo de curvas entrelazadas, gemidos sincronizados.

Esto es el paraíso, pendejo. No despiertes
. Cambiamos: la puse a Mariana en cuatro, embistiéndola desde atrás, mi verga hundiéndose hasta el fondo con cada estocada, sintiendo su culo rebotar contra mi pubis. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos, y el olor a sexo puro nos ahogaba. Carla se acostó debajo de ella, lamiéndole el clítoris mientras yo la cogía, y Mariana explotó primero, gritando ¡Chin! con el cuerpo temblando, chorros de squirt mojando las sábanas.

La tensión llegó al pico cuando Carla me jaló pa' ella. La penetré de lado, una pierna sobre mi hombro, profundo y lento, mientras Mariana nos besaba a ambos, frotando su mano en el coño de su hermana. Sentía las contracciones de Carla apretándome, su interior palpitante, y el orgasmo me golpeó como camión. Eyaculé dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes llenándola mientras ella se corría conmigo, arañándome la espalda. Mariana se unió al final, lamiendo el semen que escurría de Carla, besándome con mi propio sabor en su lengua.

Nos quedamos tirados en la cama, jadeando, el aire espeso con olor a sudor, semen y panochas satisfechas. Mariana acurrucada en mi pecho derecho, Carla en el izquierdo, sus respiraciones calmándose poco a poco. El corazón me latía aún fuerte, pero ahora de paz. —Eso fue un trío con todas las de la ley, dijo Mariana riendo bajito, trazando círculos en mi piel con el dedo. Asentí, besándolas a ambas en la frente.

La noche terminó con más tequilas suaves, promesas de repeticiones, y esa conexión nueva que nace del placer compartido. Salí de ahí al amanecer, con el cuerpo adolorido pero el alma en las nubes. Neta, Polanco nunca había olido tan bien.

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