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Ado Tri Desnuda

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Ado Tri Desnuda

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de lino en la terraza del hotel en Playa del Carmen, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía brillar la piel morena de Tri. Tú, Ado, la mirabas desde la hamaca, con el corazón latiéndote fuerte como tambor de mariachi. Hacía meses que no se veían, desde que ella se fue a Monterrey por trabajo, y ahora aquí estaban, solos en este paraíso caribeño. Tri, con su metro setenta de curvas perfectas, ese culo redondo que te volvía loco y unas tetas firmes que pedían ser tocadas, se estiraba como gata perezosa, solo con un pareo transparente atado a la cadera.

Órale, wey, ¿por qué carajos tardaste tanto en llegar? te dijo con esa voz ronca, juguetona, mientras se acercaba contoneándose. El aroma de su loción de coco te golpeó primero, dulce y tropical, mezclado con el salitre del mar que entraba por la brisa. Te levantaste, sintiendo ya el bulto en tus shorts, y la abrazaste fuerte, tus manos bajando por su espalda suave hasta apretar esas nalgas que tanto extrañabas.

—Neta, Tri, me tenías bien puesto desde el aeropuerto —murmuraste contra su cuello, inhalando su olor a mujer caliente, ese perfume natural de sudor ligero y deseo contenido.

Ella rio bajito, un sonido que te erizaba la piel, y te mordió el lóbulo de la oreja.

—Pues ándale, Ado, no seas pendejo, muéstrame cuánto me extrañaste.
Sus labios carnosos rozaron los tuyos, su lengua juguetona asomando, saboreando a menta fresca de su chicle. El beso empezó suave, exploratorio, pero pronto se volvió hambriento, con lenguas enredándose como si quisieran devorarse. Sentías su corazón acelerado contra tu pecho, sus pezones endurecidos pinchando tu piel a través de la tela fina.

La levantaste en brazos sin esfuerzo —gracias a tus horas en el gym— y la llevaste adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a anticipación. La tumbaste despacio, admirando cómo el pareo se abría revelando su coñito depilado, reluciente ya de humedad. Mierda, qué chingona estás, pensaste, mientras ella se lamía los labios mirándote con ojos de fuego.

Acto uno apenas comenzaba: la tensión del reencuentro, ese pulso entre lo que decían y lo que sus cuerpos gritaban. Tri se incorporó sobre los codos, su melena negra cayendo en cascada sobre los hombros. —Quítate eso, Ado, ordenó con voz mandona que te ponía más duro. Obedeciste, dejando caer los shorts, tu verga saltando libre, venosa y tiesa, apuntando a ella como imán. Tri jadeó, extendiendo la mano para acariciar la punta, untando el precúm con el pulgar. El toque fue eléctrico, un cosquilleo que subió por tu columna.

En el medio del acto, la cosa escaló chido. Empezaron con besos por todo el cuerpo: tú lamiendo su ombligo, bajando hasta sus muslos internos, oliendo su excitación almizclada, ese olor a mar y miel que te volvía loco. Ella gemía bajito, ¡ay, cabrón, no pares!, arqueando la espalda. Le abríste las piernas con cuidado, besando el interior de sus rodillas, subiendo lento para torturarla. Cuando tu lengua tocó su clítoris hinchado, Tri gritó, agarrándote el pelo. Sabía a sal y néctar dulce, su jugo cubriéndote la barbilla mientras la chupabas con hambre, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía temblar.

¡Sí, Ado, así, métemela más profundo, pendejo rico!
Sus palabras mexicanas crudas te encendían más, el slang callejero mezclado con gemidos que llenaban la habitación, compitiendo con el rumor de las olas afuera. Tú sentías tu polla latiendo, goteando, rogando atención, pero aguantabas, queriendo que ella explotara primero. Sus caderas se movían contra tu boca, el sudor perlando su piel, brillando bajo la luz tenue. Olías su aroma intensificándose, ese musk femenino que te mareaba.

Tri se corrió fuerte, un grito ahogado que vibró en tu pecho, sus paredes contrayéndose alrededor de tus dedos, inundándote con su squirt caliente. La miraste, jadeante, con la cara roja de placer. —Ahora tú, mi Ado —dijo, empujándote boca arriba. Se montó sobre ti a horcajadas, frotando su coño mojado contra tu verga, lubricándola. El roce era tortura deliciosa, piel resbaladiza contra piel, el sonido chapoteante de su humedad.

La tensión psicológica crecía: recordabas las llamadas nocturnas, masturbándote pensando en ella, el conflicto de la distancia que ahora se disolvía en puro instinto. Ella se hundió despacio sobre ti, centímetro a centímetro, su calor apretado envolviéndote como guante de terciopelo. ¡Chin!, qué grande estás, me llenas toda, gruñó, empezando a cabalgar lento. Sentías cada vena tuya rozando sus paredes, el slap slap de sus nalgas contra tus muslos, el olor a sexo impregnando el aire.

Agarraste sus tetas, amasándolas, pellizcando los pezones oscuros y duros como piedras. Ella se inclinó, besándote con furia, mordiendo tu labio inferior hasta sacar sangre mínima, metálica en tu lengua. Aceleró el ritmo, sus gemidos convirtiéndose en aullidos: ¡Fóllame más duro, Ado, hazme tuya! Tú embestías desde abajo, clavándote profundo, sintiendo sus ovarios con cada golpe. El sudor os unía, resbaloso, salado al lamer su cuello.

Inner struggle: por un segundo dudaste, ¿y si esto era solo un fin de semana? Pero su mirada, llena de fuego y ternura, te disipó el miedo. Ella es mía, neta, esta chava es para siempre. Cambiaron posiciones: la pusiste a cuatro patas, admirando su culo alzado, la curva perfecta de su espalda. Entraste de nuevo, agarrando sus caderas, bombardeándola con thrusts potentes. El sonido de carne contra carne, sus grititos ¡órale, sí, así!, el olor a almizcle y coco...

El clímax llegó como tormenta: Tri se tensó, corriéndose otra vez, ordeñándote con espasmos. Tú no aguantaste, sacándola justo a tiempo, chorros calientes pintando su espalda y nalgas, mientras rugías su nombre. ¡Tri, carajo! Colapsasteis juntos, jadeando, cuerpos enredados en sábanas húmedas.

En el afterglow, el acto final, la acariciaste el pelo, besando su frente perlada de sudor. El sol se ponía, tiñendo la habitación de púrpura. —Te quiero, Tri, no me sueltes más —susurraste, voz ronca. Ella sonrió, girándose para acurrucarse en tu pecho, su mano trazando círculos en tu abdomen.

—Y yo a ti, Ado, eres mi pendejo favorito. Esto apenas empieza, mi amor.
El aroma de vuestros cuerpos mezclados, el sabor residual de ella en tus labios, el latido sincronizado de corazones... Todo prometía más noches así, en este rincón de México donde el deseo se hacía eterno. Afuera, las olas aplaudían suaves, testigos mudos de Ado Tri unidos por fin.

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