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Cincuenta Intentos Por Desnudarme

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Cincuenta Intentos Por Desnudarme

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a jazmín fresco, con esa brisa cálida que se colaba por las ventanas abiertas de nuestra villa. Marco y yo acabábamos de llegar de cenar mariscos en la playa, con el estómago lleno de ceviche picante y un par de micheladas que nos tenían medio mareados de risa. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mis caderas, lo miré con picardía mientras él cerraba la puerta.

Órale, güey, ¿y si jugamos a algo chido? le dije, quitándome los tacones y sintiendo el piso de mármol fresco bajo mis pies. Marco, mi moreno de treinta, con esos ojos cafés que me derriten y el torso marcado bajo la camisa blanca, se acercó con esa sonrisa de pendejo enamorado.

—¿Qué traes en mente, mamacita? —preguntó, su voz ronca rozándome la piel como una caricia.

Me recargué en la barra de la cocina, el granito frío contra mi espalda baja, y saqué mi celular.

—Mira esto, leí en un foro gringo de juegos calientes: "50 try to usd". ¿Sabes qué significa? Cincuenta intentos para desvestirme. Si no lo logras en cincuenta toques, te quedas sin nada esta noche.
El aire se cargó de electricidad, su mirada bajando por mis pechos que subían y bajaban con anticipación. Olía a su colonia cítrica mezclada con el sudor ligero de la noche húmeda.

Acto uno: la provocación. Él aceptó el reto con un gruñido juguetón, sus manos grandes acercándose a los tirantes de mi vestido. Primer intento: rozó el hombro izquierdo, deslizando el dedo, pero no se soltó. Falló, pensé, riendo mientras lo empujaba suave. Regla del juego: cada fallo, un beso en el lugar que yo dijera. Besó mi cuello, su lengua tibia saboreando mi sal, enviando chispas directo a mi entrepierna.

Segundo, tercero... Diez intentos y el vestido seguía intacto, pero mi piel ardía. Sus dedos jugaban con el borde del escote, rozando la curva de mis senos, el roce del tejido contra mis pezones endurecidos. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclada con el lejano romper de olas. Yo gemía bajito, pinche Marco, me estás volviendo loca, mi humedad creciendo, empapando mis bragas de encaje.

Veinte intentos. Ahora estaba de rodillas frente a mí, manos en mis muslos, subiendo lento por la piel suave, oliendo mi excitación que se filtraba como perfume almizclado. Intentó jalar la cremallera trasera, pero se atoró adrede, creo. Fallo. Beso en el ombligo: su boca caliente succionando, lengua danzando, mis piernas temblando. Quería que me cogiera ya, pero el juego avivaba el fuego, cada toque un pulso en mi clítoris hinchado.

La tensión subía como la marea. En el medio acto, nos movimos al sofá de cuero blanco, yo sentada en el borde, piernas abiertas lo justo para tentarlo. Treinta intentos. Sudor perlando su frente, goteando en mi escote cuando se inclinó. Sus dedos enganchados en el dobladillo del vestido, tirando arriba, revelando mis muslos bronzeados. Casi... pero no.

—Cuarenta y nueve left, baby —murmuró en spanglish, recordando el "50 try to usd" que yo había traducido como nuestro juego privado.

Mi mente era un torbellino: su verga debe estar a reventar en esos jeans, la siento presionando mi rodilla cada vez que se acerca. Olía a sexo inminente, a mi jugo dulce y a su pre-semen filtrándose. Cuarenta intentos: logró bajar un tirante, exponiendo mi hombro y parte de mi teta izquierda, pezón rosado erecto. Lo lamí yo misma, provocándolo, mientras él jadeaba. El tacto de su barba incipiente raspando mi piel sensible, sonido de succión cuando besó el pezón como castigo por el fallo siguiente.

Emocionalmente, era más que piel: recordaba nuestra primera noche aquí, hace un año, cuando él me confesó que yo era su chava perfecta, curvas mexicanas que lo volvían loco. Ahora, este juego desnudaba no solo mi cuerpo, sino nuestras ansias reprimidas del día. Cada roce era una promesa, cada fallo un te quiero más susurrado. Mis uñas arañando su nuca, tirando su pelo negro, guiándolo más abajo.

Cincuenta menos diez: la cremallera cedió un poco, el vestido abriéndose como una flor al amanecer. Su mano se coló dentro, rozando mi cadera desnuda, dedos rozando el borde de mis bragas. ¡Ay, cabrón! Grité cuando falló de nuevo, pero lo premié con mi boca en la suya, lenguas enredadas, sabor a tequila y menta. El sofá crujía bajo nosotros, el aire espeso con gemidos ahogados.

Últimos intentos. Mi corazón latía como tambor en fiesta, pulso en mis venas hinchadas. Cuarenta y nueve: tiró del vestido hacia abajo, senos libres al fin, rebotando pesados y firmes. Los amasó, pulgares en pezones, tirones suaves que me arqueaban la espalda. Fallo técnico —no todo el vestido—. Beso en cada teta, mordidas juguetones que dolían rico.

Cincuenta. El vestido cayó al piso en un susurro de seda, yo desnuda salvo bragas, piel erizada, pechos agitados. Me ganó, pensé triunfante. Lo jalé a mí, desabrochando su camisa con furia, sintiendo el calor de su pecho velludo, músculos contraídos. Sus jeans volaron, verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante, gota perlada en la punta.

Acto final: liberación. En el piso alfombrado, alfombra persa suave bajo mi espalda, él encima, besos feroces.

—"Te gané en 50 try to usd, ¿verdad?"
reí entre jadeos. Su boca bajó por mi vientre, lengua trazando el camino a mi panocha empapada. Olía a mí, a deseo puro, sabor salado dulce cuando lamió mis labios mayores, chupando el clítoris con maestría. Gemí alto, ¡chinga, Marco, no pares! Caderas alzadas, dedos en su pelo, olas de placer rompiendo.

Lo volteé, cabalgándolo. Su verga entrando lento, estirándome delicioso, cada vena rozando mis paredes internas. Ritmo building: lento, profundo, luego rápido, piel chocando con palmadas húmedas. Sudor goteando de su pecho al mío, mezclándose. Sonidos: mis gritos "¡más, pendejo!", sus gruñidos animales, camas no, piso testigo de nuestro frenesí.

Clímax: lo apreté con mis músculos, ordeñándolo, él explotando dentro, chorros calientes llenándome, mi orgasmo siguiéndolo en espasmos, visión borrosa, estrellas. Colapsamos, entrelazados, respiraciones sincronizadas. Después, afterglow: caricias perezosas, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Olía a sexo satisfecho, a nosotros.

Este juego nos unió más, pensé, besando su frente. Mañana, playa otra vez, pero esta noche, piel con piel, el mar susurrando afuera. Perfecto.

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