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La Noche del Trio Famoso

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La Noche del Trio Famoso

Estaba en esa fiesta exclusiva en Polanco, con las luces neón parpadeando como estrellas coquetas y el bajo del reggaetón retumbando en mis huesos. El aire olía a tequila añejo mezclado con perfumes caros y un toque de sudor fresco de cuerpos bailando pegaditos. Yo, Ana, vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa mexicana, movía las caderas al ritmo, sintiendo cómo la tela rozaba mi piel arrepiada. Neta, qué chido estar aquí, pensé, mientras sorbía mi margarita helada, el salitre picando en mis labios.

De repente, los vi. Diego y Marco, los dos carnales del Trio Famoso, esa banda que la neta pone a media Ciudad de México a bailar y a fantasear. Diego, el moreno alto con tatuajes que serpenteaban por sus brazos musculosos, y Marco, el güero con ojos verdes que te desnudan con la mirada. Eran famosos por sus rolas calientes y por los chismes de sus aventuras, pero nadie hablaba del trio famoso que armaban en privado. Me pillaron mirándolos y sonrieron como lobos juguetones. Mi corazón dio un brinco, el pulso acelerándose entre mis muslos.

¿Y si me invitan? Ay, Ana, no seas pendeja, pero qué rico sería...
Me acerqué al bar, fingiendo pedir otro trago, y ahí estaban ellos, pidiendo shots de mezcal. "Órale, morra, ¿vienes sola o qué?", dijo Diego con esa voz ronca que parecía acariciar mi nuca. Marco se rio, su aliento cálido rozando mi oreja. "Si quieres unirte al trio famoso, sube con nosotros a la suite". El deseo me subió como fuego líquido por la espina dorsal. Consiente, todo consiente, y qué ganas. Asentí, mordiéndome el labio, el sabor salado de la anticipación en la boca.

En el elevador del hotel, el silencio era espeso, cargado de promesas. Sus cuerpos flanqueaban el mío, Diego presionando su pecho firme contra mi espalda, Marco rozando mi mano con la suya áspera de tanto tocar la guitarra. Olía a colonia masculina, a cuero y a algo más primitivo, como almizcle de excitación. Mi piel hormigueaba, los pezones endureciéndose bajo el vestido. "Estás cañona, Ana", murmuró Marco, y su dedo trazó mi clavícula, enviando chispas directas a mi centro.

La suite era un paraíso de lujo: ventanales con vista a las luces de Reforma, una cama king size con sábanas de satén negro y una botella de champagne enfriándose. Pusieron música suave, una rola suya, Pasión en Tres, con letras que hablaban de cuerpos entrelazados. Brindamos, el champagne burbujeando en mi garganta, fresco y dulce. Bailamos los tres, mis manos en sus cinturas, sintiendo los músculos contraerse bajo mis palmas. Diego me besó primero, sus labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo con sabor a mezcal ahumado. Marco observaba, su mirada ardiendo, hasta que se unió, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Esto es real, carajo, dos dioses tocándome. La tensión crecía como una tormenta, mi respiración jadeante mezclándose con sus gemidos bajos. Me quitaron el vestido despacio, sus dedos calientes deslizándose por mis curvas, deteniéndose en mis senos plenos. "Qué chichotas tan ricas", gruñó Diego, lamiendo un pezón, el roce húmedo y áspero de su lengua haciendo que arqueara la espalda. Marco se arrodilló, besando mi vientre, bajando hasta mi tanga empapada. El aroma de mi arousal flotaba en el aire, almizclado y dulce, invitándolos.

Me tumbaron en la cama, el satén fresco contra mi piel caliente. Diego se desvistió, revelando su torso esculpido y una verga gruesa, venosa, palpitando de ganas. Marco igual, su miembro más largo, curvado tentadoramente.

Quiero probarlos a los dos, neta, los quiero dentro
. Me abrí para ellos, piernas temblando. Marco hundió la cara entre mis muslos, su lengua experta lamiendo mi panocha hinchada, chupando el clítoris con succiones que me hacían ver estrellas. "¡Ay, cabrón, qué rico!", grité, mis uñas clavándose en sus hombros. Diego besaba mi boca, sus bolas pesadas rozando mi cadera, el calor de su piel sudada pegándose a la mía.

La intensidad subía. Cambiaron posiciones, Diego ahora entre mis piernas, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. "Dime si quieres, morra", jadeó, y yo asentí frenética: "Sí, métemela, por favor". Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, el estiramiento delicioso quemando placenteramente. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Marco se puso de rodillas junto a mi cabeza, ofreciéndome su verga dura. La tomé en la boca, saboreando la sal de su pre-semen, chupando con hambre mientras Diego me follaba rítmicamente, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas.

El sudor nos unía, sus cuerpos oliendo a esfuerzo y sexo, mi piel brillante y sensible. Sentía cada vena de Diego pulsando dentro, rozando mi punto G con cada embestida profunda. Marco gemía, "¡Qué chupadora, Ana!", sus manos enredadas en mi pelo, guiándome. Rotamos: ahora yo encima de Marco, cabalgándolo, su verga golpeando mi cervix con fuerza dulce. Diego detrás, untando lubricante en mi ano apretado. Miedo y ganas a la vez. "Relájate, preciosa, todo suave", susurró, y su dedo entró primero, abriéndome con ternura. Luego su verga, lenta, el ardor convirtiéndose en éxtasis pleno.

Doblemente penetrada, el mundo se redujo a sensaciones: el grosor de Marco en mi panocha, el desliz de Diego en mi culo, sus gemidos roncos sincronizándose con los míos. "¡Estamos en el trio famoso, carajo!", rio Diego entre jadeos, y yo reí también, empoderada, controlando el ritmo con mis caderas ondulantes. El orgasmo me golpeó como un rayo, olas de placer convulsionándome, chorros calientes mojando las sábanas. Ellos siguieron, prolongando mi clímax hasta que explotaron: Marco llenándome la concha con chorros espesos, Diego en mi trasero, el calor inundándome.

Colapsamos en un enredo de miembros exhaustos, el aire pesado con olor a semen, sudor y satisfacción. Sus respiraciones se calmaban contra mi piel, besos suaves en mi frente y senos. "Eres increíble, Ana", murmuró Marco, su mano acariciando mi muslo pegajoso. Diego asintió, "El mejor trio famoso de mi vida". Me sentía plena, poderosa, como si hubiera conquistado el mundo en esa cama.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando los rastros, jabón espumoso deslizándose por curvas compartidas. Risitas y caricias inocentes ahora. Bajamos al amanecer, Reforma despertando con el sol dorado. Nos despedimos con promesas de más noches, un beso en cada mejilla. Caminé a casa con las piernas flojas, el cuerpo zumbando aún, recordando cada roce, cada sabor.

El Trio Famoso no era chisme, era real, y yo fui la estrella. Qué chingonería.
Esa noche cambió algo en mí, me dejó con un fuego interno que arde por más.

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