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La Personalidad Triada Oscura que me Atrapa

6316 palabras

La Personalidad Triada Oscura que me Atrapa

Entré al bar en Polanco con el corazón latiendo fuerte, el aire cargado de ese olor a tequila ahumado y perfumes caros que siempre me ponía la piel de gallina. La música ranchera fusionada con beats electrónicos retumbaba suave, y las luces neón pintaban rostros sonrientes en tonos rosados y azules. Ahí lo vi, recargado en la barra como si el mundo le perteneciera. Alto, con esa mandíbula marcada y ojos negros que parecían devorar todo a su paso. Se llamaba Alex, me dijo después, con una sonrisa que era puro veneno dulce.

Me acerqué por una chela, o eso me dije a mí misma. Neta, ¿qué chava rechazaría una plática con un tipo así? Hablaba con esa confianza de quien sabe que siempre gana, contando anécdotas de viajes por Europa donde manipulaba a todos a su antojo. Es un narcisista total, pensé mientras sorbía mi michelada, el limón fresco explotando en mi lengua y el salitre crujiendo entre mis dientes. Pero había algo más, un filo maquiavélico en cómo dirigía la conversación hacia mí, haciendo que me sintiera la reina del pinche universo. Y debajo, esa frialdad psicopática que me erizaba los vellos de la nuca. Personalidad triada oscura, leí una vez en un artículo; lo identifiqué al instante, y en lugar de huir, me acerqué más.

"¿Qué te trae por aquí, preciosa?", me preguntó, su voz grave rozándome el oído como una caricia prohibida. Olía a sándalo y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia en el DF. Le conté de mi curro en una agencia de diseño, de cómo odiaba la rutina, y él asintió, sus dedos rozando casualmente mi brazo. Ese toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y firme. Sentí un cosquilleo subir por mi espinazo, el pulso acelerándose en mis venas.

¿Por qué me prende tanto este peligro?
me pregunté en silencio, mientras su mirada me desnudaba sin piedad.

La noche avanzó como un río turbio. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro presionando contra el mío, el sudor perlando su cuello y mezclándose con mi perfume de vainilla. Cada roce era una promesa, cada susurro un gancho. "Ven conmigo", murmuró al fin, y yo, como pendeja hipnotizada, asentí. Su departamento en Lomas estaba chido, minimalista con vistas al skyline iluminado. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso feroz. Sabían a ron y deseo crudo, su lengua invadiendo mi boca con maestría narcisista, como si yo fuera su trofeo.

Acto dos, la escalada. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa despacio, revelando mi piel bronceada bajo la luz tenue. Quiere controlarlo todo, pensé, pero neta, me encantaba cederle el mando por un rato. Rozó mis pechos con las yemas de los dedos, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda, un gemido escapando de mi garganta. "Qué chula eres, mamacita", gruñó, su aliento caliente en mi cuello, mordisqueando suave hasta que sentí el pinchazo placentero. Bajó por mi vientre, desabrochando mi falda, y yo lo empujé al sofá, queriendo equilibrar la balanza. Le arranqué la camisa, mis uñas dejando surcos rojos en su pecho musculoso, oliendo a hombre puro, a testosterona y noche urbana.

Caímos enredados, su peso sobre mí delicioso, aplastante. Me besó el ombligo, la lengua trazando espirales que me hicieron jadear, el calor entre mis piernas volviéndose insoportable. "Dime qué quieres", exigió, su voz un mandato seductor, maquiavélico. "Tú, todo de ti", respondí, mis manos enredándose en su cabello oscuro. Se deslizó más abajo, separando mis muslos con firmeza consensual, su boca encontrando mi centro húmedo. ¡Órale! El primer lametón fue fuego líquido, su lengua danzando experta, chupando mi clítoris con esa precisión psicopática que me volvía loca. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas moviéndose solas contra su rostro. Olía a mí, a sexo salado y dulce, el sabor que él lamía con avidez.

Pero no era solo físico; su personalidad triada oscura me invadía la mente. En su mirada vi el narcisismo puro mientras me devoraba, el placer de dominarme sin esfuerzo. Me volteó bocabajo, su erección dura presionando mi entrada, y entré yo misma, empalándome en él con un suspiro largo. "¡Qué rico, cabrón!", grité, el estiramiento perfecto, llenándome hasta el fondo. Empezó a moverse, embestidas profundas y controladas, su mano en mi nuca guiándome, pero yo empujaba hacia atrás, reclamando mi parte. Sudor goteaba de su frente al hueco de mi espalda, el slap-slap de piel contra piel sincronizándose con nuestros jadeos. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, rozando mis paredes sensibles, el orgasmo construyéndose como tormenta en el Pedregal.

Me giró de nuevo, cara a cara, queriendo verme romperme. Sus ojos oscuros clavados en los míos, esa intensidad maquiavélica acelerando todo. "Ven para mí", ordenó, y obedecí, mis músculos contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. Grité su nombre, olas de placer cegándome, el aroma de nuestros fluides impregnando el aire. Él se corrió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con calor espeso que se derramaba lento. Colapsamos, pechos agitados, piel pegajosa y brillante.

Acto final, el afterglow. Yacíamos en su cama king size, sábanas revueltas oliendo a nosotros, el skyline titilando afuera como estrellas caídas. Me acurruqué contra su pecho, oyendo su corazón latiendo firme, casi sin remordimientos.

Esta personalidad triada oscura es adictiva, como un shot de mezcal puro
, reflexioné, trazando patrones en su piel con el dedo. No era amor, neta, sino una atracción primal, empowering porque yo elegía sumergirme en su oscuridad. "Volveremos a vernos", dijo él, besando mi sien, esa sonrisa narcisista de nuevo. Sonreí, sabiendo que sí, que esta danza peligrosa pero consensuada me hacía sentir viva, deseada, dueña de mi propio fuego.

Salí al amanecer, el sol tiñendo las calles de oro, mi cuerpo aún zumbando con ecos de placer. Caminé con la cabeza en alto, el sabor de él en mis labios, lista para la próxima ronda con esa personalidad triada oscura que me atrapaba sin remedio. Porque en el fondo, chavas, a veces el peligro es el mejor afrodisíaco.

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