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Trío al Mediodía

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Trío al Mediodía

El sol del mediodía caía a plomo sobre la terraza de la casa en Playa del Carmen, convirtiendo el aire en una sopa espesa y caliente. Sofia se recargaba en la orilla de la piscina infinita, el agua fresca lamiéndole las piernas hasta las caderas. Llevaba un bikini rojo diminuto que apenas contenía sus curvas generosas, y el sudor perlaba su piel morena, brillando como aceite bajo la luz implacable. Qué chingón este calor, pensó, mientras el vapor subía del agua agitada por la brisa marina.

Diego, su carnal desde hace tres años, salió de la casa con una cerveza en la mano, su torso desnudo reluciente de sudor, los músculos del pecho y abdomen marcados por horas en el gym. Detrás de él venía Carla, la amiga de la uni que siempre había puesto a Sofia a mil con sus miradas pícaras y su cuerpo atlético, pechos firmes y piernas largas que no terminaban nunca. Carla traía un pareo transparente atado a la cadera, dejando ver el tanga negro que se hundía entre sus nalgas perfectas.

—Órale, Sofi, ¿ya te estás derritiendo aquí solita? —dijo Diego con esa sonrisa pendeja que la volvía loca, acercándose para darle un beso en la boca, su lengua rozando la de ella un segundo de más.

Carla se rio bajito, quitándose el pareo y saltando a la piscina con un chapuzón que salpicó a todos. Estas dos son puro fuego, se dijo Sofia, sintiendo un cosquilleo en el vientre al ver cómo Carla emergía, el agua chorreando por su piel, pezones duros asomando bajo la tela mojada del top.

Se sentaron en las bocinas flotantes, cervezas frías en mano, charlando de pendejadas: el pinche tráfico de Cancún, las morras del bar anoche, y cómo el sol del mediodía los tenía a todos cachondos sin remedio. Las risas se volvieron coquetas, las miradas se cruzaban con promesas mudas. Diego rozó la pierna de Sofia bajo el agua, su mano subiendo despacio por el muslo interior, mientras Carla observaba mordiéndose el labio.

¿Y si hoy nos lanzamos? Ese tri medio día que siempre hemos platicado en secreto...

La tensión creció como el calor del asfalto. Sofia sintió su clítoris palpitar, el bikini empapado no solo de piscina. —Chicas, este sol nos está poniendo bien calientes —susurró Carla, su voz ronca, acercándose a Sofia hasta que sus pechos se rozaron. El contacto fue eléctrico: piel suave contra piel suave, húmeda y tibia.

Acto primero del deseo: los labios de Carla encontraron los de Sofia en un beso suave al principio, exploratorio, saboreando el salado del sudor y el dulce de la cerveza. Diego miró, su verga endureciéndose bajo el agua, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. Puta madre, qué ricas se ven, pensó, mientras su mano se colaba en el bikini de Sofia, dedos gruesos frotando su entrada resbaladiza.

Salieron de la piscina chorreando, el sol secándolos al instante. Diego cargó a Sofia hasta la cama king size en la habitación abierta al mar, Carla siguiéndolos con ojos hambrientos. El aire olía a sal, crema solar y algo más primitivo: excitación cruda. Se tumbaron los tres, cuerpos entrelazados en un nudo de piernas y brazos.

—Déjame probarte, Sofi —rogó Carla, bajando la cabeza entre las piernas de Sofia. La lengua de Carla era fuego líquido, lamiendo despacio el pliegue hinchado, chupando el clítoris con succiones expertas. Sofia arqueó la espalda, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes blancas. ¡Ay, carajo, qué chingón! El sabor de Sofia era almizclado, adictivo, y Carla gemía contra su carne, vibraciones que la volvían loca.

Diego se arrodilló detrás de Carla, quitándole el tanga de un jalón. Su verga, gruesa y venosa, palpitaba lista. La penetró de un solo empujón, el slap húmedo resonando. Carla gritó de placer, empujando hacia atrás mientras lamía a Sofia con más furia. Diego embestía rítmico, sus bolas golpeando el culo firme de Carla, sudor goteando de su pecho al de ella.

Sofia miró el espectáculo: la cabeza de Carla enterrada en su coño, mechones negros pegados a la frente; Diego follando como animal, músculos tensos, gruñendo "¡Qué rica estás, pinche puta deliciosa!" El cuarto se llenó de olores: sexo empapado, piel sudada, el leve aroma a coco de la loción. Sofia jaló el pelo de Carla, montándola en su rostro, frotándose con desesperación.

La intensidad subió. Cambiaron posiciones como en un baile coreografiado por el deseo. Sofia se sentó en la cara de Diego, su lengua ancha abriéndose paso en su interior, mientras Carla montaba la verga de él, rebotando con tetas saltando. Siento su polla estirándome hasta el fondo, jadeó Carla en su mente, uñas clavándose en los hombros de Diego. Sofia y Carla se besaron encima de él, lenguas enredadas, saliva mezclada con jugos, pechos rozándose, pezones duros como piedritas.

El mediodía rugía afuera, olas rompiendo en la playa como eco de sus cuerpos chocando. Sofia sintió el orgasmo construyéndose, una ola gigante en el estómago. Más rápido, cabrón, no pares, suplicó a Diego, mientras frotaba su clítoris contra la nariz de él. Carla aceleró, su coño apretando la verga como puño, gemidos ahogados en la boca de Sofia.

El clímax explotó en cadena. Carla se vino primero, chillando "¡Me vengo, chingada madre!", chorros calientes empapando las bolas de Diego. Eso lo llevó al borde: gruñó profundo, bombeando semen espeso dentro de ella, chorros interminables. Sofia, sintiendo las vibraciones, se deshizo en la lengua de Diego, piernas temblando, visión borrosa, un grito gutural rasgando el aire.

Colapsaron en un montón jadeante, pieles pegajosas, corazones galopando como tambores. El sol del mediodía entraba por las cortinas, bañándolos en oro líquido. Diego besó la frente de Sofia, luego los labios de Carla. —Puta madre, qué tri medio día épico —dijo él, riendo ronco.

Sofia sonrió, el cuerpo lánguido, satisfecho hasta los huesos. Nunca había sentido tanto placer, tan compartido, tan nuestro. Carla se acurrucó contra su pecho, dedo trazando círculos en su vientre. El mar susurraba afuera, trayendo brisa fresca que secaba el sudor. Se quedaron así, enredados, saboreando el afterglow, el sabor salado en la piel, el aroma persistente de su unión.

Después, se bañaron juntos en la regadera al aire libre, jabón deslizándose por curvas y músculos, risas mezcladas con besos suaves. Esto no termina aquí, pensó Sofia, mientras el sol bajaba un poco, prometiendo más mediodías ardientes. En ese tri medio día, habían cruzado una línea deliciosa, y ninguno quería volver atrás.

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