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Bedoyecta Tri Precio Caliente en Farmacia Union

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Bedoyecta Tri Precio Caliente en Farmacia Union

Entré a la Farmacia Unión con el cuerpo hecho pedazos, sintiendo que cada músculo me pesaba como plomo. El calor de la tarde mexicana me había dejado hecho un trapo, sudando a chorros bajo la camiseta pegajosa. Necesitaba Bedoyecta Tri, esa inyección mágica que te recarga las pilas como si te hubieran enchufado a la corriente. Había oído que en esta farmacia el precio de Bedoyecta Tri en Farmacia Unión estaba chido, más barato que en otros lados, y no me iba a quedar con las ganas.

El timbre de la puerta sonó con un ding agudo, y el aire acondicionado me golpeó la cara como una caricia fresca. Olía a desinfectante mezclado con ese aroma dulzón de jarabes y cremas. Detrás del mostrador, ella. La farmacéutica. Piel morena como el chocolate mexicano, ojos negros que brillaban como obsidianas, y un uniforme blanco que se ajustaba a sus curvas de una manera que no era casualidad. Su cabello recogido en una coleta alta dejaba ver el cuello suave, y cuando levantó la vista, su sonrisa me atravesó como un rayo.

—Buenas tardes, ¿en qué te ayudo, guapo? —dijo con voz ronca, de esas que te erizan la piel.

Tragué saliva, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo hambre.

¿Qué pedo? ¿Por qué esta morra me pone así de nervioso? Solo vine por la jeringa, carnal.

—Vengo por Bedoyecta Tri. ¿Cuál es el precio aquí en Farmacia Unión? —pregunté, tratando de sonar casual, pero mi voz salió un poco temblorosa.

Ella se inclinó un poco sobre el mostrador, y juro que pude oler su perfume, algo floral y picante, como jazmín con chile. Sus labios carnosos se curvaron en una mueca juguetona.

—El precio de Bedoyecta Tri en Farmacia Unión es de doscientos pesos la caja, mi rey. ¿Quieres que te la aplique? Aquí tenemos un consultorio privado, y yo soy experta en eso. Te dejo como nuevo.

Mi mente voló. Imaginé esa aguja fina entrando en mi músculo, pero guiada por sus manos suaves. El deseo empezó a bullir en mis venas, caliente y pegajoso.

—Órale, pues hazmelo tú. No hay pedo.

Me llevó por un pasillo angosto al fondo, donde una puertita daba a un cuartito limpio, con una camilla cubierta de papel crujiente y posters de anatomía en las paredes. El zumbido del refrigerador de vacunas era el único sonido, aparte de nuestras respiraciones. Cerró la puerta con llave, y el clic me aceleró el pulso.

—Quítate la camisa y bájate un poco los pantalones, para el glúteo —ordenó, pero su tono era puro fuego, no médico.

Me quedé en calzones, sintiendo el aire fresco en la piel expuesta. Ella preparó la jeringa con movimientos precisos, el líquido ámbar brillando bajo la luz fluorescente. Se acercó, su aliento cálido en mi espalda desnuda.

—Relájate, papi. Esto te va a poner bien energizado. Vas a sentir cómo te sube la adrenalina.

Su mano tocó mi nalga, palpando el músculo. El contacto fue eléctrico: piel contra piel, suave como terciopelo. Limpió con alcohol, el frío evaporándose rápido, dejando un rastro ardiente. La aguja pinchó, un piquete rápido, y luego el líquido entrando, cálido y expansivo. Pero no era solo la inyección. Sus dedos se quedaron ahí, masajeando, extendiendo el efecto.

¡Chin güey! Esto no es normal. Sus manos... tan firmes, tan cerca. Siento su calor entre las piernas.

—Listo —susurró, su boca cerca de mi oreja—. ¿Cómo te sientes?

Me giré despacio, y ahí estaba ella, a centímetros, los ojos fijos en los míos, el pecho subiendo y bajando rápido. El deseo era palpable, como un olor almizclado en el aire.

—Me siento... cabrón de bien —dije, y la besé.

Sus labios eran suaves, con sabor a menta y algo dulce, como chicle de tamarindo. Se abrió para mí, su lengua danzando con la mía, húmeda y ansiosa. Sus manos subieron por mi pecho, uñas rozando los pezones, enviando chispas directas a mi verga, que ya estaba dura como piedra.

La empujé contra la camilla, y ella rio bajito, un sonido gutural que me volvió loco.

—¡Órale, qué energizado sales con la Bedoyecta! —bromeó, mordiéndome el labio inferior.

