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Trío Hombre Dos Mujeres Inolvidable

6581 palabras

Trío Hombre Dos Mujeres Inolvidable

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el tequila reposado que me echaba al cuerpo. Yo, Alejandro, un wey de treinta tacos que andaba de vacaciones, me senté en la barra del bar playero con el sudor pegándome la camisa a la espalda. El aire traía olor a sal marina y coco tostado, y el ritmo de la cumbia rebajada hacía vibrar el piso de arena compacta. Ahí las vi: Sofía y Carla, dos morras que pintaban para diosas del trópico. Sofía, con su piel morena brillando bajo las luces neón, curvas que invitaban a pecar, y Carla, rubia teñida con ojos verdes que te desnudaban con la mirada. Reían entre ellas, moviendo las caderas al son de la música, y yo no pude evitar que mi verga diera un brinco en los shorts.

Me acerqué con una chela en la mano, órdemelo chido. ¿Qué onda, reinas? ¿Les cae un trago? pregunté, con esa sonrisa pícara que siempre me saca del apuro. Sofía me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios pintados de rojo. Órale, guapo, si nos invitas a algo fuerte, capaz y nos quedamos, contestó ella, mientras Carla se pegaba a su lado, rozando su hombro con el mío. Hablamos de la vida, de cómo ellas venían de un viaje de chicas desde la CDMX, hartas de la rutina y buscando aventura. El deseo flotaba en el aire como el humo de los cigarros electrónicos que fumaban. Sus risas eran como caricias, graves y roncas, y cada vez que se inclinaban, olía su perfume mezclado con sudor fresco, un afrodisíaco puro.

La tensión crecía con cada shot de tequila. Sofía ponía su mano en mi muslo, fingiendo casualidad, y Carla me susurraba al oído: Eres un pendejo guapo, Alejandro. ¿Sabes qué? Siempre hemos fantaseado con un trío hombre dos mujeres, pero nunca encontramos al wey correcto. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes.

¿Esto va en serio? ¿Dos mamacitas como ellas queriendo jalar conmigo? No mames, esto es un sueño húmedo hecho realidad
, pensé, mientras mi mente imaginaba sus cuerpos entrelazados. Las invité a mi suite en el hotel cercano, y no dudaron. Caminamos por la playa, la arena tibia entre los dedos, la luna reflejándose en el mar como un espejo plateado.

En la habitación, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que nos invadía. Cerré la puerta y Sofía me jaló por la camisa, besándome con hambre. Sus labios eran suaves, sabían a limón y tequila, su lengua explorando la mía con urgencia. Carla se unió desde atrás, besando mi cuello, sus tetas firmes presionando contra mi espalda. Qué rico hueles, carnal, murmuró ella, mientras sus manos bajaban a desabrocharme el cinturón. Me quitaron la ropa como si fuera papel, sus uñas rozando mi piel, erizándome el vello. Yo las desnudé despacio, saboreando cada centímetro: la piel de Sofía suave como seda, oliendo a vainilla; Carla con pecas en los hombros, su aroma más salvaje, a jazmín y mar.

Nos tumbamos en la cama king size, las sábanas frescas contra mi piel ardiente. Empecé con besos en el cuello de Sofía, bajando a sus pezones oscuros y duros, chupándolos hasta que gimió bajito, un sonido que me ponía la verga como acero. ¡Ay, wey, no pares! suplicó. Carla se arrodilló entre mis piernas, lamiendo mi pecho, bajando hasta mi miembro palpitante. Su boca caliente lo envolvió, succionando con maestría, el sonido húmedo de su saliva mezclándose con mis jadeos. Olía a sexo incipiente, ese almizcle dulce que enloquece. Sofía se masturbaba viéndonos, sus dedos hundiéndose en su panocha mojada, el brillo de sus jugos captando la luz de la lámpara.

La intensidad subía como la marea. Cambiamos posiciones; yo me puse de rodillas, penetrando a Carla por detrás mientras ella lamía a Sofía. El coño de Carla era apretado, caliente, envolviéndome como un guante de terciopelo. ¡Chíngame más duro, cabrón! gritó ella, su voz ronca contra la piel de Sofía. Sentía sus paredes contrayéndose, el sudor goteando por su espalda, saboreándolo al besarla allí. Sofía gemía alto, arqueando la espalda, sus tetas rebotando con cada embestida indirecta.

Esto es el paraíso, un trío hombre dos mujeres que no olvidaré nunca. Sus cuerpos se complementan perfecto, como si hubiéramos nacido para esto
, rugía en mi cabeza, mientras el placer me nublaba la vista.

Las puse a las dos de rodillas frente a mí, alternando mis dedos en sus entradas húmedas, escuchando sus suspiros sincronizados. Sofía montó mi cara, su clítoris hinchado rozando mi lengua, sabiendo a sal y miel. La chupé con devoción, sintiendo sus muslos temblar contra mis mejillas. Carla cabalgaba mi verga, subiendo y bajando con ritmo experto, sus nalgas chocando contra mis caderas con palmadas sonoras. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, perfume revuelto. Mis bolas se tensaban, el orgasmo acercándose como tormenta.

Ellas se besaban sobre mí, lenguas danzando, gemidos ahogados. ¡Vamos a correros juntas, mis amores! propuso Sofía, y aceleramos. Penetré a Sofía ahora, profundo y lento al principio, luego feroz, mientras Carla frotaba su clítoris contra mi mano. Los cuerpos sudados se deslizaban, piel contra piel resbalosa. Sus pechos se rozaban, pezones endurecidos. El clímax explotó: Sofía se convulsionó primero, gritando ¡Me vengo, pendejo!, su coño apretándome como prensa. Carla la siguió, chorros calientes mojando las sábanas. Yo no aguanté más, eyaculando dentro de Sofía con un rugido gutural, oleadas de placer sacudiéndome hasta los huesos.

Colapsamos en un enredo de extremidades, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El ventilador del techo movía el aire fresco sobre nuestra piel pegajosa, oliendo a satisfacción. Sofía trazaba círculos en mi pecho con su uña. Qué trío hombre dos mujeres chingón, Alejandro. Eres un dios, dijo riendo suave. Carla besó mi hombro. Vuelve a la CDMX, carnal, repetimos. Nos duchamos juntos, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos, risas y besos juguetones bajo el chorro caliente.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, las despedí en la puerta. Sus siluetas caminaban por la playa, caderas balanceándose. Me quedé solo, con el sabor de ellas en la boca, el cuerpo satisfecho pero el alma anhelando más.

Una noche que cambió todo. En este trópico mexicano, los sueños se hacen carne
. El mar rugía afuera, prometiendo más aventuras.

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