Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Bryan Adams Dont Even Try Bryan Adams Dont Even Try

Bryan Adams Dont Even Try

7372 palabras

Bryan Adams Dont Even Try

Entraste al bar en la Roma con el corazón latiéndole a todo lo que daba, el aire cargado de ese olor a tequila añejo mezclado con perfumes caros y un toque de humo de cigarro que se colaba desde la terraza. La luces tenues bailaban sobre las mesas de madera pulida, y el sonido grave de un bajo retumbaba en tu pecho. Neta, ¿por qué vine sola esta noche? pensaste, mientras te acomodabas en la barra, pidiendo un margarita con sal. La bartender, una morra bien pinche guapa, te sonrió con complicidad.

Quizá solo necesitaba desconectar del pinche trabajo, de las juntas eternas y el tráfico de la Ciudad. Pero en el fondo, sabías que era otra cosa: esa hambre que te carcomía por dentro, ese deseo de sentir piel contra piel, de perder el control por una rato.

Entonces lo viste. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de rockero maduro, ojos verdes que brillaban bajo las luces neón. Se paró junto a ti, pidiendo un whiskey on the rocks, y su aroma te golpeó como una ola: colonia amaderada con un fondo salado, como mar y sudor fresco. Órale, murmuraste para ti misma, mientras sus dedos rozaban accidentalmente los tuyos al tomar su vaso.

—¿Vienes seguido por acá? —preguntó con voz ronca, ese acento chilango puro que te erizaba la piel.

—De vez en cuando, cuando me pinta el antojo —respondiste, mirándolo fijo, sintiendo cómo el calor subía por tu cuello.

Se llamaba Diego, 32 años, músico de covers en bares como este. Y justo entonces, el DJ soltó una rola de Bryan Adams, (Everything I Do) I Do It For You, esa balada que te hacía vibrar las entrañas. Bailaban lento los cuerpos a tu alrededor, y Diego se acercó más, su aliento cálido en tu oreja.

—Escucha eso —dijo, su mano rozando tu cintura por primera vez, un toque eléctrico que te hizo apretar los muslos—. Bryan Adams dont even try resistirse a la noche, ¿no crees?

Te reíste, pero el pulso se te aceleró. Dont even try. Esas palabras se te clavaron como un gancho, prometiendo todo lo que reprimías. Charlaron de música, de conciertos en el Palacio de los Deportes, de cómo la vida en la CDMX te ponía cachonda de pura adrenalina. Cada roce era intencional ahora: su rodilla contra la tuya, sus dedos jugando con el borde de tu vaso. El margarita sabía a limón fresco y sal marina, pero su mirada era puro fuego.

La tensión crecía como una tormenta. Salieron a la terraza, el viento nocturno fresco contra tu piel caliente, oliendo a jazmín de los maceteros y a la ciudad vibrante abajo. Se besaron ahí, lento al principio, sus labios suaves pero firmes, lengua explorando con hambre contenida. Sabía a whiskey ahumado y deseo puro. Tus manos en su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la camisa de lino.

—Ven conmigo —susurró, su voz temblando un poco—. No queda lejos.

, pensaste. Bryan Adams dont even try fingir que no lo quieres.

Acto dos: su departamento en la Condesa, un loft chido con ventanales enormes, luces de ciudad filtrándose como estrellas caídas. La puerta apenas cerró y ya estaban devorándose. Lo empujaste contra la pared, tus uñas arañando su espalda, arrancándole la camisa. Su piel era cálida, bronceada, con vello suave en el pecho que olía a jabón y hombre. Gemiste cuando sus manos grandes te alzaron la falda, dedos callosos rozando tus muslos internos, subiendo hasta encontrar tu tanga empapada.

Pinche cabrón, te traes un fuego que me quema viva, pensé, mientras él te cargaba al sillón de cuero negro, el crujido bajo vuestros cuerpos como una sinfonía sucia.

Se arrodilló frente a ti, besando tu vientre, bajando lento, torturándote con la barba raspando tu piel sensible. El olor a tu propia excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, mezclado con su sudor fresco. Lamidas expertas, lengua plana lamiendo tu clítoris hinchado, chupando con succiones que te hacían arquear la espalda. ¡Ay, wey! gritaste, manos enredadas en su pelo oscuro, caderas moviéndose solas contra su boca. Saboreaba tu jugo como si fuera néctar, gruñendo de placer.

—Estás tan rica, nena —murmuró contra tu carne, vibraciones que te volvían loca—. Tan mojada por mí.

Lo jalaste arriba, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con la cabeza brillante de pre-semen. La tomaste en mano, piel aterciopelada sobre acero duro, oliendo a macho puro. Lo masturbaste lento, viéndolo cerrar los ojos, labios entreabiertos en un gemido ronco. Lo chupaste entonces, lengua girando alrededor del glande, saboreando esa sal salada y amarga, garganta relajándose para tomarlo profundo. Él jadeaba, caderas empujando suave, manos en tu cabeza guiando sin forzar.

La intensidad subía. Te levantó como pluma, llevándote a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra tu espalda ardiente. Se colocó encima, condón ya listo —siempre preparados, el pendejo—, frotando su punta contra tu entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. ¡Madre mía! El roce de su pubis contra tu clítoris, el slap de piel contra piel empezando suave.

Internamente luchabas: No te rindas tan fácil, no seas tan fácil. Pero su mirada, esos ojos verdes clavados en los tuyos, decían Bryan Adams dont even try, y te rendiste al ritmo, piernas envolviéndolo, uñas clavándose en sus nalgas firmes.

El sexo escaló: misionero intenso, luego te volteó a cuatro patas, sus manos en tus caderas, embestidas profundas que te hacían gritar. El sonido de cuerpos chocando, sudor goteando, olor a sexo crudo impregnando la habitación. Cambiaron a vaquera, tú encima, cabalgándolo como amazona, pechos rebotando, sus manos amasándolos, pellizcando pezones duros. El clímax se acercaba, tu vientre contrayéndose, su verga hinchándose dentro.

—¡Ven conmigo, güey! —suplicaste, y él aceleró, gruñendo tu nombre.

Acto tres: explotó todo. Tu orgasmo te sacudió como terremoto, paredes vaginales ordeñando su polla, jugos chorreando, grito ahogado en su cuello. Él se corrió segundos después, espasmos profundos, llenando el condón con chorros calientes que sentías pulsar. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor, respiraciones jadeantes sincronizándose. El afterglow era puro éxtasis: sus dedos trazando círculos perezosos en tu espalda, besos suaves en tu sien.

Se quedaron así, música lejana de la calle filtrándose, olor a sexo y sábanas revueltas envolviéndolos. —Fue chingón —dijo él, voz satisfecha—. Como dice Bryan Adams, dont even try olvidar esta noche.

No lo haré, pensaste, sintiendo su calor contra ti, el corazón latiendo en paz por primera vez en meses. México DF te había dado justo lo que necesitabas: liberación, conexión, un recuerdo que ardía en la piel.

Al amanecer, se despidieron con promesas vagas, pero el impacto lingüe: esa frase, ese hombre, esa noche, se quedaría tatuada en tus sentidos para siempre.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.