Los Beneficios Ardientes de Bedoyecta Tri Inyectable
Estaba hasta la madre de sentirme como un trapo viejo todo el pinche día. Trabajo de sol a sol en la oficina del centro de la Ciudad de México, con el tráfico infernal de Insurgentes y el calor que te hace sudar como puerco. Neta, necesitaba un chispazo de energía. Una amiga me había platicado de los beneficios de Bedoyecta Tri inyectable: te recarga las pilas, te quita el cansancio de un madrazo y hasta te pone de buenas. Así que agarré el coche y me fui derechito a una clínica chida en Polanco, de esas que no parecen hospital sino spa de lujo.
Al entrar, el aire acondicionado me dio un respiro fresco, oliendo a limpio con un toque de eucalipto. La recepcionista, una morra bien producida, me checó y me mandó a la sala de consultas. Ahí estaba él: el doctor Alejandro, alto, moreno, con ojos cafés que te miraban como si ya supieran todos tus secretos. Traía bata blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos y un estetoscopio colgando del cuello.
¡Órale, carnal! ¿Este pedo va a valer la pena?pensé mientras me sentaba en la camilla, cruzando las piernas para disimular el calor que ya me subía por las nalgas.
—Hola, ¿en qué te puedo ayudar? —dijo con voz grave, como ronroneo de león, mientras revisaba mi expediente.
—Doctor, vengo por una Bedoyecta Tri inyectable. Ando muerta de cansancio, no doy una.
Me sonrió con dientes perfectos y se acercó, oliendo a colonia cara, de esas que te hacen querer olerlo toda la noche. —Perfecto, eso te va a poner como nueva. Los beneficios de Bedoyecta Tri inyectable son brutales: vitaminas B que te activan el metabolismo, te dan energía pura y hasta mejoran el ánimo. ¿Lista?
Asentí, mordiéndome el labio. Me pidió que me subiera la blusa del brazo y limpió la piel con alcohol frío que me erizó los vellos. Su dedo rozó mi hombro, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. La aguja entró suave, casi placentera, y sentí el líquido fresco entrando en mi vena. —Ya está, quédate un ratito para ver que no haya reacción —murmuró, sentándose cerca, tan cerca que su rodilla tocaba la mía.
Al principio, nada. Pero de repente, pum, una oleada de calor me recorrió desde el brazo hasta el pecho, bajando directo al entrepierna. Mi piel se encendió, el corazón latiéndome como tambor en fiesta de pueblo. Lo miré y vi cómo sus ojos se clavaban en mis labios, en el escote que se me había bajado un poco.
¿Qué chingados me pasa? Esto no es normal, pero se siente tan cabrón bien.
—Doctor... me siento... rara. Como si todo mi cuerpo estuviera despierto de golpe —le dije, con voz ronca que ni yo reconocí.
Él tragó saliva, su mirada bajando por mi cuerpo. —Es normal, las vitaminas activan todo. ¿Quieres que te revise? —Su mano se posó en mi hombro, masajeando suave, y yo no lo quité. Al contrario, me incliné hacia él.
La tensión creció como tormenta en el desierto. Sus dedos bajaron por mi brazo, trazando venas que aún palpitaban por la inyección. Olía su aliento mentolado cuando se acercó más. —Si te sientes incómoda, dime —susurró, pero yo ya estaba perdida.
—No pares —le rogué, agarrando su bata y jalándolo hacia mí. Nuestros labios chocaron en un beso hambriento, tongues enredándose como serpientes en celo. Sabía a café y deseo puro. Sus manos expertas me quitaron la blusa, exponiendo mis chichis al aire fresco de la clínica. Los pezones se me pararon duros como piedras, y él los lamió con lengua caliente, chupando hasta que gemí alto, ¡ay, wey!.
Me bajó los jeans con prisa, pero sin brusquedad, besando cada centímetro de piel que descubría. Mi tanga ya estaba empapada, oliendo a excitación femenina, ese aroma almizclado que vuelve locos a los hombres. —Estás preciosa, mamacita —gruñó, metiendo dedos en mi humedad, moviéndolos despacio al principio, luego más rápido, encontrando mi clítoris hinchado.
Yo no me quedé atrás. Le desabroché la bata, bajé el zipper de sus pantalones y saqué su verga dura como fierro, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y el pulso acelerado.
Gracias a la chingada Bedoyecta, tengo energía para comérmelo entero. Me arrodillé en la camilla, lamiendo la punta salada de precum, metiéndomela hasta la garganta mientras él jadeaba y me agarraba el pelo suave.
La habitación se llenó de sonidos: mis chupadas húmedas, sus gemidos roncos, el slap de piel contra piel cuando me levantó y me puso en cuatro. Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santísima! Cada embestida era fuego puro, mi coño apretándolo como guante, jugos chorreando por mis muslos. Sudábamos juntos, el olor a sexo mezclándose con su colonia, el aire pesado y caliente.
—Más fuerte, doctor, ¡dame todos los beneficios! —le grité, arqueando la espalda. Él obedeció, clavándome profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Sentía cada vena de su pito rozando mis paredes internas, el placer subiendo como lava.
Cambié de posición, montándolo como reina en su trono. Sus manos en mis caderas, guiándome arriba y abajo. Veía su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta. Mis tetas rebotaban, y él las amasaba, pellizcando pezones hasta doler rico. El clímax me agarró de sorpresa: ondas de placer explotando desde mi útero, contrayéndome alrededor de él, gritando ¡Sí, cabrón, sí!. Él se vino segundos después, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando bajo el mío.
Nos quedamos jadeando, pegados en sudor y fluidos. Me recargué en su pecho, oyendo su corazón galopando como el mío. El cuarto olía a nosotros, a victoria carnal. —Eso... fue gracias a la Bedoyecta —dije riendo bajito.
—No solo eso, preciosa. Tú traes el fuego —respondió él, besándome la frente.
Salí de la clínica con piernas de gelatina pero alma renovada. Los beneficios de Bedoyecta Tri inyectable no eran solo energía física; habían despertado algo salvaje en mí. Caminé por las calles de Polanco con una sonrisa pícara, sabiendo que volvería pronto, no solo por vitaminas, sino por más de ese doctor y su toque mágico. Neta, la vida se siente chida cuando te recargas así de bien.