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La Mujer Diabolica del Tri

7119 palabras

La Mujer Diabolica del Tri

Entré al antro esa noche con el corazón latiéndome a todo lo que daba, el sonido de las guitarras de El Tri retumbando en mis huesos como un trueno en el pecho. Era uno de esos conciertos en el Vive Cuervo, en la Ciudad de México, donde el aire huele a cerveza fría, sudor fresco y esa emoción que te eriza la piel. Yo, un carnal de treinta tacos bien puestos, fan de hueso colorado de la banda desde que era morrillo, no me imaginaba que esa noche iba a toparme con ella: la mujer diabólica hecha carne, viva y ardiente.

La vi desde el fondo del salón, recargada en la barra con una chela en la mano, moviendo las caderas al ritmo de "Triste Canción de Amor". Su falda negra ajustada subía y bajaba como una ola negra, revelando muslos morenos y firmes que brillaban bajo las luces estroboscópicas. Cabello negro largo hasta la cintura, ojos pintados de kohl que te clavaban como dagas, y unos labios rojos que prometían pecados. Neta, era como si El Tri la hubiera invocado con su rola "Mujer Diabólica". Me quedé pasmado, el pulso acelerado, sintiendo un calor que me subía desde las bolas hasta la garganta.

¿Qué chingados hace esta diosa aquí sola? ¿Será que el destino me la mandó para joderme la cordura?

Me acerqué, empujando entre la multitud que brincaba y gritaba "¡Puro pa' delante!". Ella volteó, me midió de arriba abajo con una sonrisa pícara, y dijo: "Órale, carnal, ¿vienes a rockear o nomás a ver?". Su voz era ronca, como gravel mezclado con miel, y olía a vainilla y tabaco, un aroma que me mareó. Le contesté que era fan de El Tri, que su "Mujer Diabólica" siempre me ponía la piel chinita. Se rio, una carcajada que vibró en mi pecho, y me jaló de la camisa para pegarme a ella. Sus tetas rozaron mi torso, firmes y calientes bajo la blusa escotada, y sentí su aliento cálido en mi oreja: "Pues yo soy esa mujer diabólica del Tri, ¿qué vas a hacer al respecto?".

La banda tocaba "Abuso de Autoridad", el bajo retumbando en el piso como un latido compartido. Bailamos pegados, sus nalgas presionando contra mi verga que ya se paraba dura como fierro. Sudábamos juntos, el olor salado de su piel mezclándose con el mío, sus manos recorriendo mi espalda baja, clavándome las uñas suaves. Cada roce era electricidad, cada mirada un desafío. Me susurraba al oído: "Neta, cabrón, me traes loca con esa mirada de lobo". Yo la besé ahí mismo, en medio del desmadre, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y limón fresco, chupando y mordiendo como si quisiera devorarme.

El concierto terminó en un clímax de aplausos y chiflidos, pero nuestra fiesta apenas empezaba. La invité a mi depa en Polanco, un lugar chido con vista a los luces de la refa, y ella aceptó con un guiño: "Llévame, pero no creas que soy fácil, pendejo". En el taxi, sus manos ya exploraban: metió una bajo mi chamarra, pellizcando mis pezones hasta que gemí bajito, mientras lamía mi cuello dejando un rastro húmedo y caliente. Yo le subí la falda, sintiendo el calor de su concha a través de las calzas, mojada ya, palpitante. "Estás chingón de caliente", le dije, y ella rio: "Pos claro, wey, soy la diabólica".

Acto dos: la escalada. Llegamos al depa y ni tiempo de encender la luz. La pegué a la puerta, arrancándole la blusa con un jalón, exponiendo sus chichis perfectos, pezones oscuros y duros como piedras preciosas. Los chupé con hambre, sintiendo su sabor salado y dulce, mientras ella me clavaba las uñas en el cuero cabelludo, gimiendo "¡Ay, cabrón, así!". Sus manos bajaron a mi pantalón, liberando mi verga tiesa, palpitante, y la masturbó lento, el sonido de su piel contra la mía como un ritmo de tambor. Olía a sexo puro, a feromonas que llenaban el aire.

Esta morra me va a matar de placer, neta. Su cuerpo es fuego, y yo soy la leña seca.

La cargué a la cama, quitándole la falda y las calzas de un tirón. Su concha depilada brillaba de jugos, rosada e hinchada, invitándome. Le abrí las piernas, besando sus muslos internos, lamiendo hasta llegar al clítoris que succioné suave, haciendo que arqueara la espalda y gritara "¡Chíngame ya, pinche diablo!". Su sabor era almíbar ácido, adictivo, y sus jugos me empapaban la cara mientras introducía dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Ella se retorcía, sus tetas rebotando, el sudor perlándole la piel morena, oliendo a deseo crudo.

Pero ella no era pasiva. Me volteó como si nada, montándome a horcajadas, su coño rozando mi pija sin entrar aún, torturándome con ese calor húmedo. "Soy la mujer diabólica del Tri", murmuró, guiando mi verga a su entrada. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, su interior apretado y ardiente envolviéndome como terciopelo mojado. Gemí fuerte, sintiendo cada vena suya pulsando contra mí. Cabalgó lento al principio, sus caderas girando en círculos hipnóticos, pechos saltando, uñas arañando mi pecho dejando marcas rojas que ardían delicioso.

La intensidad subió: la puse en cuatro, embistiéndola fuerte, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos y el eco lejano de la ciudad. Su culo perfecto rebotaba, y le metí un dedo en el ano, suave, haciendo que chillara de placer. "¡Más, wey, no pares!", rogaba, empapando las sábanas. Yo sentía el orgasmo construyéndose, bolas tensas, corazón desbocado, su olor a sudor y corrida envolviéndome. Cambiamos posiciones, ella encima de nuevo, cabalgando salvaje, gritando versos de "Mujer Diabólica" entre gemidos: "¡Me traes loca, pinche Tri!".

El clímax nos golpeó como un solo de guitarra. Ella se vino primero, su concha contrayéndose alrededor de mi verga como un puño caliente, chorros de jugo caliente salpicando mi pubis mientras aullaba mi nombre. Yo la seguí, explotando dentro de ella, chorros calientes llenándola, el placer cegador, pulsos interminables que me dejaron temblando. Colapsamos juntos, sudorosos, pegajosos, respirando agitados.

En el afterglow, recostados con las piernas enredadas, ella trazaba círculos en mi pecho con la uña, oliendo a sexo satisfecho y piel calmada. "Neta, carnal, fuiste el mejor polvo de mi vida", dijo con voz perezosa. Yo la besé suave, saboreando sus labios hinchados. Hablamos de El Tri, de conciertos pasados, de cómo esa noche nos había unido como un ritual rocanrolero. No hubo promesas, solo esa conexión profunda, empoderadora, donde ambos nos dimos todo sin reservas.

La mujer diabólica del Tri no era un mito. Era real, y me había marcado para siempre con su fuego.

Al amanecer, se fue con un beso y un "Nos vemos en el próximo desmadre", dejándome con el sabor de ella en la piel y el alma en llamas. Esa noche cambió algo en mí: ahora cada rola de la banda me trae su recuerdo, su calor, su diablura consensual y ardiente.

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