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Tríos SW DF Inolvidables

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Tríos SW DF Inolvidables

Estaba en mi depa en Polanco, con el calor de la noche de DF pegándome en la cara como una cachetada caliente. La ciudad bullía allá afuera, con el ruido de los coches en Reforma y el olor a elotes asados subiendo desde la calle. Yo, Alex, un cuate de treinta tacos bien puestos, llevaba semanas sintiendo ese vacío en el pecho, esa hambre que no se quita con birria ni con chelas. ¿Qué pedo con mi vida sexual? me preguntaba mientras abría la laptop. Busqué "tríos sw df" en el navegador, porque había oído de esos rollos swinger en la capital, parejas abiertas que buscan acción con extraños guapos como yo.

Aparecieron un chingo de anuncios. Fotos borrosas de cuerpos entrelazados, promesas de placer sin compromisos. Uno me jaló la atención: una pareja de la Roma, ella una morra de curvas asesinas con piel canela y ojos que prometían travesuras, él un vato atlético con sonrisa pícara. "Buscamos tercero para noche épica. Solo adultos consientes y cachondos", decía. Les mandé mensaje, corazón latiéndome como tamborazo en tianguis.

¡Hola! Soy Alex, 1.85, buena verga y mejor actitud. ¿Listos para un trío sw df inolvidable?
Responderon al tiro: "Ven a las 10. Trae condones y ganas".

Me puse una playera ajustada que marcaba mis pectorales, jeans que dejaban ver el bulto, y salí al bullicio de DF. El metro olía a sudor y perfume barato, pero yo iba en Uber, con el aire acondicionado besándome la piel. Llegué al edificio moderno en la Roma, con luces neón reflejándose en los charcos de la lluvia reciente. Subí, nervios revolviéndome el estómago como pozole picante. Tocé el timbre, y ella abrió: Carla, con un vestido negro ceñido que abrazaba sus chichis grandes y su culo redondo. Olía a vainilla y deseo, su aliento cálido rozándome la oreja mientras me besaba la mejilla. "Pásale, guapo. Marco ya te está esperando".

El depa era chido, minimalista con velas aromáticas encendidas que llenaban el aire de jazmín y algo más primitivo, como almizcle. Marco salió de la cocina con dos chelas en la mano, su torso desnudo brillando bajo la luz tenue, músculos definidos que me hicieron tragar saliva. Estos dos son perfectos, pensé, mientras nos sentábamos en el sofá de piel suave. Charlamos un rato, risas fáciles sobre la vida en DF, el tráfico infernal y lo caliente que estaba el verano. Sus manos rozaban mis rodillas accidentalmente, enviando chispazos por mi espinazo. Carla se acercó más, su muslo presionando el mío, el calor de su piel filtrándose a través de la tela.

"¿Has hecho tríos sw df antes?", preguntó Marco con voz grave, sus ojos clavados en los míos. Negué con la cabeza, admitiendo mi novedad. "No te apures, carnal. Aquí todo fluye natural, con respeto y puro placer mutuo". Carla rio bajito, su mano subiendo por mi muslo hasta rozar mi verga ya dura. El tacto fue eléctrico, suave como seda pero firme como promesa. La besé entonces, sus labios carnosos sabiendo a tequila y miel, lengua danzando con la mía en un ritmo que aceleraba mi pulso. Marco nos miró, masturbándose despacio por encima del pantalón, su respiración pesada uniéndose al soundtrack de la noche: el zumbido del ventilador, el lejano claxon de un taxi.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Nos quitamos la ropa con urgencia perezosa, piel contra piel por primera vez. Carla era un festín visual: pezones oscuros erectos, concha depilada brillando de humedad. Marco tenía una verga gruesa, venosa, lista para acción. Me arrodillé entre ellos, besando el cuello de ella mientras él me lamía el pecho, su barba raspándome deliciosamente. Esto es el paraíso, pendejo, me dije, mientras chupaba los chichis de Carla, sintiendo su gemido vibrar en mi boca, leche tibia de su piel salada.

Nos movimos al cuarto, cama king size con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Carla se montó en mi cara, su concha chorreando jugos dulces que lamí con avidez, lengua hurgando su clítoris hinchado mientras ella se retorcía, uñas clavándose en mis hombros. Olía a mar y excitación, gusto almendrado en mi paladar. Marco se posicionó detrás de ella, untando lubricante con olor a fresa, y la penetró despacio. Sus embestidas hacían que su culo rebotara contra mi nariz, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores aztecas.

Pero querían más equilibrio. Me puse de pie, verga apuntando al techo, y Carla la tomó en su mano suave, masturbándome mientras Marco la comía por detrás.

"¡Qué rica verga tienes, Alex! Justo lo que buscábamos en nuestro trío sw df"
, jadeó ella, antes de tragármela entera, garganta profunda que me hizo arquear la espalda. El calor húmedo de su boca, la succión perfecta, me volvía loco. Marco se unió, lamiendo mis huevos mientras ella mamaba, sus lenguas turnándose en un baile obsceno. Sudor nos cubría, perlas saladas rodando por espaldas, mezclándose con el aroma almizclado de nuestros sexos.

El clímax se acercaba como volcán. Cambiamos posiciones: yo follándola misionero, su concha apretada envolviéndome como guante caliente, paredes pulsantes ordeñándome. Marco se arrodilló sobre su pecho, ella mamándolo con slurps ruidosos. Nuestros gemidos se fundían en un coro gutural, puros instintos animales. "¡Más fuerte, cabrón!", gritó ella, piernas envolviéndome la cintura. Aceleré, pelvis chocando contra la suya, testículos golpeando su culo. Marco gruñó primero, chorros calientes salpicando su cara, ella lamiéndolos con deleite. Eso me empujó al borde: eyaculé dentro del condón, espasmos interminables, visión nublada por placer cegador.

Carla llegó última, un orgasmo que la sacudió entera, concha contrayéndose alrededor de mi verga aún sensible, chillidos agudos que rebotaban en las paredes. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire olía a sexo crudo, semen y lubricante, mezclado con el jazmín persistente. Nos besamos perezosos, risas compartidas rompiendo el silencio. "Eso fue el mejor trío sw df de mi vida", murmuró Marco, acariciándome el pelo. Carla acurrucada entre nosotros, piel pegajosa y cálida.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando fluidos pero no recuerdos. Jabón de coco espumoso deslizándose por curvas y músculos, manos explorando sin prisa. Salimos envueltos en toallas, compartiendo un porro light –nada heavy, solo relax– y tacos de suadero que pidieron por app, el vapor picante llenando la cocina. Hablamos de volver a vernos, de explorar más fantasías en esta jungla urbana que es DF. Me fui al amanecer, piernas flojas pero alma llena, el sol naciente pintando Reforma de oro.

Ahora, cada vez que veo luces neón en la Roma o huelo vainilla, mi verga se despierta recordando ese trío sw df. Fue más que sexo: conexión, libertad, el pulso vivo de la ciudad latiendo en nuestras venas. Y sí, carnal, lo repetiría mil veces.

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