Acto uno: la chispa se había encendido en el mostrador, pero aquí, en este cuartito secreto, el fuego empezaba a rugir. Le quité el uniforme con prisa, desabotonando despacio para saborear. Su sostén negro contrastaba con la piel canela, pechos llenos que se liberaron al soltarlo. Los tomé en las manos, pesados y tibios, pezones oscuros endureciéndose bajo mis pulgares. Ella gimió, arqueando la espalda, y el sonido fue como música, ronco y needy.

La acosté en la camilla, el papel crujiendo bajo su peso. Bajé por su cuerpo, besando el ombligo, oliendo su aroma natural, salado y femenino, mezclado con el sudor ligero de la tarde. Sus bragas blancas estaban húmedas, un manchón oscuro traicionándola. Las arranqué con los dientes, y ella jadeó.

—Sí, carnal, cómetela toda.

Mi lengua encontró su clítoris, hinchado y sensible. Lamí despacio, saboreando el néctar salado-dulce, mientras ella se retorcía, manos en mi pelo, tirando fuerte. El sabor era adictivo, como el de un mango maduro regado con chile. Sus muslos me apretaron la cabeza, piel suave rozando mis mejillas, y sus gemidos subían de volumen, ecos en el cuartito.

Esto es lo que necesitaba. No solo vitaminas, sino esta morra que me hace sentir vivo, jodidamente vivo.

Pero no quería terminarla así. Me levanté, y ella se incorporó, ojos brillantes de lujuria. Me bajó los calzones de un jalón, mi verga saltando libre, palpitante y venosa. La miró con hambre.

—Qué chulada, papi. Ven pa'cá.

Me chupó con maestría, labios envolviéndome, lengua girando en la cabeza sensible. El calor húmedo de su boca era el paraíso, succionando con fuerza, saliva chorreando por el eje. Gemí fuerte, agarrando su coleta, follando su boca despacio. El sonido era obsceno: slurp slurp, mezclado con sus ronroneos.

Acto dos: la tensión escalaba. Nos movíamos como animales, sudor perlando nuestras pieles, el aire cargado de olor a sexo crudo. La puse de rodillas en la camilla, nalga arriba, y ella miró por encima del hombro, provocadora.

—Métemela ya, no seas pendejo. Quiero sentirte todo.

Entré despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado y caliente envolviéndome como guante de terciopelo mojado. El estiramiento era exquisito, paredes pulsando alrededor. Empujé hondo, y ella gritó de placer, uñas clavándose en el papel.

Follamos con ritmo creciente: slap slap de carne contra carne, sus tetas balanceándose, mi vientre chocando su culo redondo. Sudor goteaba, mezclándose, salado en mi lengua cuando la besé de lado. Sus paredes se contraían, ordeñándome, y yo sentía las bolas apretadas, el orgasmo acechando.

—Más fuerte, cabrón, rómpeme —suplicó, voz entrecortada.

Cambié posiciones: ella encima, cabalgándome como jinete en rodeo. Sus caderas giraban, clítoris frotándose contra mi pubis, pechos rebotando frente a mi cara. Los chupé, mordí suave, y ella aceleró, jadeos convirtiéndose en gritos ahogados.

La Bedoyecta me dio alas, pero ella es el combustible. Siento cada pulso, cada contracción, como si fuéramos uno.

La volteé a misionero, piernas en mis hombros, penetrando profundo. Nuestros ojos se clavaron, sudor goteando de su frente a la mía. El clímax llegó como avalancha: ella primero, convulsionando, coño apretándome como vicio, gritando mi nombre inventado —¡Sí, Luis, así!—. Yo exploté segundos después, chorros calientes llenándola, cuerpo temblando en éxtasis.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos en la camilla, respiraciones jadeantes sincronizándose. Su cabeza en mi pecho, dedo trazando círculos en mi piel húmeda. Olía a nosotros: sexo, sudor, victoria.

—Gracias por la Bedoyecta, nena. El precio valió cada peso —murmuré, besando su sien.

Ella rio suave, piel erizándose bajo mi tacto.

—Vuelve cuando quieras recarga, mi amor. En Farmacia Unión siempre te espero con lo mejor.

Nos vestimos despacio, robando besos, toques finales. Salí a la calle con el sol poniente tiñendo todo naranja, cuerpo liviano, alma plena. La inyección había hecho su magia, pero el verdadero boost fue ella. Caminé con sonrisa pendeja, sabiendo que regresaría no solo por vitaminas, sino por ese fuego que habíamos encendido juntos.

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