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El Tremendo Trio XXX

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El Tremendo Trio XXX

Era una noche calurosa en Puerto Vallarta, de esas que te envuelven con el aroma salado del mar y el susurro de las olas rompiendo en la playa privada del resort. Yo, Ana, acababa de cumplir treinta, con mi piel morena brillando bajo las luces tenues de la terraza, mi vestido rojo ceñido marcando cada curva que Marco, mi carnal de cinco años, no se cansaba de recorrer con la mirada. A su lado, Luis, su compadre de la uni, alto, fornido, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble pero del bueno. Habíamos llegado esa tarde, escapando del ajetreo de la CDMX, listos para unas vacaciones que prometían ser chidas.

Estábamos en la piscina infinita, con mojitos en la mano, el hielo tintineando contra el vidrio empañado por el vapor de nuestras risas. Marco me jaló hacia su regazo, sus manos grandes subiendo por mis muslos, rozando la piel sensible detrás de las rodillas. Pinche Marco, siempre tan directo, pensé, mientras mi cuerpo respondía con un cosquilleo que se extendía hasta el centro de mí. Luis nos observaba, sus ojos oscuros devorándome sin disimulo, y en lugar de celos, vi en Marco un brillo de complicidad. "Órale, güey, ¿ya te late lo que estoy pensando?", le dijo Marco a Luis, guiñándome un ojo.

¿Qué carajos? Mi pulso se aceleró. No era la primera vez que fantaseábamos con algo así, pero ¿aquí, ahora? El calor entre mis piernas ya era innegable, un pulso húmedo que me hacía apretar los muslos.

Luis se acercó, su colonia fresca mezclándose con el olor a coco de mi loción. "Simón, carnal. Ana, ¿tú qué dices? ¿Le entramos al tremendo trío XXX que tanto hemos platicado?" Su voz grave vibró en mi pecho, y sentí el roce de su rodilla contra la mía bajo el agua. No hubo dudas; el deseo era mutuo, eléctrico. Asentí, mordiéndome el labio, y Marco soltó una carcajada ronca. "¡Esa es mi reina! Vamos a mi suite, antes de que nos corran por escándalo."

Subimos al elevador, el aire cargado de anticipación. Marco me besó primero, su lengua invadiendo mi boca con sabor a ron y menta, mientras Luis presionaba su cuerpo contra mi espalda, sus manos en mis caderas guiándome. El ding del elevador fue como un disparo de salida. Entramos a la suite, luces bajas, la cama king size invitando con sábanas blancas crujientes. El balcón abierto dejaba entrar la brisa marina, perfumada con jazmín del jardín abajo.

Me giré hacia ellos, el corazón latiéndome en la garganta. "Vengan, pendejos, no se queden ahí como tontos", les dije con voz juguetona, quitándome el vestido de un tirón. Quedé en tanga roja y nada más, mis pechos libres, pezones endurecidos por el aire fresco. Marco gruñó, desabrochándose la camisa con prisa, revelando su pecho tatuado y abdomen marcado por horas en el gym. Luis se desvistió más lento, provocador, su verga ya semi-dura marcando los boxers, gruesa y prometedora.

Me tiraron a la cama, riendo. Marco se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando hasta lamer el encaje de mi tanga. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, y él inhaló profundo. "Qué rica hueles, mi amor". Sus dedos apartaron la tela, exponiendo mi panocha depilada, hinchada y lista. Su lengua plana lamió desde el clítoris hasta el ano, un trazo largo que me hizo arquear la espalda. ¡Chingado, qué bueno! Gemí, mis uñas clavándose en las sábanas.

Luis se subió a la cama, su verga ahora fully erecta, venosa y palpitante. La tomó en su mano, masturbándose lento mientras me veía. "Mírala, Marco, tu vieja está que arde". Se acercó a mi rostro, y abrí la boca instintivamente, saboreando la piel salada de su glande, el pre-semen perlado en la punta. Chupé con hambre, mi lengua girando alrededor del frenillo, mientras Marco metía dos dedos en mí, curvándolos contra mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos ahogados por la verga de Luis.

Esto era más que sexo; era liberación. Sentirme tan deseada por dos hombres que me respetaban, que me veían como diosa. Mi mente giraba con flashes de fantasías pasadas, pero esto era real, tangible, tremendo.

Cambiaron posiciones con fluidez, como si lo hubieran ensayado. Luis se colocó debajo de mí, su verga alineada con mi entrada. Bajé despacio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué verga tan gruesa! Grité cuando toqué fondo, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Marco se paró frente a mí, ofreciendo su polla dura como acero. La tomé en la boca, sincronizando el ritmo: subir y bajar en Luis, chupar y soltar a Marco. El slap de carne contra carne, el olor a sudor masculino mezclado con mi jugo, el sabor salado en mi lengua... todo era sinfonía erótica.

Luis me agarraba las nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano con lubricante natural de mis fluidos. "¿Quieres más, Ana? ¿Todo?" Asentí frenética, y él presionó, introduciendo la yema. La doble penetración incipiente me volvió loca; oleadas de placer subiendo desde el estómago. Marco me follaba la boca con gentileza, sus bolas golpeando mi mentón, su mano en mi pelo guiando sin forzar.

El clímax se acercaba como marea alta. Cambiamos otra vez: yo de rodillas, Marco detrás embistiéndome vaginal con fuerza, sus caderas chocando mis glúteos en palmadas resonantes. Luis debajo, lamiendo mi clítoris expuesto y las bolas de Marco. Sentía sus lenguas alternando, uno dentro, el otro fuera. "¡Ya, cabrones, no aguanto!", grité, mi voz ronca. El orgasmo explotó: temblores violentos, mi panocha contrayéndose en espasmos, chorros calientes salpicando la cara de Luis. Ellos no pararon; Marco gruñó primero, llenándome con su leche caliente, pulsos que sentía chorrear por mis muslos. Luis se levantó, eyaculando en mi pecho, chorros blancos calientes marcando mi piel como trofeos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose al unísono. El aire olía a sexo crudo: semen, sudor, mi esencia. Marco me besó la frente, "Te amo, mi reina. Eso fue chingo tremendo". Luis limpió mi pecho con la lengua, juguetón, "Gracias por el tremendo trío XXX, Ana. Eres fuego puro". Reí, exhausta pero plena, mi cuerpo zumbando en afterglow.

En ese momento, supe que esto nos unía más. No era solo placer carnal; era confianza, aventura compartida. Mañana, playa y más, pero esta noche era nuestra eternidad.

Nos duchamos juntos después, jabón espumoso deslizándose por pieles sensibles, risas y besos suaves bajo el chorro caliente. Salimos al balcón, envueltos en albornoz, mirando las estrellas sobre el Pacífico. El mar susurraba aprobación, y yo me acurruqué entre mis dos hombres, el corazón lleno, el alma satisfecha. Puerto Vallarta nos había regalado más que vacaciones; nos dio un recuerdo indeleble, un lazo forjado en éxtasis mutuo.

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