Las Ardientes Fotos Trios Mhm
Estaba sola en el depa de la Roma, con el ventilador zumbando como loco contra el bochorno de la tarde mexicana. El sol se colaba por las cortinas delgadas, pintando rayas doradas en mi piel morena. Tenía el teléfono en la mano, tumbada en la cama king size que compartía con Marco, mi carnal de años. Neta, qué flojera, pero el tedio me picaba entre las piernas. Abrí el navegador en modo incógnito, como siempre, y tecleé fotos trios mhm. ¿Por qué no? Llevábamos platicando de eso con Marco, de cómo la idea de un trío nos ponía la piel chinita.
Las imágenes saltaron como chispas: cuerpos entrelazados, sudados, con curvas y vergas duras brillando bajo luces tenues. Un mhm suave escapaba de mis labios mientras zoomaba en una foto donde una morra como yo lamía el pecho de otro vato mientras su novia le metía mano. El olor a mi propia excitación empezó a subir, ese aroma almizclado que me hace cerrar los ojos.
¿Y si lo hacemos de verdad? ¿Y si invito a Luisa?pensé, recordando a mi amiga de la uni, esa culona con tetas perfectas que siempre bromeaba con "órale, Ana, comparte a tu Marco un ratito".
Le mandé un mensajito a Marco: "Wey, mira estas fotos trios mhm. Ven ya". Él respondió al tiro: "Jajaja, pinche caliente. Llego en 20". El corazón me latía fuerte, como tamborazo en una fiesta. Me levanté, me quité el shortcito y la blusita, quedándome en tanguita de encaje rojo. Me miré en el espejo: nalgas firmes, pezones duros como piedras. Chingao, iba a pasar.
La puerta se abrió y entró Marco, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que me derrite. "Qué onda, amor, ¿ya estás lista pa'l desmadre?". Lo jalé de la playera, besándolo con hambre, saboreando su boca a chicle de menta y sudor fresco. "Mira esto", le dije, mostrándole el teléfono. Él se rió, pero sus ojos se encendieron. "Neta quieres, ¿verdad? Llama a Luisa".
Luisa llegó en taxi, con un vestidito negro que apenas cubría sus muslos carnosos. "¡Hola, pervs!", gritó riendo, abrazándonos. El aire se cargó de inmediato: su perfume dulzón a vainilla mexicana mezclándose con nuestro calor. Nos sentamos en la sala, con chelas frías de la refri, pasando el teléfono. "Miren estas fotos trios mhm", dije, y las vimos juntos, comentando. "Esa morra parece tú, Luisa", bromeó Marco. Ella le guiñó: "Y ese vato tú, pendejo". La tensión crecía, como el calor antes de la lluvia en el DF.
En el sillón, las manos empezaron a rozarse. Yo le acaricié el brazo a Luisa, sintiendo su piel suave, cálida como masa de tamal. Ella suspiró, girándose para besarme. Sus labios eran miel, suaves y jugosos. Marco nos miró, ajustándose los jeans. "Avienten, cabrones", murmuró con voz ronca. La besé más profundo, mi lengua bailando con la suya, mientras su mano subía por mi muslo, rozando mi tanga húmeda. Olía a sexo inminente, ese olor salado y dulce que enloquece.
Nos paramos, y Marco nos quitó la ropa como si fuéramos regalos. Primero a Luisa: el vestido cayó, revelando tetas grandes, pezones oscuros erguidos. Luego a mí, sus dedos trazando mi espinazo, erizándome toda. Quedamos desnudas, abrazadas, frotándonos pechugas mientras él se desvestía. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntando al techo. "Mhm", gemí yo, tocándola, sintiendo su pulso caliente bajo mi palma.
Nos movimos a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestros pesos. Luisa se arrodilló primero, lamiendo mi panocha con lengua experta, chupando mi clítoris hinchado. Qué rico, el sonido húmedo de su boca, su saliva mezclándose con mis jugos. Marco se acercó, metiéndome su verga en la boca. La chupé ansiosa, saboreando su piel salada, el precum amargo en mi lengua. "Así, mi amor, trágatela", gruñó él, agarrándome el pelo suave.
Cambié posiciones: yo encima de Marco, su verga abriéndome despacio, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Cada embestida era fuego, su pubis chocando contra mi clítoris. Luisa se sentó en su cara, y él la lamió con ganas, sus gemidos vibrando en mi chocha. La besé a ella, pellizcándole las nalgas, oliendo su sudor mezclado con el mío. "Más fuerte, Marco, chíngame duro", le pedí, cabalgándolo como yegua salvaje.
El ritmo subió: sudábamos a chorros, la habitación llena de jadeos, slap-slap de carne contra carne, olor a panochas mojadas y verga excitada. Luisa se corrió primero, gritando "¡Sí, pinche rico!", temblando sobre la boca de Marco. Yo la seguí, mi orgasmo explotando como piñata, jugos chorreando por su verga. Él nos volteó, poniéndome a gatas y a Luisa debajo, lamiéndome mientras él me taladraba por atrás. "Mhm, mhm", gemíamos las dos, sincronizadas.
Marco aceleró, su respiración como fuelle. "Me vengo, chingadas", avisó. Luisa y yo nos arrodillamos, abriendo la boca. Él eyaculó fuerte, chorros calientes salpicándonos tetas y caras, saboreando el semen espeso, salado. Nos lamimos mutuamente, limpiándonos, riendo entre jadeos.
Caímos en la cama, exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados. El ventilador nos secaba el sudor, el aire fresco besando nuestra piel enrojecida. Marco me besó la frente: "Te amo, pinche loca". Luisa suspiró: "Esto hay que repetirlo, ¿no?". Yo sonreí, mirando el teléfono olvidado con esas fotos trios mhm. Habían sido el chispazo, pero lo real era mil veces mejor.
La vida es pa' vivirse así, con pasión compartida, sin pendejadas.
Nos quedamos ahí, platicando bajito, planeando la próxima. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja, y supe que esto nos había unido más. Neta, qué chingón.