Trío Ardiente con Mi Compadre
La noche caía sobre nuestra casa en el barrio de Polanco, con el aroma de las jacarandas flotando en el aire cálido de la ciudad. Yo, Juan, acababa de llegar de un día largo en la oficina, pero el ver a mi esposa María preparando la cena me hizo olvidar todo. Ella, con su falda ajustada que marcaba sus curvas perfectas y esa blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de sus pechos bronceados, me sonrió con picardía. "Wey, hoy viene Pedro, tu compadre. Vamos a echarnos unas cheves frías y platicar como en los viejos tiempos".
Pedro, mi compadre de toda la vida, el wey con quien compartí aventuras desde la prepa. Alto, moreno, con ese cuerpo atlético de tanto jugar fut en el parque. Siempre había habido una química rara entre los tres, miradas que se cruzaban, risas que duraban de más. María lo adoraba, y yo... neta, a veces fantaseaba con verlos juntos. Pero nunca lo había dicho en voz alta. Esa noche, el deseo latía bajo mi piel como un tambor lejano.
Cuando Pedro llegó, traía una caja de Coronas y esa sonrisa de cabrón que iluminaba la sala. Nos abrazamos como carnales, y María lo besó en la mejilla, demorándose un segundo extra.
"¡Compadre! Qué gusto verte, pinche Pedro, siempre tan guapo",le dijo ella, rozando su brazo con los dedos. El aire se cargó de inmediato, con el olor a limón y sal de las chelas abriéndose, y el sonido de la música ranchera sonando bajito de fondo.
Nos sentamos en el sofá de cuero, que crujió bajo nuestro peso. Las pláticas fluyeron: recuerdos de fiestas locas, chistes sobre el jefe pendejo. Pero mis ojos no dejaban de notar cómo María cruzaba las piernas, dejando que su falda subiera un poco, exponiendo la piel suave de sus muslos. Pedro la miraba de reojo, y yo sentía un calor subiendo por mi entrepierna. Neta, ¿y si propongo algo? pensé, el pulso acelerándose.
Las chelas fueron cayendo, y el ambiente se puso más íntimo. María se recargó en mi hombro, su mano acariciando mi pecho, pero sus ojos fijos en Pedro.
"¿Sabes qué, Juan? A veces pienso en lo chido que sería un trío con mi compadre. ¿No, Pedro?"soltó ella de repente, riendo, pero con un brillo en los ojos que no era broma. Mi corazón dio un brinco. Pedro se sonrojó un poco, pero sonrió.
"Mamacita, no me tientes, que aquí tu marido me parte la madre".
Yo tragué saliva, el sabor amargo de la cerveza mezclándose con la excitación en mi boca. Esto es real, cabrón. El trío con mi compadre que siempre imaginé. La miré y asentí.
"¿Por qué no? Si todos estamos de acuerdo, neta que sería la neta".El silencio que siguió fue eléctrico, roto solo por el zumbido del ventilador y nuestras respiraciones agitadas.
María fue la primera en moverse. Se levantó, su perfume a vainilla envolviéndonos, y se paró frente a Pedro, tomándolo de la mano.
"Ven, compadre. Vamos a hacer que esta noche sea inolvidable".Lo jaló hacia nosotros, y yo la seguí, el corazón martillando como tamborazo zacatecano. La llevamos al cuarto, donde la luz tenue de la lámpara pintaba sombras danzantes en las paredes. El colchón king size nos esperaba, suave como una promesa.
Nos desvestimos despacio, saboreando la tensión. María se quitó la blusa, revelando sus tetas firmes, pezones ya duros como piedras preciosas. Pedro jadeó, su verga ya medio parada asomando por el bóxer. Yo me quité la camisa, sintiendo el aire fresco en mi piel sudada. Su piel contra la mía, la de él... esto va a ser una locura. Ella se arrodilló entre nosotros, besándome primero, su lengua dulce y caliente explorando mi boca, mientras su mano bajaba a Pedro, masajeando su paquete.
El sonido de los besos húmedos llenaba el cuarto, mezclado con gemidos bajos. María chupó mi verga primero, succionando con esa maestría que me volvía loco, el calor de su boca envolviéndome, saliva resbalando por mi tronco. Pedro la veía, masturbándose lento.
"Pinche María, qué rica boca tienes",murmuró él. Luego ella se volteó, engullendo la verga de mi compadre, que era gruesa y venosa, mientras yo lamía su concha desde atrás. Estaba empapada, jugos dulces como miel en mi lengua, su clítoris hinchado palpitando contra mis labios.
La tensión crecía, nuestros cuerpos sudados rozándose. La llevamos a la cama, Pedro debajo de ella, su verga hundiéndose en su coño con un plop jugoso. María gritó de placer,
"¡Sí, cabrón, así! Fóllame duro".Yo me posicioné atrás, untando lubricante en su ano apretado. Ella asintió, ansiosa. El trío con mi compadre, entrando juntos en ella. Empujé despacio, sintiendo la estrechez, el calor abrasador, el roce de la verga de Pedro a través de la delgada pared. Gemí, el sudor goteando en su espalda.
Nos movimos en ritmo, el colchón rechinando, piel contra piel chapoteando. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, lubricante. María se retorcía entre nosotros, uñas clavándose en los hombros de Pedro, sus tetas rebotando con cada embestida.
"¡Más, weyes! No paren, me vengo... ¡ahhh!"Su orgasmo la sacudió, concha contrayéndose alrededor de Pedro, ano apretándome como un puño. Yo aceleré, el placer subiendo como lava, mientras Pedro gruñía,
"Me vengo, compadre... ¡joder!"
Explotamos casi juntos. Sentí mi leche saliendo en chorros calientes dentro de su culo, mientras Pedro la llenaba por delante. El grito de María fue ensordecedor, su cuerpo temblando, jugos chorreando por las piernas de Pedro. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas, el corazón latiendo al unísono.
Después, en la quietud, nos quedamos así, acariciándonos perezosamente. María en el medio, besándonos alternadamente, su piel pegajosa y tibia.
"Neta, eso fue lo mejor. Gracias, mi amor, gracias compadre",susurró ella, ojos brillantes. Pedro rio bajito,
"Pinches locos, pero qué chingón estuvo el trío con mi compadre".Yo asentí, un calor profundo en el pecho, no solo físico. Era confianza, amor compartido, algo que nos unía más.
Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo pero suaves, risas llenando el baño con vapor. Secos y en bata, volvimos a la sala por las chelas sobrantes. La noche terminó con pláticas susurradas, promesas de más noches así. Al despedir a Pedro con un abrazo fuerte, sentí que nuestra amistad había evolucionado, más profunda, más carnal.
María y yo nos acostamos, su cabeza en mi pecho, el aroma de su pelo envolviéndome. El trío con mi compadre no rompió nada; lo hizo eterno. Dormí con una sonrisa, soñando con la próxima vez.