La Frase del Tri Mama Prende la Tele
Era viernes por la noche en el depa chido de la colonia Roma, con el Tricolor jugando contra los gringos en el Azteca. Yo, Luis, estaba recargado en el sofá de piel, con una fría en la mano, sintiendo el pinche nerviosismo del partido subiéndome por la espalda como corriente eléctrica. Ana, mi morra, mi mama como le decía yo de cariño por esas curvas que me volvían loco, andaba por la cocina preparando unos guacs y unas cheves más. Llevábamos tres años juntos, y cada vez que prendíamos la tele para ver al Tri, la cosa terminaba enredándonos como fieras.
—¡Mamá prende la tele wey! —le grité juguetón, recordando esa frase del Tri que se había hecho viral en las redes, de un video viejo donde un compa ebrio gritaba eso en un bar para ver el gol.
Ana soltó una carcajada que retumbó en la cocina, su voz ronca y juguetona como siempre. Salió meneando las caderas enfundadas en unos shorts de mezclilla que apenas le cubrían el culo redondo y prieto. Su blusa escotada dejaba ver el valle entre sus chichis grandes y firmes, oliendo a esa loción de vainilla que me ponía cachondo al instante. Se paró frente al tele, el control en la mano, y me miró por encima del hombro con ojos pícaros.
—Ya mero, pendejo. Pero si el Tri mete gol, tú me das lo que yo quiera —dijo, mordiéndose el labio inferior mientras oprimía el botón. La pantalla cobró vida con el rugido del estadio, el narrador gritando ¡vamos México! El aire se llenó del olor a limón de los guacs y el humo leve del incienso que siempre prendía ella para ambientar.
Nos sentamos pegaditos, su muslo caliente rozando el mío, piel contra piel. Cada vez que el balón volaba, su mano se apretaba en mi pierna, subiendo poquito a poco. Yo sentía mi verga endureciéndose bajo los jeans, el pulso latiéndome en las sienes. El primer tiempo voló entre goles fallidos y abrazos que se volvían besos húmedos, su lengua saboreando a tequila de la chela que compartíamos.
Al minuto 35, un contragolpe del Tri nos puso de pie. Ana saltó sobre mí, sus chichis aplastándose contra mi pecho, el sudor fresco de su cuello goteándome en la boca cuando la besé ahí. Qué rica, pensé, inhalando su aroma almizclado mezclado con el del estadio que salía de los bocinas. Mis manos bajaron a su cintura, apretando esa carne suave que temblaba bajo mis dedos.
El medio tiempo llegó como salvación. El tele mostraba repeticiones, pero nosotros ya no veíamos na. Ana me empujó contra el sofá, montándose a horcajadas sobre mis piernas. Sus ojos ardían, pupilas dilatadas como pozos negros.
—Frase del Tri mama prende la tele, pero ahora yo te prendo a ti —murmuró, su aliento caliente en mi oreja, mientras desabrochaba mi chamarra y metía las manos por debajo de mi playera. Sus uñas arañaron mi pecho, enviando chispas directo a mi entrepierna.
Yo gemí bajito, el sonido del comentarista de fondo ahogándose en mi garganta. Le quité la blusa de un jalón, liberando esos senos perfectos que rebotaron libres, pezones duros como piedras morenas. Me lancé a mamarlos, chupando fuerte, saboreando el salado de su piel sudada. Ana arqueó la espalda, un ¡ay cabrón! escapando de sus labios rojos. Su pelo negro caía en cascada sobre mis hombros, oliendo a shampoo de coco.
Mis manos bajaron a sus shorts, desabrochándolos con dedos torpes de pura urgencia. Ella se levantó un segundo, solo para quitárselos junto con la tanga de encaje rojo, quedando desnuda frente a mí. Su coño depilado brillaba húmedo, el olor a excitación invadiendo el aire como feromonas. Se arrodilló entre mis piernas, desabrochándome los jeans con dientes y dedos expertos.
—Mírate, todo duro por mí —dijo, sacando mi verga gruesa y venosa, palpitante en su mano cálida. La escupió, lubricándola, y empezó a pajearme despacio, el sonido chapoteante mezclándose con los aplausos del Azteca en la tele. Luego, su boca caliente la envolvió, lengua girando alrededor del glande, succionando como si quisiera sacarme el alma. Yo me recargué, ojos entrecerrados, sintiendo cada vena latiendo contra su paladar suave.
No aguanto más, pensé, el calor subiendo por mi espina. La jalé del pelo suave, poniéndola de pie. La volteé, empinando su culo perfecto contra el respaldo del sofá. Le separé las nalgas, admirando ese ano rosado y el coño chorreante. Escupí en mi mano, unté mi verga, y la embestí de un solo empujón. Ana gritó de placer, ¡chíngame duro pinche Luis!, sus paredes internas apretándome como guante de terciopelo húmedo.
Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose adentro y afuera, el jugo de ella corriéndome por los huevos. El sofá crujía bajo nosotros, piel chocando contra piel con palmadas resonantes. Su aroma a mujer en celo me volvía loco, mezclado con el sudor que nos empapaba. Giré su cara para besarla, lenguas enredadas, mordiéndonos los labios hasta saborear sangre dulce.
Aceleré, mis caderas martillando, sus gemidos convirtiéndose en alaridos que tapaban el segundo tiempo del partido. ¡Gol del Tri! gritó el tele, pero nosotros ya estábamos en nuestro propio estadio. Ana temblaba, sus muslos apretándome, uñas clavándose en mis brazos.
—Me vengo, córrete conmigo mama —jadeó ella, su voz quebrada. Yo sentí el orgasmo construyéndose, bolas apretadas, verga hinchándose dentro de ella. Un último embiste profundo, y explotamos juntos. Su coño se contrajo en espasmos, ordeñándome, mientras yo la llenaba de leche caliente, chorro tras chorro. El placer me cegó, un rugido gutural saliendo de mi pecho, su cuerpo convulsionando contra el mío.
Nos quedamos pegados, jadeando, el sudor chorreándonos por la espalda. El tele seguía con el partido, el Tri ganando 2-1. Ana se volteó, besándome lento, su lengua perezosa ahora. Me miró con ojos vidriosos, una sonrisa satisfecha.
—La mejor frase del Tri mama prende la tele de todas —susurró, acurrucándose en mi pecho. Yo la abracé, sintiendo su corazón latiendo contra el mío, el afterglow envolviéndonos como sábana tibia. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en nuestro mundo, todo era perfecto. El partido terminó con victoria, pero la verdadera goleada fue nuestra.