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El Trio de Regalo Inolvidable

6779 palabras

El Trio de Regalo Inolvidable

Era mi cumpleaños número veintiocho y mi pendejo de Marco, siempre tan chido y sorpresivo, me había dicho que preparara una maleta porque íbamos de escapada. No me dio ni una pista más, solo esa sonrisa pícara que me ponía los nervios de punta. Cargamos el coche con bolsas de playa y partimos rumbo a Puerto Vallarta, el sol pegando fuerte en el parabrisas mientras el viento salado entraba por las ventanas abiertas. Olía a mar y a libertad, y yo no paraba de imaginar qué chingados traía entre manos.

Llegamos a una villa preciosa frente a la playa, con palmeras susurrando al viento y el rumor constante de las olas rompiendo en la arena. Marco me vendó los ojos con una bufanda de seda negra, su aliento cálido en mi nuca mientras me guiaba por las escaleras de madera. "Confía en mí, mi reina", murmuró, y su voz ronca me erizó la piel. Sentí el piso fresco bajo mis pies descalzos, el aroma a velas de coco y vainilla invadiendo el aire. Me quitó la venda y ahí estaba: una habitación con una cama king size cubierta de pétalos rojos, luces tenues bailando en las paredes, y ella. Sofia, nuestra amiga de la uni, la morena de curvas imposibles y ojos que prometían pecados. Estaba recostada en la cama, con un baby doll rojo que dejaba poco a la imaginación, su piel olivácea brillando bajo la luz.

¿Qué pedo? pensé, el corazón latiéndome como tambor en el pecho. Marco se acercó por detrás, sus manos fuertes en mi cintura, besándome el cuello. "Feliz cumpleaños, amor. Este es tu trio de regalo. Sofia está aquí para complacernos a los tres", dijo con esa seguridad que me deshace. Sofia se incorporó, sonriendo con picardía, su perfume floral mezclándose con el mío.

"Siempre quise probar esto contigo, Ana. Marco me lo propuso y no pude decir que no. ¿Estás lista, chula?"
Su voz era miel caliente, y cuando me acerqué, sentí el calor de su cuerpo antes de tocarla.

El principio fue tímido, como un baile lento. Me senté en la cama entre ellos, Marco desabrochándome el vestido veraniego, sus dedos ásperos rozando mi espalda, enviando chispas por mi espina. Sofia tomó mi mano, guiándola a su muslo suave, depilado, cálido como sol de mediodía. Esto es real, no un sueño loco, me repetía en la cabeza mientras el deseo empezaba a hervir en mi vientre. Besé a Marco primero, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y sal, sus manos amasando mis senos ya endurecidos. Sofia observaba, mordiéndose el labio, y cuando se unió, sus labios suaves contra mi mejilla, el mundo se volvió eléctrico.

Nos desnudamos despacio, pieza por pieza, como si cada prenda fuera un secreto revelado. El aire acondicionado zumbaba bajito, contrastando con el calor que subía de nuestras pieles. Marco se arrodilló frente a mí, separando mis piernas con gentileza, su aliento caliente en mi panochita ya húmeda. "Estás chorreando, mi amor", gruñó, y su lengua trazó un camino lento desde mi clítoris hasta mi entrada, saboreándome con hambre. Gemí, el sonido ahogado por la boca de Sofia, que me besaba profundo, sus tetas firmes presionando contra las mías, pezones rozándose como fuego.

La tensión crecía como marea alta. Sofia se recostó, abriendo las piernas en invitación, su conchita rosada y brillante reluciendo. "Ven, Ana, prueba lo que es un trio de regalo de verdad", susurró Marco, empujándome suave. Bajé la cabeza, inhalando su aroma almizclado, dulce como mango maduro. Mi lengua la exploró, lamiendo sus labios hinchados, succionando su botón mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, sí, cabrona, así!". Marco no se quedó atrás; se posicionó detrás de mí, su verga dura como piedra frotándose en mi trasero, lubricándome con mis propios jugos.

El medio del asunto fue una vorágine de sensaciones. Cambiamos posiciones como en un ritual ancestral: yo encima de Sofia, tribbing nuestras panochas resbalosas, el slap-slap de piel húmeda llenando la habitación junto a nuestros jadeos. Marco nos penetraba alternadamente, primero a Sofia con embestidas lentas que la hacían gritar "¡Más duro, wey!", luego a mí, su grosor estirándome deliciosamente, golpeando ese punto que me hace ver estrellas. Sudábamos, el olor a sexo crudo mezclándose con el salitre del mar que entraba por la ventana entreabierta. Sentía sus manos everywhere: las de Sofia pellizcando mis pezones, las de Marco apretando mis caderas, marcas rojas que dolían rico.

En un momento, el conflicto interno me golpeó. ¿Y si esto cambia todo? ¿Somos solo carnales ahora? Pero Sofia lo notó, sus ojos en los míos mientras me montaba la cara, su clítoris palpitando en mi lengua.

"Esto es puro amor, Ana. Nos queremos, nos deseamos. Déjate llevar"
, jadeó, y Marco, desde atrás, me follaba con ritmo perfecto, sus bolas chocando contra mí. La duda se evaporó en oleadas de placer; el roce de sus cuerpos, el gusto salado de su sudor en mi boca, el sonido de carne contra carne, todo conspiraba para volverme loca.

Escalamos juntos. Sofia se corrió primero, temblando sobre mi rostro, inundándome con su esencia dulce y agria, gritando "¡Me vengo, pinches calientes!". Eso me empujó al borde; Marco aceleró, su verga hinchándose dentro de mí, y exploté en un orgasmo que me dejó sin aire, contrayéndome alrededor de él mientras olas de éxtasis me recorrían desde el útero hasta las yemas de los dedos. Él se retiró justo a tiempo, eyaculando en chorros calientes sobre nuestras panzas, marcándonos como suyos. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, pulsos latiendo al unísono, el aire espeso con nuestro aroma compartido.

El final fue puro afterglow, como atardecer en la playa. Nos duchamos juntos bajo la regadera al aire libre, el agua tibia lavando el sudor mientras nos besábamos perezosos, risas burbujeando entre caricias. Sofia se secó con una toalla, su cuerpo aún sonrojado, y nos abrazó. "El mejor trio de regalo que he dado, cabrones", dijo guiñando. Marco preparó margaritas en la terraza, el sol poniéndose en tonos naranjas sobre el Pacífico, olas lamiendo la orilla como eco de nuestro placer.

Acostados en la hamaca esa noche, con estrellas encima y brisa fresca en la piel, reflexioné. No había cambiado nada malo; al contrario, nos unió más. Marco era mi rock, Sofia nuestra chispa. Esto fue empoderador, jodidamente perfecto, pensé, mientras su mano descansaba en mi muslo y el rumor del mar nos arrullaba. El trio de regalo no era solo sexo; era confianza, deseo mutuo, un lazo más fuerte. Y yo, Ana, lo quería repetir pronto.

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