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Descubriendo las Rolas del Tri

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Descubriendo las Rolas del Tri

Estaba en esa fiesta en la Condesa, con el aire cargado de humo de cigarro y ese olor a tequila fresco que te pega en la nariz como un beso húmedo. La música retumbaba, rolas del Tri sonando a todo volumen, esas letras crudas que te revuelven las tripas y te ponen la piel chinita. Yo, Alejandra, con mi vestido negro ajustado que me marcaba las curvas justito, bailaba sola al principio, sintiendo el sudor resbalando por mi espalda, el ritmo metiéndose en mis caderas como una promesa de algo más.

Los vi de lejos: tres güeyes altos, morenos, con esa vibra de rockeros chaparros que te miran como si ya supieran tus secretos. Uno con pelo largo, otro rapado con tatuajes en los brazos, y el tercero con barba espesa y sonrisa pícara. Se acercaron, ofreciéndome un trago de mezcal que quemaba la garganta como fuego dulce. "Órale, mamacita, ¿te late el Tri?", me dijo el de la barba, su voz ronca compitiendo con la guitarra eléctrica de la rola que tronaba.

Me reí, sintiendo el calor subir por mi pecho. "¡Chingón!", contesté, chocando mi vaso con los suyos. Hablamos de rolas del Tri, de cómo "Abuso" me ponía pilas, de noches locas en conciertos. Sus ojos me recorrían, y yo les devolvía la mirada, notando cómo sus camisetas se pegaban a los músculos sudados. El deseo empezó como un cosquilleo en el estómago, bajando lento hasta mis muslos.

¿Qué pedo conmigo? Tres tipos guapísimos, y yo aquí sintiéndome como la reina de la noche. No hay nada malo en dejarse llevar, ¿verdad? Son adultos, yo soy adulta, y este calor entre las piernas no miente.

La fiesta avanzaba, cuerpos rozándose en la pista, el olor a piel caliente y perfume barato mezclándose con el aroma terroso del mezcal. Bailamos juntos, sus manos en mi cintura, fuertes pero suaves, guiándome al ritmo. El del pelo largo me susurró al oído: "Ven con nosotros, tenemos más rolas del Tri en la casa, y algo más que te va a gustar". Su aliento cálido en mi cuello me erizó la piel. Dije que sí sin pensarlo dos veces, el pulso acelerado, las bragas ya húmedas de anticipación.

En su depa en la Roma, todo era desorden chido: posters del Tri en las paredes, botellas por todos lados, luces tenues que pintaban sombras sexys en sus cuerpos. Pusieron "Triste Canción de Amor", y nos sentamos en el sofá, yo en medio, sus piernas tocando las mías. El rapado me besó primero, labios carnosos saboreando a ron y sal, su lengua explorando mi boca con hambre. Los otros miraban, sonriendo, tocándome los brazos, el pelo.

"¿Todo chido?", preguntó el de la barba, su mano subiendo por mi muslo. Asentí, jadeando ya, el corazón latiéndome en los oídos. "Sí, güeyes, no paren". Se quitaron las camisetas, revelando torsos duros, piel morena brillando bajo la luz. Yo me levanté, dejando caer mi vestido, quedando en lencería roja que contrastaba con mi piel canela. Sus ojos se encendieron, gemidos bajos escapando de sus gargantas.

Me tumbaron en la cama king size, sábanas frescas oliendo a lavanda y hombre. El del pelo largo me besaba el cuello, mordisqueando suave, mientras el rapado chupaba mis tetas, lengua girando en los pezones duros como piedras. El de la barba bajaba lento por mi vientre, besos húmedos dejando rastros calientes. Sentía sus respiraciones agitadas, el roce de barbas en mi piel sensible, el aire cargado de nuestro aroma a excitación, ese musk dulce y salado que te embriaga.

Esto es lo que necesitaba, joder. Tres cuerpos adorándome, cada toque como una rola del Tri subiendo de volumen.

El de la barba llegó a mi panocha, separando mis piernas con manos firmes. Lamía despacio al principio, lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, saboreándome como si fuera el mejor tequila. Gemí fuerte, arqueándome, mis uñas clavándose en los hombros del rapado que ahora me besaba la boca. El del pelo largo metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, frotando ese punto que me hacía ver estrellas. El placer crecía en olas, mi cuerpo temblando, sudor perlando mi frente.

"Mira las rolas del Tri, reina", dijo el rapado, quitándose el pantalón. Se pararon frente a mí, tres vergas gruesas, venosas, paradas como mástiles, goteando precum que brillaba. Las rolas del Tri: la del pelo largo larga y curva, la del rapado gruesa como mi muñeca, la del barba perfecta, rosada en la cabeza. Me relamí los labios, el olor almizclado de sus pollas llenando la habitación, mezclado con mi jugo.

Las tomé una por una, manos resbalosas acariciándolas, sintiendo el pulso en las venas, la piel aterciopelada sobre acero. Chupé la del barba primero, embutiéndomela hasta la garganta, saliva chorreando, su gemido ronco como una guitarra distorsionada. Los otros se pajeaban viéndome, sus manos rápidas, el sonido húmedo excitándome más. Cambié, mamando la gruesa del rapado, mis mejillas hinchadas, lengua girando en la cabeza sensible. El del pelo largo se acercó, frotándola en mis tetas, dejando rastros brillantes.

Me puse a cuatro patas, el culo en alto, invitándolos. El de la barba entró primero, su rola abriéndome despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Gruñí de placer, el estirón delicioso, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras. El rapado se puso enfrente, yo chupándolo mientras me taladraban atrás, garganta y panocha llenas. El del pelo largo se unió, metiendo dedos en mi culo, lubricado con saliva, preparándome.

Cambiaron posiciones, el ritmo subiendo como un solo de guitarra. Ahora el del pelo largo en mi culo, entrando suave pero profundo, esa curva rozando paredes internas que me volvían loca. El rapado en la panocha, doble penetración que me tenía gritando, cuerpos sudados pegándose, piel resbalosa. El de la barba en mi boca, follándome la cara con cuidado, sus bolas golpeando mi barbilla. Sentía todo: el calor abrasador de sus rolas, el roce de vello púbico, el sudor goteando en mi espalda, sus gemidos mezclados con los míos, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Las rolas del Tri me tienen poseída, cada embestida una nota perfecta, el orgasmo construyéndose como un crescendo imparable.

El clímax llegó en avalancha. Primero yo, explotando alrededor de sus vergas, paredes contrayéndose, jugo chorreando por mis muslos, un grito gutural rasgando el aire. Ellos siguieron, turnándose para correrse: el rapado en mi panocha, caliente semen llenándome; el del pelo largo en mis tetas, chorros blancos pintando mi piel; el de la barba en mi boca, tragándome cada gota salada, espesa como crema.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Sus manos me acariciaban suave ahora, besos tiernos en hombros y frente. El mezcal olvidado en la mesa, la rola del Tri sonando bajito de fondo, "Piedras Rodantes" como eco de nuestra locura. Me sentía plena, empoderada, como si hubiera conquistado el mundo con mi cuerpo.

"Eres increíble, carnala", murmuró el de la barba, abrazándome. Sonreí en la penumbra, el olor a sexo y satisfacción impregnando todo. Sabía que esto era solo una noche, pero qué noche. Las rolas del Tri no solo eran canciones; eran esto, puro fuego vivo en mis venas.

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