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Disfraces Para Tríos Ardientes

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Disfraces Para Tríos Ardientes

Imagina que es una noche de viernes en tu depa de la Roma, con el ruido de la ciudad colándose por la ventana entreabierta. El aire huele a tacos de la esquina y a ese incienso de vainilla que prendiste para ambientar. Tú, sentada en el sillón con las piernas cruzadas, miras a Marco y a Sofía, tus dos carnales más cercanos. Marco, tu morro de ojos cafés y sonrisa pícara, trae una chela en la mano, y Sofía, esa morra de curvas que te hace suspirar cada vez que se mueve, está recargada en la barra de la cocina, con su blusa escotada que deja ver justo lo suficiente.

¿Por qué no le entramos a algo más heavy? piensas, mientras el calor sube por tu pecho. Han platicado de esto mil veces: un trío para romper la rutina, algo consensual y chingón entre adultos que se quieren. Sofía suelta una risita. “Órale, wey, busquemos disfraces para tríos. Algo que nos prenda de una”, dice con esa voz ronca que te eriza la piel. Marco asiente, saca su cel y en Google escribe exactamente eso: disfraces para tríos. Salen un chorro de opciones sexys: enfermeras cachondas, policías dominantes, demonios y ángeles enredados.

El corazón te late más rápido cuando eligen: tú serás la sexy policía con cachucha y esposas de juguete, Marco el preso musculoso con cadenas falsas, y Sofía la abogada traviesa en falda corta y blusa transparente. Los piden express, y en menos de una hora llegan. El paquete cruje al abrirse, oliendo a plástico nuevo y tela sintética que promete rozar como seda contra la piel. Te vas al baño a cambiarte, el espejo te devuelve una imagen que te moja al instante: el uniforme ajustado marca tus chichis y tu culo redondo, las medias de red suben por tus muslos suaves.

Acto primero: la tensión. Sales y ellos ya están listos. Marco, con el overol rasgado que deja ver su pecho velludo y marcado, te mira como si quisiera devorarte.

“Oficial, ¿me va a castigar por portarme mal?”
dice, con voz grave que vibra en tu clítoris. Sofía, con tacones que la hacen ver como diosa, se acerca rozando tu brazo. “Déjame defenderlo, mami. O mejor, únete al juicio”. El aire se carga de electricidad, sus respiraciones pesadas mezclándose con el zumbido del ventilador. Tocan tu piel con dedos juguetones, explorando el borde de tu falda, pero se detienen. Necesitamos subir la temperatura poquito a poquito, piensas, saboreando el anticipio que hace que tu concha palpite.

La cocina se convierte en el juzgado improvisado. Sofía “defiende” a Marco, inclinándose sobre la mesa de granito fría, su perfume floral invadiendo tus fosas nasales. Tú, como policía, lo esposas las manos a la silla, el clic metálico falso retumba como promesa. Tus tetas rozan su cara al acercarte, sientes su aliento caliente en tu escote, oliendo a menta de su chicle. Qué rico huele este pendejo cuando está cachondo. Sofía se pega a tu espalda, sus manos bajan por tus caderas, apretando suave. “¿Lo declaro culpable de hacernos mojar?” susurra en tu oreja, mordisqueándola. El roce de su lengua te hace gemir bajito, un sonido que llena la habitación como música prohibida.

Pasan al sillón, el cuero cruje bajo sus cuerpos. Marco lucha juguetón contra las esposas, sus músculos tensos brillando con un poco de sudor que huele salado y masculino. Tú te sientas en su regazo, sintiendo su verga dura presionando contra tu entrepierna a través de la tela delgada. Dios, qué chingona se siente. Sofía se arrodilla entre sus piernas, desabrochando tu blusa con dientes, exponiendo tus pezones erectos al aire fresco. Los lame despacio, círculos húmedos que mandan chispas por tu espina. Sabes a sal y deseo cuando ella chupa, su boca caliente succionando mientras Marco gime “Neta, cabronas, me van a matar de placer”.

Acto segundo: la escalada. El calor sube como fiebre. Te quitas la falda, quedando en tanga negra que se empapa más con cada roce. Sofía te empuja suave al piso, alfombra mullida bajo tus rodillas. Su piel es como terciopelo caliente, piensas mientras besas su cuello, lamiendo el sudor que perla ahí, sabor a vainilla y excitación. Marco se libera de las esposas –todo es juego, consentimiento puro– y se une, sus manos grandes amasando tus nalgas mientras Sofía te come la boca. Lenguas enredadas, saliva dulce mezclándose, sonidos chapoteantes que ahogan los carros de afuera.

Te recuestan en el sillón, piernas abiertas. Marco baja su cabeza entre tus muslos, inhalando profundo. “Hueles a miel pura, mi reina”, murmura antes de lamer tu clítoris hinchado. La lengua áspera gira, chupa, penetra suave, mientras tus jugos corren por su barbilla. Sofía se sube a horcajadas en tu cara, su concha depilada rozando tus labios. Qué chida, tan suave y mojada. La pruebas, salada y dulce, lamiendo pliegues que palpitan. Ella gime alto,

“¡Ay, wey, qué buena lengua tienes!”
, montándote como vaquera salvaje, sus tetas rebotando al ritmo.

La intensidad crece. Marco se endereza, su pija gruesa y venosa apuntando al techo, goteando precum que brilla. Sofía la agarra, masturbándola lento mientras tú la chupas desde abajo, labios estirados alrededor del glande, sabor almendrado en tu lengua. Él gruñe, caderas empujando suave, follándote la boca con cuidado. Esto es puro fuego, neta. Cambian posiciones: tú de rodillas, Marco embistiéndote por atrás, su verga llenándote centímetro a centímetro, rozando paredes sensibles que te hacen arquear. El slap slap de piel contra piel retumba, sudor chorreando, mezclando olores a sexo crudo y perfume.

Sofía debajo de ti, lamiendo donde se unen, su lengua rozando tu clítoris y las bolas de él. “¡Más duro, cabrón, hazla gritar!” pide ella, dedos en tu culo juguetones. El clímax se acerca como tormenta: pulsos acelerados, respiraciones jadeantes, el cuarto oliendo a orgasmo inminente. Marco acelera, folladas profundas que te sacuden, voy a explotar. Sofía se frota contra tu muslo, viniéndose primero con un alarido que te vibra en los huesos, jugos calientes mojando tu piel.

Acto tercero: la liberación. Tú llegas al borde, concha contrayéndose alrededor de Marco, ordeñándolo. “¡Me vengo, pinches!” gritas, olas de placer rompiéndote, visión borrosa, cuerpo temblando. Él se sale, eyaculando chorros calientes en tu espalda, semen espeso resbalando tibio. Sofía te besa, tragándose tus gemidos post-orgasmo, mientras los tres colapsan en un enredo sudoroso.

El afterglow es puro paraíso. Acostados, pieles pegajosas, el ventilador secando el sudor lentamente. Marco acaricia tu pelo, qué chingón estuvo. Sofía ríe bajito, “Esos disfraces para tríos fueron la neta, carnales. Repetimos cuando quieran”. Cierras ojos, saboreando el eco del placer en tu cuerpo, el corazón latiendo tranquilo ahora. La noche se funde en besos suaves, promesas de más aventuras, con el aroma a sexo lingering en el aire como recuerdo eterno.

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