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Fuego en el Tri Estadio GNP

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Fuego en el Tri Estadio GNP

El rugido de la multitud te envuelve como una ola caliente mientras entras al Estadio GNP esa noche de partido de El Tri. El aire huele a chelas frías, elotes asados y ese sudor colectivo que se pega a la piel como una promesa de algo salvaje. Llevas la camiseta verde con el águila bordada, ajustada a tu pecho que sube y baja con anticipación. México contra su rival de siempre, y tú, listo para gritar hasta quedarte ronco.

Te abres paso entre la gente, codazo aquí, sonrisa allá, hasta encontrar tu sección. Ahí, dos filas adelante, la ves. Una morra de curvas que quitan el hipo, con shorts que apenas cubren sus nalgas firmes y una blusa que deja ver el ombligo tatuado con una rosa chiquita. Su pelo negro cae en ondas salvajes, y cuando voltea, sus ojos cafés te clavan como un gol de tiro libre. ¿Será fanática como yo? piensas, mientras tu verga da un tirón involuntario.

El estadio palpita. Luces estroboscópicas barren las gradas, el sonido de los vuvuzelas te retumba en el pecho. Te sientas justo detrás de ella, tan cerca que sientes el calor de su espalda. El árbitro pita el inicio, y El Tri sale con todo. Grita "¡México! ¡México!", y ella se une, brincando, sus tetas rebotando con cada salto. Su perfume dulce, mezcla de vainilla y algo más picante, te llega directo al cerebro.

En el minuto diez, un contragolpe. Chucky Lozano la arma, centro perfecto, y ¡gol! La explosión de la afición es ensordecedora. Todos saltan, y tú te lanzas hacia adelante, tus manos aterrizan en sus caderas por "accidente". Ella no se aparta; al contrario, se recarga contra ti, su culo redondo presionando justo donde duele de lo bueno.

"¡Qué chingón ese gol, wey!"
grita ella volteando, su boca roja curvada en una sonrisa pícara. Neta, esta mamacita me va a matar, piensas, mientras tu pulso se acelera más que el de un contrarreloj.

Se llama Ana, te dice entre gritos. Bailarina de bachata en un antro del centro, pero hoy solo quiere pasarla chido en el Estadio GNP. Hablan de El Tri, de cómo el estadio este se siente como un volcán a punto de erupcionar. Sus manos rozan las tuyas al aplaudir, dedos entrelazados un segundo de más. El calor sube, no solo por el sol que se pone allá afuera, sino por la fricción de piel con piel. Sientes su aliento en tu cuello cuando se estira para ver mejor, tibio y húmedo.

Halftime llega como salvación y tortura. La gente se mueve, busca chelas, pero ustedes dos se quedan pegados. ¿Y si le digo algo? Tu mente da vueltas. Ella se gira por completo, su rodilla roza tu muslo.

"Oye, carnal, ¿vienes solo? Porque yo sí, y este pinche calor me tiene sudando como puerca."
Su voz ronca, ojos brillando con malicia. Te ríes, la jalas de la mano.
"Ven, hay un rincón más fresco."

La llevas por las escaleras laterales, esquivando a los vendedores de banderas. Encuentran un pasillo semioculto detrás de los baños, donde el eco de la multitud suena lejano, como un latido compartido. El concreto está fresco contra tu espalda, pero su cuerpo es fuego puro. La besas sin pedir permiso, pero ella responde con hambre, lengua invadiendo tu boca, saboreando a cerveza y chicle de menta. Sus manos bajan a tu entrepierna, apretando tu verga ya dura como fierro. ¡Qué rica!, su piel sabe a sal y deseo.

Acto dos del partido retoma, pero para ustedes el verdadero juego apenas empieza. La subes contra la pared, sus piernas se enredan en tu cintura. Sientes sus muslos suaves, fuertes de tanto bailar, apretándote. Le quitas la blusa de un jalón, tetas perfectas saltan libres, pezones oscuros endurecidos por el aire y la excitación. Los chupas, mordisqueas suave, ella gime bajito,

"¡Ay, wey, no pares, neta me tienes loca!"
El olor de su arousal sube, almizclado y dulce, mezclándose con el aroma de hot dogs lejanos.

Tus dedos bajan a sus shorts, los desabrochas. Calzón empapado, clítoris hinchado que palpita bajo tu pulgar. La frotas en círculos lentos, sintiendo cómo se moja más, chorros calientes en tu mano. Ella jadea, uñas clavadas en tus hombros. Esto es mejor que cualquier gol de El Tri, piensas mientras la metes un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hace arquearse. Su coño aprieta, resbaloso, invitándote más adentro. El sonido de sus jugos es obsceno, chapoteo húmedo que compite con los gritos del estadio.

Pero quieres más. La bajas, la volteas. Sus nalgas perfectas frente a ti, redondas y firmes. Le bajas los shorts y calzón, exponiendo todo. Le das una nalgada juguetona,

"¡Pendeja rica!"
ella ríe y empuja hacia atrás. Tu verga sale libre, goteando precum, y la frotas contra su raja, arriba y abajo, lubricándote con sus mieles.
"Métemela ya, cabrón, no me hagas rogar."
Empujas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su calor te envuelve, paredes aterciopeladas apretando. Gimes los dos, unísonos.

Empiezas a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida. Su culo rebota contra tu pubis, piel contra piel, sudor resbalando. El slap-slap-slap se mezcla con el ¡goool! que retumba lejano. Aceleras, una mano en su clítoris, otra en su teta, pellizcando. Ella se retuerce,

"¡Más duro, sí, así, chingame como se debe!"
Sientes tus bolas tensarse, el orgasmo construyéndose como la tensión de un penal. Ella llega primero, coño convulsionando, gritando mi nombre –bueno, el tuyo– mientras chorrea en tus muslos.

No aguantas más. Te sales, la volteas rápido, y ella se arrodilla voluntaria, boca abierta. Le pones la verga en la lengua, bombeas dos veces, y explotas. Chorros calientes en su garganta, ella tragando todo, lamiendo limpio, ojos fijos en los tuyos con picardía. La chingada madre, qué mujer.

El pitazo final suena, México gana. Se arreglan rápido, riendo como pendejos. Bajan a la salida, manos entrelazadas. El estadio se vacía, pero el fuego entre ustedes no se apaga. En el estacionamiento, intercambian números.

"¿Otra en el próximo de El Tri en el Estadio GNP?"
pregunta ella, mordiéndose el labio. Asientes, sabiendo que esto es solo el principio.

De camino a casa, el cuerpo aún vibra. Sientes su sabor en la boca, el fantasma de su calor en tu piel. La noche de El Tri Estadio GNP no fue solo un partido; fue liberación, conexión cruda. Y neta, valió cada grito, cada gota de sudor.

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