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El Trío Fantasmal

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El Trío Fantasmal

La noche en la hacienda de tus abuelos caía como un manto pesado, cargado de ese olor a tierra mojada y jazmines silvestres que tanto te gustaba. Habías llegado esa tarde desde la Ciudad de México, huyendo del pinche estrés del jale, buscando un rato de paz en este rincón de Jalisco. La casa era enorme, con techos altos y muebles de madera oscura que crujían como si contaran chismes del pasado. Tú, sola con una botella de tequila reposado y tu playlist de cumbia rebajada, te sentiste chida por primera vez en meses.

Estabas en la recámara principal, la que tu abuela juraba que estaba embrujada. "Hay almas que no se van, mija", te decía siempre con esa risa pícara. Te quitaste el vestido ligero, quedando en brasier y tanga, y te tumbaste en la cama king size. El aire era fresco, pero algo te erizaba la piel, como un roce invisible. De repente, el viento sopló por la ventana entreabierta, trayendo un susurro que no era del todo viento. "Ven con nosotros, ricura", pareció decir.

Te incorporaste, el corazón latiéndote como tambor en fiesta. En la penumbra, tres figuras se materializaron al pie de la cama. Eran hombres, guapos como salidos de una novela de época: uno moreno alto con ojos negros profundos, otro rubio de ojos verdes como el agave, y el tercero trigueño con sonrisa de pendejo encantador. Vestidos con camisas abiertas y pantalones ajustados de fantasía, transparentes como niebla. No tenías miedo, neta, solo una curiosidad que te mojaba entre las piernas.

"¿Quiénes son ustedes, cabrones?", preguntaste, pero tu voz salió ronca, cargada de deseo. El moreno se acercó primero, su mano etérea rozando tu muslo. Frío al principio, pero calentándose como fuego lento. "Somos el trío fantasmal, mi reina. Tres almas atadas a esta hacienda, esperando a alguien como tú para romper la maldición del olvido". Sus palabras eran como miel, con acento ranchero que te ponía la piel china.

Te quedaste quieta, sintiendo cómo el aire se espesaba con su presencia. Olían a tabaco viejo, tequila añejo y algo salvaje, como monte después de la lluvia. El rubio se arrodilló junto a la cama, sus labios ghosteando tu cuello. "Déjanos mostrarte el placer que el mundo de los vivos te niega, mamacita". El trigueño rio bajito, su mano invisible deslizándose por tu vientre, deteniéndose en el borde de tu tanga. Todo consensual, todo invitándote a decir sí con cada roce.

¿Y si digo que sí? ¿Qué pasa si me dejo llevar por estos espectros calientes? Neta, nunca he probado algo así. Mi cuerpo ya palpita, quiere más.

Acto seguido, asentiste, y el mundo se volvió un torbellino de sensaciones. El moreno te besó primero, sus labios fríos que se volvían calientes al tocarte, saboreando a sal y deseo eterno. Su lengua exploraba tu boca con hambre de siglos, mientras el rubio lamía tu oreja, mordisqueando suave. "Estás deliciosa, wey", murmuró el trigueño, bajando tu brasier y chupando un pezón con una succión que te arqueó la espalda.

El principio fue lento, como un corrido que se calienta poquito a poquito. Te recostaron en las sábanas de algodón egipcio, frescas contra tu piel ardiente. El moreno se posicionó entre tus piernas, besando tu interior de muslos, inhalando tu aroma almizclado. "Hueles a mujer en celo, chula". Sus dedos etéreos separaron tus labios, rozando tu clítoris hinchado. Gemiste, el sonido rebotando en las paredes de adobe.

El rubio tomó tu mano, guiándola a su verga fantasmal, dura como piedra pero suave como seda. "Tócala, siente cómo te desea". La acariciaste, sorprendida por su calor pulsante, venas latiendo bajo tu palma. El trigueño se unió, lamiendo tu otro pecho, pellizcando el pezón con dientes que no herían, solo encendían. Tu mente giraba: Esto es una locura, pero qué chingón. Tres hombres perfectos, solo para mí, sin dramas ni celos.

La escalada vino como tormenta de verano. El moreno hundió su lengua en tu panocha, lamiendo jugos que fluían como tequila derramado. "¡Órale, qué rica estás!", gruñó, sorbiendo tu clítoris con maestría. Tus caderas se movían solas, frotándose contra su boca invisible pero real. El rubio te besaba profundo, tragando tus gemidos, mientras el trigueño metía dos dedos en ti, curvándolos justo en ese punto que te hace ver estrellas.

Sudor perlando tu frente, el olor de tu excitación mezclándose con el de ellos – tabaco, tierra y sexo puro. "Más, pendejos, no paren", suplicaste, y ellos obedecieron. Cambiaron posiciones fluidos como humo: el rubio ahora entre tus piernas, su verga rozando tu entrada. "¿Quieres que te coja, corazón?", preguntó, ojos brillando. "Sí, métemela toda", respondiste, empoderada en tu lujuria.

Entró despacio, llenándote centímetro a centímetro, su grosor estirándote delicioso. Gemiste alto, uñas clavándose en sábanas. El moreno se puso a tu lado, ofreciendo su miembro a tu boca. Lo chupaste ansiosa, saboreando su esencia salada, ectoplásmica pero adictiva. El trigueño masajeaba tus tetas, pellizcando, mientras besaba tu cuello. Ritmo building: embestidas profundas del rubio, succiones en su verga, roces everywhere.

Tu cuerpo temblaba, pulsos acelerados como tambores huicholes. Esto es el cielo, neta. Cada roce me quema, cada lamida me derrite. Cambiaron otra vez: el trigueño te penetró desde atrás, en cuatro patas, su verga golpeando profundo mientras el moreno lamía tu clítoris expuesto. El rubio en tu boca, follándotela suave. Sonidos: chapoteos húmedos, gemidos roncos, piel contra piel fantasmal que se sentía más real que nada.

La tensión crecía, ovillos en tu vientre. "Me vengo, carnales", gritaste, y explotaste en oleadas, jugos chorreando, músculos contrayéndose alrededor de él. Ellos no pararon, prolongando tu orgasmo con maestría. Luego, rotaron: moreno en tu coño, rubio en tu culo – lubricado por tu propia humedad, todo suave, consensuado. "¡Sí, así, fóllenme las dos!", exigiste, sintiendo plenitud total.

El trigueño en tu boca, los tres moviéndose en sincronía perfecta, como si hubieran practicado eternidades. Olores intensos: semen fantasmal preacum, tu sudor dulce, jazmines invadiendo. Tacto: vergas palpitantes, dedos en tu piel, lenguas en cada rincón. Sonidos: "¡Qué chingona eres!", "Córrete con nosotros, reina".

El clímax grupal llegó como avalancha. Tú primero, gritando en éxtasis, cuerpo convulsionando. Ellos eyacularon dentro y sobre ti, chorros calientes que se evaporaban en niebla perfumada, dejando solo placer puro sin messes. Colapsaste, jadeante, ellos acurrucados a tu alrededor, caricias post-sexo suaves como brisa.

En el afterglow, el moreno susurró: "Gracias, mija. Nos has liberado un poquito más". Se desvanecieron al amanecer, dejando la habitación tibia, sábanas revueltas y tu cuerpo saciado como nunca. Te estiraste, sonriendo pícara. ¿Volverán? Órale, que sí. Esta hacienda ahora es mi paraíso secreto.

Te levantaste, piel aún hormigueando, sabor a ellos en tus labios. Afuera, el sol pintaba los viñedos de oro, y tú supiste que habías encontrado algo más que paz: un trío fantasmal que te había despertado de verdad.

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